Billetes de avión

Responsabilidad mal entendida

No cabe duda de que asuntos como el hambre en el mundo son graves, desde el punto de vista humano, a los que hay que buscar una solución. Pero una cosa es reconocer la importancia de esta cuestión y otra muy distinta es que, ante la tragedia, aceptemos cualquier propuesta, por disparatada que sea, para tratar de resolverla. Por el contrario, hace falta un ejercicio profundo de reflexión sobre la naturaleza del problema y la forma más adecuada de encararlo, lejos de demagogias, oportunismos y declaraciones altisonantes pero poco efectivas.
 
En los últimos años, se ha puesto de moda en los ámbitos intervencionistas la cuestión de la responsabilidad social de las empresas. Esta responsabilidad ha existido a lo largo del siglo XX bajo la forma en que las compañías han destinado una buena parte de sus beneficios a financiar universidades, centros de enseñanza, bibliotecas, becas para estudiantes, actividades culturales, programas de ayuda a los más desfavorecidos, etc. Lo hemos visto en múltiples ocasiones, en algunas de ellas de manera coyuntural, como el tsunami que arrasó buena parte del golfo de Bengala a finales de 2004, y en otras con carácter permanente. Sin embargo, al eje franco-alemán, intervencionista de por sí, ahora se le ha ocurrido dar una vuelta de tuerca al concepto con su propuesta al G-8 –el grupo de las siete naciones más ricas del mundo, más Rusia– de establecer un recargo sobre los billetes aéreos para financiar la lucha contra el hambre. A unos cuantos, esta idea les sonará muy bien: que paguen las empresas, que tienen mucho dinero. Pero la realidad es que se trata de un error, que crea muchos más problemas que los que pretende resolver.
 
De entrada, semejante iniciativa proviene del ámbito político, no del privado, y, en consecuencia, su ejecución y financiación le corresponde a los gobiernos, no a las compañías. Por muy buenas intenciones que puedan tener los franceses y alemanes, cosa que está por ver, no pueden imponer así como así, de manera graciosa, una tasa sobre un precio de una empresa privada, sea cual sea el sector o la compañía, porque eso se notará en su cuenta de resultados. Si se encarecen artificialmente los billetes aéreos, se reducirá el número de pasajeros y, por tanto, la facturación de las compañías aéreas en unos momentos en los que tienen bastantes problemas para evitar la crisis que puede provocarles los altos precios del petróleo. Por ello, si el G-8 decide continuar con esta idea, será como desnudar a un santo para vestir a otro puesto que esa ayuda a los más desfavorecidos podría ejecutarse a costa de los despidos a que se vieran abocadas las aerolíneas si, con el empujón del sobrecargo en los billetes, acaban entrando en crisis.
 
La mayor parte de los países potencialmente beneficiarios de esos programas de ayuda son las antiguas colonias africanas de Francia y Alemania, a las que vienen destinando mucho dinero desde su independencia. Ambos países, además, han conseguido que buena parte de la ayuda oficial al desarrollo de la Unión Europea se destine a dichas naciones e, incluso, que el dinero que destine cada Estado miembro a este fin no compute a efectos de las limitaciones al déficit presupuestario que impone el Pacto de Estabilidad. Por tanto, detrás de una idea que aparece como una gran muestra de nobleza de corazón lo que subyace es otra cosa muy distinta.
 
Por otra parte, la ayuda internacional a los países pobres se ha demostrado en muchos casos ineficaz para solucionar los problemas que pretendía paliar ya que, en el mejor de los casos, el dinero se ha utilizado mal, aunque lo más habitual ha sido que esos recursos hayan terminado en manos de gobernantes dictatoriales, que se han enriquecido a costa de los buenos sentimientos de los occidentales, o han servido para financiar la compra de armas en los muchos conflictos bélicos que asolan el Tercer Mundo. Sin embargo, frente a la ayuda internacional surge otra opción, mucho menos problemática y más eficiente: la de la apertura de los mercados de los países avanzados a los productos de las naciones menos favorecidas. El éxito de los países asiáticos en las últimas décadas, en términos de desarrollo económico, se debe, precisamente, a este factor. Pero ello supondría desmontar las fuertes protecciones de que disfrutan determinados sectores productivos en Japón, Estados Unidos y la Unión Europea, algo a lo que no están dispuestos.
 
No obstante, hay que reconocer que, en algunos países pobres, el problema del hambre puede que no se resuelva de esta manera, debido a las condiciones naturales del mismo. El acceso al agua, de esta forma, se convierte en una cuestión clave puesto que detrás de muchas de las hambrunas de las últimas décadas se encuentra una sequía devastadora, o la insuficiencia de recursos hídricos para satisfacer las necesidades de la población, incluidas la agricultura y la ganadería. Ante esta realidad, no cabe duda de que hay que tomar medidas, pero, desde luego, no a costa de las empresas, sobre todo cuando están tan tocadas como las compañías aéreas.

El Sr. González es profesor de Economía de la Universidad Autónoma de Madrid. Comentarista político en el programa Es la Mañana de Federico, de esRadio. Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital.

Lo más popular