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La V República ha muerto, bienvenidos a la IV República

Nos encontramos ante un paisaje que nos puede retrotraer al modelo de la IV República

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Emmanuel Macron y Françoise Hollande | EFE

Esta semana en Asuntos Exteriores analizaremos los resultados de las elecciones francesas y sus posibles efectos sobre el resto del continente. Sin duda van a determinar el futuro de la Unión Europea y en consecuencia de todos nosotros.

El régimen republicano nacido del autogolpe del general De Gaulle en 1958, se ha caracterizado por tres elementos básicos que se han mantenido sólidos hasta estas últimas elecciones. Una presidencia ejecutiva con más poderes que el presidente de los Estados Unidos, capaz de cohabitar en el gobierno con partidos de signo contrario cuando ha sido necesario. El segundo elemento, una estructura de partidos basada en el partido gaullista del propio fundador de la República, de tradición conservadora, que ha sido la piedra angular de la política francesa de los últimos sesenta años, en combinación con una izquierda conformada por el Partido Comunista y el Socialista, con apenas dos presidencias en todo este periodo: Mitterrand y Hollande. El tercer elemento, un modelo económico un tanto peculiar, socialista-conservador. En la más pura tradición conservadora y antiliberal, Francia mantiene un sector empresarial público gigantesco, una política fiscal casi confiscatoria y un nacionalismo agresivo que la ha mantenido fuera de las estructuras militares occidentales durante décadas y con su propio modelo de disuasión nuclear.

Pero en política cada batalla es importante y ésta, sin duda, era trascendental en un país en estado de emergencia, que ha sufrido en los últimos años los ataques terroristas más sangrientos de su historia reciente y con el auge de la extrema derecha, muy crítica con la política migratoria y con el europeísmo que coarta, según sus tesis, los poderes nacionales. También confluía una crisis en los partidos tradicionales y en especial en el gaullista con un gran candidato que no ha podido sacudirse el fantasma de la corrupción. Ante este panorama, la victoria de un centrista con experiencia de gobierno frente a Le Pen por más de treinta puntos, la mayor diferencia de entre todos los actuales presidentes y primeros ministros europeos, no admite matiz: ha sido una gran victoria de la moderación y del europeísmo, tan necesarios para afrontar los retos del futuro inmediato de Francia y de la Unión Europea.

Pero con la victoria de Macron y su movimiento En Marcha nos encontramos ante un paisaje que nos puede retrotraer al modelo de la IV República, con una presidencia más débil y un mayor protagonismo de la Asamblea Nacional que será elegida el próximo mes de junio.

Por una parte, los partidos tradicionales pueden desaparecer de la escena parlamentaria basado en el régimen mayoritario de elección a la vista de los pobres resultados de sus candidatos. Si Macron consigue una victoria en las elecciones legislativas, que está por ver, pero que se anuncia como posible, lo será a costa del partido gaullista y del socialista. La estabilidad de Francia a medio y largo plazo dependerá de la habilidad de Macron de crear una estructura de partido que se iguale en capacidad y medios a los tradicionales y debe hacerlo a corto plazo. Si los partidos tradicionales no reaccionan, en pocas semanas veremos una larga peregrinación de conocidos lideres gaullistas y socialistas al nuevo movimiento, una tradición que se remonta a los Estados Generales.

La izquierda radical tendrá sin duda unos resultados muy importantes, pero se verá muy penalizada por el sistema electoral. De esta manera, la nueva Francia, siguiendo un modelo que parece imponerse en esta nueva Europa, estará basada desde el punto de vista político, en un partido de izquierda radical primo hermano de Podemos, un partido de centro con tintes liberales, y el Frente Nacional, que en las presidenciales ha recibido un importante caudal de votos procedentes del conservador Fillon, un fenómeno que debemos analizar con sumo interés. De esta manera, Macron deberá gobernar con una Asamblea en la que tendrá en frente a la extrema derecha y a la extrema izquierda, lo que imposibilitará la política de reformas que Macron pretende realizar en su presidencia y llevará a la Asamblea a las algaradas de las anteriores repúblicas. En definitiva, un centrista sin partido deberá gobernar los próximos cinco años teniendo como principales contrincantes a Le Pen y a Melenchon con unas estructuras de poder mucho mejor organizadas, un escenario poco recomendable.

También es cierto que muchos han respirado aliviados por la victoria de Macron ante las amenazas que para Europa suponía una posible victoria de Le Pen, pero alcanzar un porcentaje en torno al 35% de los votos, supone que 2 de cada tres votos de Fillon han ido al bolsillo del Frente Nacional, ahondando en el radicalismo de la política francesa que se acentuará en los próximos años.

El anquilosamiento en las reformas continúa siendo un gran lastre para Francia, que junto a Alemania constituye la columna vertebral de la nueva Europa post Brexit; pero tantas debilidades y, sobre todo, las profundas divisiones que se van a producir en la sociedad francesa, amenazan sin duda a la estabilidad de la nueva Europa. Un continente que quedará a merced de Alemania, ante las debilidades económicas de los otros dos gigantes europeos, Italia y España. La única garantía de continuidad es que cualquiera de los dos candidatos a la cancillería alemana son profundamente europeístas y están comprometidos con la estabilidad económica, pero si Francia no resuelve sus graves problemas estructurales puede convertirse en un hándicap demasiado pesado para Europa, hasta hacerla inviable.

El gran reto de Macron será o bien crear un partido fuerte que supere a los tradicionales o bien construir una gran coalición, y ambos retos parecen obra de titanes para una sociedad tan golpeada como la francesa y con apenas dos semanas para lanzar sus candidatos a las legislativas.

Pero también hay lecciones importantes de lo acontecido en Francia que debemos extraer para el caso español.

Los partidos tradicionales pueden desaparecer en un solo año a pesar de una larga historia si cometen errores de bulto. Las primarias del partido gaullista y del partido socialista han sido grandes equivocaciones. Preguntar a los afiliados de un partido quién debe ser el jefe del gobierno de todos, sólo conduce a tener candidatos que satisfacen los intereses de los afiliados que normalmente están muy alejados de los intereses generales de las naciones, y posibilitan la aparición de outsiders capaces de englobar en apenas unos meses a una cuarta parte del electorado, como ha ocurrido en Francia.

También el crecimiento de la extrema izquierda es consecuencia de un socialismo europeo que ha perdido las señas de identidad. En lo económico apenas existen más que matices entre las políticas conservadoras y socialistas que coinciden en subidas de impuestos, más estado y mas gasto social; de manera que la socialdemocracia para buscar nuevas señas de identidad, ha optado por diferenciarse en la política migratoria y en la reivindicación de derechos individuales, que no tienen una amplia base social, especialmente en Francia. El drama del socialismo es que la derecha le ha usurpado sus políticas y sólo le queda la alternativa de la algarada callejera o la salida de la política por el callejón si no se adoptan decisiones de calado.

Si Marine Le Pen se alza con la voz de la fuerte derecha francesa, otros países europeos podrían seguir esta radicalización conservadora tremendamente peligrosa para la estabilidad europea que cuenta con el apoyo de los dos grandes enemigos de la Unión Europea, Trump y Putin. De momento Le Pen ha perdido esta importante batalla, aunque sabe que su momento serán las legislativas y de lo que resulte en ellas, dependerá el futuro de la V República o su defunción; también el posicionamiento de Francia en Europa y, sobre todo, la continuidad del proceso europeísta.

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