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Columna publicada el 18-01-2005
La Biología es una ciencia a la que siempre conviene mirar en busca de referencias. Por ejemplo, uno de los fenómenos interesantes que los científicos intentan estudiar cuando resulta posible es el de la colonización de áreas tras, por ejemplo, fenómenos como un incendio, una erupción volcánica, o, simplemente, un raspado de una roca o sustrato. Los procesos de colonización de especies y sucesión ecológica en este tipo de espacios vírgenes muestran pautas de diversos tipos: al principio, con abundancia de espacio y recursos, suele darse una aparición de especies pioneras, de rápido crecimiento, aunque poco eficientes en el uso de los recursos. Con el tiempo, estas especies van siendo sustituidas por otras, mejor adaptadas al medio, y se tiende a una diversidad cada vez mayor, capaz de maximizar la utilización de los recursos del ecosistema en su conjunto. En ocasiones, por razones de índole diversa, se dan fases de dominio de alguna especie que resulta estar especialmente bien preparada, pero pocas veces da lugar a situaciones de predominio absoluto. Los ecosistemas, como bien saben los jardineros, tienen una inveterada y terca tendencia hacia la diversidad. Es más, cuando la acción del hombre o lo extremo de las condiciones provocan un monocultivo, esto suele producir ecosistemas de baja resistencia al cambio, de alta vulnerabilidad, en los que un cambio en las condiciones o la entrada de determinados parásitos o predadores suele provocar importantes problemas y situaciones de gran peligrosidad.
Internet ha sido recientemente calificado por CNN como la innovación más importante del último cuarto de siglo. La aparición de Internet fue como una erupción volcánica o un terremoto, que hizo aparecer un enorme continente virgen donde antes no existía nada. Un gigantesco espacio donde podían asentarse, competir o coexistir especies de todo tipo. En una comparación con el ecosistema terrestre, ya hemos vivido épocas como la de los dinosaurios, cuando en Internet, a poco de su creación, sólo pululaban sistemas basados en UNIX. O la explosión del Cámbrico, o la extinción del Pérmico… Así, enormes eventos que acabaron con el noventa y tantos por ciento de las especies sobre la Tierra son vistos hoy tan sólo como una mácula sobre la totalidad del proceso evolutivo.
Durante una serie de años, cualquiera que tuviese la oportunidad de ver una imagen más o menos objetiva del “ecosistema Internet” a través, por ejemplo, de las estadísticas de visitas a una página, ha podido presenciar como los porcentajes de diversidad descendían de manera alarmante. En algunos momentos, más del 90% de los ordenadores que se conectaban a una página cualquiera eran “de la misma especie”: mismo sistema operativo, mismo navegador y mismas aplicaciones. Posiblemente esto haya sido el resultado de una excepcional adaptabilidad al ecosistema, o tal vez de otro tipo de circunstancias que seguramente ahora no procede enjuiciar. Pero cualquiera que derive una comparación de eso hacia el mundo de la Biología sabe que esa situación no resulta recomendable, no es sostenible, se mantiene en un equilibrio delicado e inestable. De recordárnoslo se han encargado los abundantes creadores de virus que, una vez liberados explotando algún tipo de vulnerabilidad en el sistema predominante, pasaban a amenazar, de la noche a la mañana, a la totalidad del ecosistema, convirtiéndose en un problema de primera magnitud.
Desde hace cierto tiempo, el ecosistema empieza a recibir otro tipo de especies. Algunas son nuevas, otras son la evolución de especies que habían quedado reducidas a pequeños nichos, y que ahora vuelven con energías renovadas. La irrupción progresiva de sistemas operativos basados en Linux, navegadores como Opera o Firefox, y el posible retorno de Apple gracias a ordenadores recientemente lanzados como el Mini hacen que las estadísticas de visitas empiecen a recuperar ciertas “notas de color”, que el terco ecosistema tienda hacia la diversidad, a liberarse del monocultivo que cierto jardinero pretendía imponer. ¿Es esto malo? ¿Es bueno? ¿Podemos (o debemos) entrar a valorarlo? La valoración de algo como “bueno” o “malo” lleva siempre implícita una enorme subjetividad. A mí, mi naturaleza y mi origen me llevan a responder a la gallega: no es bueno ni malo, sino todo lo contrario. Simplemente, es natural. Como en la Biología, es un elogio de la diversidad. 
Enrique Dans es profesor del Instituto de Empresa

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