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El túnel

Hackeando el futuro

¿Qué convierte a un hacker en un hacker? Olvídese, por supuesto, del uso inadecuado pero popular de la palabra hacker con connotaciones negativas, como sinónimo de indeseable informático o destructor de recursos de otros: el que entra en un sistema con el fin de destruir o robar información, o el que destroza una página web para causar daño a su propietario no es un hacker, sino otra cosa a la que resulta indudablemente más propio aplicar otro tipo de adjetivos bastante más malsonantes. Un hacker es otra cosa, y la respuesta sobre qué elementos lo caracterizan seguramente tienda a orientarse hacia el lado de la curiosidad, la inquietud intelectual o el inconformismo natural. Las definiciones más típicas del término suelen, de hecho, redundar precisamente en ese tipo de aspectos. Una de las definiciones de la palabra hacker que más me gusta es la de FOLDOC, el Free OnLine Dictionary Of Computing, que yo traduciría como "persona que disfruta explorando los detalles de los sistemas programables y cómo extender sus capacidades, en contraposición a la mayoría de usuarios que prefieren aprender únicamente lo mínimo imprescindible".

La definición resulta interesante: un hacker es el buscador de resquicios, el explorador constante, el que a pesar de haber encontrado un método para hacer las cosas, sigue planteándose otros con el fin de obtener un resultado mejor o, simplemente, diferente. Seguramente, el componente hacker está detrás de muchos de los grandes investigadores de la Historia, o de profesiones como la de abogado. Escuché una vez a un buen amigo referirse a los buenos abogados como a los "hackers de la ley", profesionales que encargaban de estudiar con muchísimo detalle un código, en este caso el Civil, el Penal, el Mercantil u otros, para ser capaz de encontrar en él resquicios que le permitiesen obtener una ventaja para sí mismos o para sus clientes. En contraposición, otros profesionales en los que la vocación de hacker fuese inexistente se limitarían a aplicar los principios que conocen, que hubiesen visto aplicar a otros o que les pareciesen más dentro de lo normal o de la ortodoxia.

Piense en la manera que tiene de, por ejemplo, aproximarse a la tecnología: ¿se ve más cerca de los que tienden a "encariñarse" con un programa, con una forma de hacer las cosas, o tiende más a la naturaleza infiel y a probar todo cuanto sale, aunque sus necesidades estuviesen aparentemente ya cubiertas por lo anterior? Si se encuentra, por ejemplo, un nuevo navegador de Internet del que no tiene muchas referencias, ¿lo prueba inmediatamente, o se pone a pensar en la pereza de tener que migrar sus hábitos, aprender de nuevo, cambiar sus favoritos, sus procedimientos, y acaba posiblemente descartándolo antes de probarlo o, como mínimo, posponiéndolo hasta que recibe una información más sólida acerca de sus presuntas bondades? ¿Se lanza como un poseso en pos de lo desconocido, o piensa eso de "que pereza, no voy a probarlo, no vaya a ser mejor"? El hacker representa, por tanto, el inconformismo, el interés por experimentar, el no poder soportar ver una puerta cerrada sin intentar ver lo que oculta.

Lo curioso del término viene, ahora, cuando lo contraponemos con la situación actual del entorno empresarial. La mayoría de los sectores de la actividad económica se encuentran hoy sometidos a vaivenes incesantes producidos por cambios rápidos de todo tipo. Las situaciones tranquilas y reposadas que caracterizaban el medio ambiente empresarial del siglo pasado ya resultan difíciles de ver. Las empresas se ven sometidas a cambios rápidos, fruto de la aparición de nuevas tecnologías, de cambios de la regulación, de la aparición de nuevos competidores o de modificaciones fuertes en las dinámicas de consumo. Se compite con reacciones rápidas, con imaginación, con innovación y reinvención constante. Puesto así, no resulta extraño darse cuenta que, para muchas empresas, las características de lo que se suele conocer como hacker empiecen a resultar no una desventaja en el proceso de selección, sino algo incluso deseable, aconsejable. Donde antes se buscaban caracteres sumisos y conformistas, hoy la evolución de los negocios parece recomendar actitudes mucho más atrevidas, aventuradas, poco convencionales.

Algunas empresas empiezan así a aproximarse al hacking como quien selecciona un determinado aspecto en la personalidad de los candidatos, algo detectable en una prueba psicotécnica o en una entrevista, que empieza a ser mencionado en los perfiles solicitados a las consultoras de selección. Una empresa llena de hackers brillantes puede ser posiblemente más difícil de dirigir, pero sin duda estará más preparada para los posibles vaivenes del entorno. Es lo que hacen, por ejemplo, algunas de las empresas más punteras hoy en día: intentan fichar personas brillantes, en las que sean capaces de detectar esa "curiosidad natural", a veces incluso a riesgo de incurrir en procesos de selección largos, pesados, con infinidad de entrevistas y pruebas que recuerdan a veces más a una gymkhana que a otra cosa, y procuran después proveerles de un entorno que garantice que puedan innovar, que evite el acoso constante del día a día. Un entorno en el que, por ejemplo, tengan la obligación de dedicar cierto porcentaje de su tiempo a otras actividades, a proyectos personales o no necesariamente relacionados con su labor. Que favorezca la innovación, el flujo de sangre en el cerebro, el músculo intelectual bien engrasado. Tras años de entornos previsibles y caracteres monocromos, la empresa empieza a querer otro tipo de profesional, empieza a suspirar por la innovación y el inconformismo, y encuentran en la manera de aproximarse a la tecnología un perfecto indicador de esas características. Poco a poco, algunas empresas empiezan a captar personas que les ayuden a intentar hackear su futuro.

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