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¿Por qué odio a Nicolás Maduro?

El silencio del mundo libre ante la barbarie de Venezuela es una llamada de atención de hacia dónde Podemos llevar a nuestra civilización

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Reconozco que el odio puede llegar a ser una enfermedad incurable y que procuro no practicarlo salvo en contadas excepciones, sólo ante deméritos tan notables que nuestra libertad o felicidad exijan de una reacción que no pueda quedar en la protesta, el conformismo o la huida. Pues bien, si hay un personaje político que acumule semejante cúmulo de atributos para ser odiado, ese es sin duda Nicolás Maduro. Admito que existen muchas razones para generar un sentimiento de esta envergadura, pero al final solo hay un hecho relevante que le conduce a la galería de los grandes tiranos de la historia de la humanidad.

Podría odiar a Nicolás Maduro por arrogarse el interés del pueblo llano para imponer sus políticas corruptas y autoritarias. Cuando la libertad y los derechos se cercenan en nombre del pueblo más humilde, no sólo se comete una gran injusticia con aquellos que se creen representados por esta oligarquía chavista de nuevo cuño, sino que además con el supuesto respaldo de las clases populares -un concepto que discrimina entre una parte del pueblo contra otra sin que existan límites precisos a esta definición- se acaba diezmando al pobre que un día creyó en esa revolución. No se equivoquen, Maduro no representa a nadie humilde, sólo a si mismo y a una plaga de corruptos que ha extendido como la pólvora por ese rico y al mismo tiempo paupérrimo país.

Podría odiar a Nicolás Maduro por una represión brutal que en los últimos dos meses se ha llevado la vida de más de setenta personas, luchadores de la libertad frente a los tiranos y sus bandas de matones; o por los cien mil asesinados en los últimos diez años en el país que él prometió proteger. Pero nadie habla de la primavera venezolana. ¿Dónde están Obama, Trump o Rajoy, tomando partido por los oprimidos frente a los opresores y que en cambio se hacen guiños con los inspiradores de este régimen de terror?

Podría odiarle por haber hecho un estercolero del país más rico del continente, donde como aves de rapiña los corruptos de siempre y los nuevos picotean para dejar al pueblo sólo con sus propias heces. Un país donde el matonismo inducido desde el gobierno sólo pretende mantener unos privilegios ganados con el revólver y la navaja.

Podría odiar a Nicolás Maduro por haber hundido a su país en la miseria. En Venezuela el niño no tiene pañales, ni leche para los biberones, ni hay medicinas para los enfermos, ni alimentos para los hambrientos, ni siquiera papel higiénico, y no porque no haya dinero para comprarlo, sino porque la especulación es tan evidente que todo se vende en el mercado negro controlado por los buitres del chavismo.

Podría odiar a Nicolás Maduro por conducir a su país a una guerra civil que ya es una realidad, donde nada importa salvo imponer su régimen de terror y expoliación. Como otros dictadores del pasado que creyeron purificadora la guerra civil para sanar las heridas nacionales, cuando lo único que se ambicionaba era el poder para ejercitar la extorsión y la violencia política, Maduro aspira a exterminar a la oposición para crear su Movimiento Nacional que dure más de mil años, como aquel Reich de su maestro.

Podría odiar a Nicolás Maduro por meter en la cárcel a gente inocente, algo que en el mundo civilizado desde el cierre de la Bastilla es imposible jurídicamente. En Venezuela la oposición está en la cárcel, o amordazada, o amenazada o extorsionada o todo a la vez, que para nada son excluyentes. Cuando se encierra a inocentes que han cometido el delito de expresar su rabia frente al tirano, y se les tortura, no caben diálogos ni comprensiones ni mucho menos contemplaciones. El silencio del mundo libre ante la barbarie de Venezuela es una llamada de atención de hacia dónde Podemos llevar a nuestra civilización si pensamos que ante nuestros problemas la vía chavista puede ser la solución. El chavismo y sus marcas internacionales representan el espíritu de la barbarie frente al sentido común y la libertad. Los que se sienten próximos a estas ideas y a sus votantes deberían ser psicoanalizados para descubrir que tienen el gen del autoritarismo bien asentado en su genoma.

Podría odiar a Nicolás Maduro por ser el liquidador de la nación venezolana. Decía que el gran prócer la independencia de Venezuela, Carlos Soublette que "Venezuela no se ha perdido, ni se perderá nunca, porque un ciudadano se burle del presidente. Venezuela se perderá cuando el presidente se burle de los ciudadanos". Pues se perdió porque tiene un Presidente que dedica las 24 horas a burlarse del pueblo y de la comunidad internacional. Este cómico de baja monta que cada vez se parece más al de la parodia de Chaplin del gran dictador, va a terminar con cualquier atisbo de cordura y de solución a los graves problemas conduciendo a su país al abismo.

Podría odiar a Nicolás Maduro por este nuevo golpe de estado que ha puesto en marcha saltándose de forma descarada su propia constitución, que sólo vale cuando sirve a sus fines. Bajo el renovado argumento de proteger a los ciudadanos de la violencia que han generado sus SA; y combatir a la corrupción que tiene su fuente en el Palacio de Miraflores, pretende liquidar a la oposición elegida por el pueblo venezolano. Las elecciones sólo sirven cuando gana Maduro.

Podría odiar a Nicolás Maduro y a los fondos internacionales por continuar el expolio del país y alimentando y financiando a este régimen del terror. Solo esperaría que todos aquellos impositores y fondeadores de estos bonos de sangre tengan la dignidad de abandonar inmediatamente a estas organizaciones que hacen negocios a costa del hambre físico y de libertad del pueblo venezolano.

Podría odiar a Nicolás Maduro por ser heredero de un régimen golpista militar. El chavismo nace de un golpe de estado como Pinochet, o Videla, en la más rancia línea de dictaduras militaristas. Cuando una clase como el estamento militar se arroga el derecho por el uso de la fuerza de masacrar a su pueblo y cercenarle en sus derechos, pierde la razón del uso de la fuerza para convertirse en un elemento de represión. ¿Dónde están las brigadas internacionales que liberen a este pueblo de sus tiranos? ¿Por qué mantenemos un doble lenguaje según los mensajes o posiciones que se arroguen los tiranos? Cuando las tropelías se cometen en nombre de las clases populares, se justifican ante un supuesto fin más importante que es el bienestar y la seguridad del pueblo. La izquierda internacional que pretende congraciarse, asimilarse o simplemente mirar hacia otro lado ante esta deriva autoritaria es un cáncer que puede llevarnos, incluso a los que nos consideramos inmunes a esta deriva autoritaria, hacia la miseria chavista, miseria intelectual y física y al asesinato de la libertad. Como decía Gandhi, "correrán ríos de sangre antes de que conquistemos nuestra libertad, pero esa sangre deberá ser la nuestra" y ahora sólo corre la de los luchadores del pueblo, pero pronto será la de todo el país la que corra como un torrente sin control si los que pueden detenerlo ahora no salen de los cuarteles y de las embajadas.

Podría odiar a Nicolás Maduro por haber convertido en un pozo negro un país donde el petróleo se siembra, el único país que no necesita gobierno para ser rico, sólo repartir las rentas del petróleo daría para una renta per cápita digna para todo el pueblo.

Podría odiar a Nicolás Maduro por la imposición que pretende hacer del pensamiento chavista como el único posible, despreciando cualquier otra opción política o intelectual, que por muy simple que sea siempre será superior moral y éticamente al modelo del golpista Hugo Chávez.

Pero por lo que odio a Nicolás Maduro es por su nefasto sentido del humor; por esa continua pretensión de hacerse el gracioso. Odio su manera de vestirse con el chándal de la bandera venezolana manchada en sangre. Odio que pretenda hacernos creer que tiene un mínimo bagaje intelectual cuando es un pandillero de barrio que se cree que puede achantar a todos sus vecinos. Como señala Sancho a Don Quijote: "Cada uno es como Dios lo hizo, y aún peor muchas veces"; y tú, Nicolás, eres mucho peor de cómo te hizo Dios.

A mí, Nicolás Maduro me recuerda mucho al emperador del cuento, aquél que, embaucado por unos sastres, seguramente procedentes de países de sus aliados en el continente y en éste nuestro país, cree que tendrá el traje más maravilloso. Todos le adulan, le aplauden, le ríen, le chiflan, le animan, le espolean y él se cree que es por su nuevo traje.

Pero, Nicolás, estás más desnudo que el emperador. Cuando una niña grite que estás desnudo y que no llevas traje, todos aquéllos que te crees que se sientan a admirarte, se van a reír de ti; y ya no te seguirán, y te sentirás solo y abandonado. Ni siquiera los que hoy se dicen ser tus fieles seguidores te van a seguir camino del cadalso de la vergüenza. Y estarás solo, en una celda mucho más digna y saludable que en las que encierras a tus opositores, porque los que defienden la libertad tendrán contigo una consideración que no mereces, pero que los hará grandes y fuertes frente a los nuevos agresores de la libertad que estarán por venir. Cuando seas historia sólo te recordaran porque estabas desnudo, sin traje.

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