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España, de Corte a Checa

El Partido Popular debe refundarse sobre bases y personas nuevas.

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Pablo Iglesias, junto a su "Tramabús" | EFE

Agustín de Foxá describió con su prosa elegante la transformación que sufrío España desde una Corte frívola, corroída por la corrupción y las debilidades institucionales que la habían puesto en manos de unos militares más aficionados al jerez y a las mujeres que a sus deberes de Estado, con la complicidad de unos cuantos prerrevolucionarios que pasaron del fascismo al comunismo sin pudor alguno y de los empresarios arruinados que vendieron a precio de oro sus negocios al estado para crear los primeros monopolios industriales del siglo XX; hacia la Segunda República y de ahí al régimen de terror de las checas a partir de la victoria del Frente Popular en 1936 y que también reflejó con maestría Arturo Barea.

Aunque la España de hoy está muy lejos de aquella realidad por su fortalecimiento institucional, el desarrollo económico y el régimen de libertades de nuestra Constitución, hay algunos que se empeñan en devolvernos a lo más siniestro de nuestra historia, y además justificarlo en nuestro propio interés, cuando en el fondo sólo se sirven a sí mismos. Cuando alguien justifica su acción en el interés de los demás, salgan corriendo porque lo que quieren decir es que lo van hacer a su costa.

La Corte, es decir, el poder tradicional, ya sea político, económico o cultural, necesita una catarsis sin precedentes en nuestro país. La ciénaga se ha extendido a todas las instituciones en sentido de Douglass North, incluyendo la Constitución, la Ley, la Justicia, los códigos de conducta, las costumbres, y todo este catálogo de elementos que definen nuestro modelo de vida; y nada de lo que ocurre es ajeno a la desertización a la que están llevando a nuestro país, al que algunos quieren borrar hasta el nombre y la identidad, sólo para su propio beneficio.

En lo político, desde la más alta institución hasta el más pequeño concejo necesitan de una involución para desquitarse de todas las mañas que ya reflejaba nuestra literatura picaresca y que, sin solución de continuidad, ha llegado a nuestros días. La dignificación de la política, la economía y la cultura requiere de una catarsis que no podrán acometer los que nos llevaron a esta extenuación.

Los casos recientes de corrupción en el Partido Popular muestran que el partido más importante por número y representación de nuestro país es, o era o no sabemos con certidumbre, aprovechado por significados dirigentes a los que ahora se pretende rebajar su importancia como estrategia de defensa, como la plataforma desde la que se robaba, se extorsionaba, se defraudaba. Y todo esta calculada y planificada trama actuaba supuestamente a oídos sordos de todos aquéllos que se beneficiaron políticamente de toda esta camorra, pero que no querían saber ni conocer. Es como la madre del hijo que llega borracho todos los días a casa y lo justifica por una intoxicación alimentaria. España no puede seguir en manos de una red de corrupción, que siendo minoritaria en número no lo era en calidad y relevancia, y por el buen hacer y el respeto que merecen todos los militantes y cargos públicos honrados, el Partido Popular debe refundarse sobre bases y personas nuevas. El paseíllo de la Audiencia cada vez se parece más a las fotos de familia de gobiernos y parlamentos y ningún país se merece ser maltratado de semejante manera por los usurpadores de los sueños de los ciudadanos para esquilmar los bolsillos de los trabajadores y empresarios y crear una política paralela de despachos e intereses al margen de las instituciones democráticas. Ignacio González presuntamente representa esta forma política que todos los gobiernos sucesivos han ido alimentando y de la que se han beneficiado muchos de los políticos que ahora vemos romper a pucheros cuando se dan cuenta de que su Barbie mundo se está destruyendo, mientras que por la trágica realidad de los ciudadanos con desigualdades, desempleo y desesperanza nadie con responsabilidad ha llorado.

Madrid no esta tan lejos de Génova como para alegar ignorancia, ¡tanto querían a Ignacio González que le firmaban todo sin mirar qué había detrás, por amor de esposa fiel! Y todavía dicen que puede haber más y nos alertan sobre otras posibles vinculaciones con actos ya casi olvidados como el golpe de estado que supuso el Tamayazo de los que esta trama no debía ser tan ajena.

Pero la economía también necesita de una refundación. El empresario pesebre que vive de la subvención y de los contratos públicos es un mero conseguidor que no necesita organizar sus medios de producción de una forma eficiente sino sólo tener un amigo sobornable con poder, y la palabra empresa le viene muy grande, por muchos empleados que tengan, a lo que parece más bien un casino o un chiringuito. A una parte de la clase empresarial le falta un poco de ese liberalismo que dicen ambicionar pero que en el fondo detesta frente a la comodidad del oligopolio o la concesión, mientras que decenas de miles de autónomos y pequeños empresarios deben sufrir a Hacienda, las políticas lingüísticas y los acuerdos entre suministradores para encarecer los productos, que constituyen precisamente las fortalezas de esta clase empresarial podrida que debe ser expulsada de nuestro sistema por mucho glamour que aporten.

Y también podríamos hablar de la cultura de la subvención frente a la libertad de creación individual; de la educación manipulada por intereses políticos, de los sindicatos esquilmando a los trabajadores y la seguridad social mientras privilegian a sus cuadros.

Y hoy, como entonces, la alternativa a esta Corte podrida no es la asunción de responsabilidades y la reconstrucción del sistema, sino su destrucción a través del régimen de las checas que pretenden imponer Pablo Iglesias y sus brigadas antidemocráticas que, sinceramente, no creo que sea compartido por una gran mayoría de sus votantes que han caído en sus redes empujados desde un sistema que no ha sabido responder a sus necesidades, pero que están muy lejos del marxismo-leninismo.

Podemos no respeta las instituciones y en consecuencia no nos respeta a los españoles; somos meros instrumentos de su ambición de poder para gobernar España bajo el modelo de ese 'adalid de la democracia y la prudencia' que es Nicolás Maduro, el que se vanagloria de los asesinatos políticos que su régimen corrupto produce a diario para que puedan seguir manteniendo los dirigentes, supuestos libertadores, sus millonarias cuentas en los paraísos fiscales. Tras cualquier operación populista de izquierda se esconde la ambición irrefrenable por la acumulación de capital marxista necesaria para la revolución comunista, con la salvedad de que ya no es el empresario el que acumula sino el propio gobierno corrompido.

El máximo exponente de su falta de respeto por las Instituciones con mayúsculas, aquéllas que, aunque débilmente, nos separan del caos y por eso constituyen su blanco de ataque, es la moción de censura que anuncia y que no presentará o que transformará, al estilo separatista, por un referéndum de caja de cartón en la calle tan manipulado como sea posible para justificar su ataque a unas instituciones que son el enemigo del pueblo, la misma estrategia de todos los revolucionarios. Pero esta anunciada moción no lo es contra el gobierno, elemento harto curioso, sino contra otro partido político. El mismo que en 2004 se lanzó a las calles para violentar la voluntad popular en la jornada de reflexión, pretende una vez más con ese estilo mezcla de chavismo y matonismo, alterar la voluntad democrática del PSOE, seguramente en connivencia con su colega de marcha, Pedro Sánchez, que espera beneficiarse de esta acometida y, en caso contrario, tener suficientes elementos para alegar, en su eterna condición de víctima, que el aparato le ha usurpado su legítimo y casi divino destino a ser secretario general del PSOE, y unirse al espolón que pretende desmontar el Partido Socialista, la única barrera que separa a Podemos de alcanzar el poder. Esta y no otra es la maniobra de Pedro y Pablo, unos trogloditas Picapiedras que sólo saben usar el menhir como arma de futuro. Eso sí, la moción de censura contra el PSOE es, como marca la Constitución, de índole constructiva con un candidato alternativo que no es otro que Pedro Sánchez.

Si el sentido común impera y toda esta maniobra fracasa, no debe haber piedad con los que un día formaron parte dentro del PSOE de esta operación que concluyó en 1936 con la implosión del PSOE maniatado por comunistas y anarquistas, en un régimen de checas. El PSOE de hoy no puede aspirar a formar parte de unas confabulaciones que sólo tienen una víctima del tamaño del territorio nacional. Pero el PSOE tiene una inmensa tarea para superar sus propias debilidades que no han sido tan diferentes de las que ahora nos entretienen con el Partido Popular.

Cualquier connivencia, colaboración o comprensión con este movimiento revolucionario debe ser cortada de raíz, y si algún día alguien en el Partido Popular pensó que esta maniobra de diversión de la izquierda le podría reportar algún fruto, que piensen hoy cuál es el camino al que ellos mismos se dirigen, al desfiladero, del que sólo podrán salir con menos equipaje y más honestidad.

El tiempo corre para Pablo Iglesias a medida que ve cómo el Partido Popular no levanta cabeza y su gran enemigo en la izquierda puede resurgir de sus cenizas para poner al comunismo de checas en el lugar del que nunca debió salir, del zulo de sus colegas que arruinaron durante años la vida de tantos españoles.

No puede haber compasión con quien tantos males promulga, y más vale a los constitucionalistas, que son la gran mayoría, con todas sus diferencias, ponerse de acuerdo para identificar y eliminar al enemigo común que es el autoritarismo y el despotismo de esta izquierda radical que sólo pretende la subversión del país para ponerlo a sus pies.

Pero no será este Partido Popular de corte frívola y con más millas acumuladas viajando a Suiza y visitando concejales de urbanismo y constructores que en visitar sus sedes locales y provinciales, quien sea el que pueda detener esta amenaza, ni quien pueda representar al centro derecha español, imprescindible para mantener el impulso económico, social y político de España. Este partido no está habilitado para detener el secesionismo con el que parece que comparte hasta porcentajes. Sólo una profunda refundación acompañada de la escoba de Los Sirex que barra todo cuanto de podrido tiene el partido y elimine las mañas que no son nuevas en la política pero que en la sociedad de hoy son inaceptables, permitirán devolver la credibilidad y la confianza a un electorado cada vez más desconectado de las instituciones a las que acaba culpando de todos sus males, cuando son precisamente las únicas que pueden salvarnos de estos desalmados.

Si no lo hace, el Partido Naranja se acabará llevando el gato al agua como ha ocurrido en Francia donde los partidos tradicionales que han gobernado durante décadas han sido barridos de las urnas por su propia corrupción e ineficacia. Si el PSOE se equivoca y opta por su autodestrucción y el PP se empeña en negar la evidencia y opta por aguantar sin agenda política con la única esperanza de sobrevivir un día más en el poder para no hacer nada o para controlar los daños de sus propias tropelías, corremos el riesgo de acabar en manos de los que ambicionan destruir nuestro modelo de convivencia. A Albert Rivera le falta mucha mala leche y un partido real detrás para poder competir contra Podemos en un mano a mano, por lo que un nuevo Partido Popular y un Partido Socialista renovado y anclado en los principios fundacionales que le llevaron al poder en 1982, son la única línea de defensa que tenemos contra la Checa. Esperemos que una vez más, como en los escasos pero necesarios momentos de lucidez que ha tenido este gran país, no se dejen llevar por el verbo fácil, el maquillaje y el egoísmo y tengan el sentido de estado que nunca debieron abandonar para mantenernos en la senda de estabilidad y democracia que hoy está amenazada como en muchas décadas por el bolchevismo y la corrupción.

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