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¿Quo usque tandem abutere Catalaunia, patientia nostra?

La autoridad que no se muestra y se demuestra es inútil y seguramente esconde una gran debilidad

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¿Hasta cuándo has de abusar de nuestra paciencia, Cataluña secesionista? ¿Cuándo nos veremos libres de tus sediciosos intentos? ¿A qué extremos se arrojará tu desenfrenada audacia? ¿No te arredran ni la nocturna guardia del Palatino, ni la vigilancia en la ciudad, ni la alarma del pueblo, ni el acuerdo de todos los hombres honrados, ni este protegidísimo lugar donde el Senado se reúne, ni las miradas y semblantes de todos los senadores? ¿No comprendes que tus designios están descubiertos? ¿No ves tu conjuración fracasada por conocerla ya todos? ¿Imaginas que alguno de nosotros ignora lo que has hecho anoche y antes de anoche; dónde estuviste; a quiénes convocaste y qué resolviste? ¡Oh, qué tiempos! ¡Qué costumbres! ¡El Senado sabe esto, lo ve el cónsul, y, sin embargo, la Cataluña secesionista! ¿Qué digo vive? Hasta viene al Senado y toma parte en sus acuerdos, mientras con la mirada anota los que de nosotros designa a la muerte. ¡Y nosotros, varones fuertes, creemos satisfacer a la república previniendo las consecuencias de su furor y de su espada! Ha tiempo, que por orden del cónsul debiste ser llevada al suplicio para sufrir la misma suerte que contra todos nosotros, también desde hace tiempo, maquinas.

Excusa Marco Tulio esta utilización de tu primera Catilinaria, pero es que estoy convencido de que si hubieras sido hoy el cónsul de Hispania, la misma que en el siglo I antes de Cristo ya incluía a Catalaunia, hubieras hecho el mismo discurso y actuado en consecuencia.

Hemos de admitir que después de la república romana, poco o nada mejor ha adornado a la política en Europa con más racionalidad y brillantez; y desde Cicerón, pocas mentes brillantes han hecho del servicio público la causa de su vida; pocas son las honrosas excepciones que han permitido que hayamos llegados a este equilibrio inestable que hoy llamamos España y Europa, más producto de los errores que de los aciertos o de las estrategias.

Las Catilinarias son toda una llamada de atención y una lección sobre la protección de la República y la importancia que tiene para su solidez y futuro que se ejecute con decisión su defensa. La autoridad que no se muestra y se demuestra es inútil y seguramente esconde una gran debilidad. Pero por qué nos empeñamos en buscar soluciones, encontrar vías de diálogo con los secesionistas; por qué creemos que contemporizar es mejor que coger el toro por los cuernos como aquel Viernes Santo de 1977 que el Tribunal Supremo legalizó el partido comunista porque Suárez era incapaz de presentarse ante el ejército habiendo legalizado un partido que había prometido primero eliminar y luego nunca legalizar. Remover la caquita se les da muy bien, pero tomar decisiones y ejecutarlas, ahí les tiemblan las canillas a todos y este es uno de los principales problemas de nuestra clase política desde Felipe III.

Si leemos con atención la primera Catilinaria de Marco Tulio Cicerón, encontramos todas las claves de lo que está ocurriendo entre esta deriva secesionista y la clase política española. Llegar a la conclusión de que el dolce far niente de Mariano Rajoy con Cataluña es lo más agresivo que encontramos en el panorama político español para frenar la rebelión, frente a las vías de diálogo o el referéndum ilegal, nos conduce a un solo camino, al fin de España tal y como ha existido desde que las armadas catalana y castellana emprendieran con la conquista de Orán en 1509 el primero de miles de hitos que nos han hecho caminar juntos, frente a apenas un puñado de hitos de desencuentros, eso sí muy bien voceados y adornados.

Cicerón alerta al pueblo romano y a Catilina de que su deriva no conduce a ninguna parte; lo que se demostró, si tenemos en cuenta que al día siguiente Catilina abandonó Roma y se unió a las tropas que conspiraban contra el pueblo romano, al que por supuesto, como cualquier buen golpista que se precie, decía defender.

Esta es la primera lección de Cicerón aplicable a Puigdemont; en política no es extraño que determinados políticos sólo para su beneficio personal, y no me refiero al moral, sean capaces de enfrascar a una parte del pueblo contra otra sin importarle las consecuencias que al pueblo que expresan representar le acecharán en su locura. A Puigdemont, como a Catilina, su pueblo se la sopla; es solo un instrumento más de su corrupción y de la necesidad de sobrevivir en el fango en el que se ha metido. Catilina como Puigdemont no querían ser investigados por sus fechorías y para evitar la condena armaron una causa sobre la que atar una bandera para cubrir sus delitos. Pero que sean nuestros senadores los que critiquen a la Justicia interrogando a funcionarios de la intocable e inviolable Generalitat por la posible comisión de delitos, y a la vez se regocijen viendo al presidente del gobierno como testigo en la Audiencia, nos muestra que los podridos no son solo ellos. No nos engañemos, la deriva secesionista sólo pretende apagar con fuego el saqueo de Cataluña de estos treinta años, y todos los empresarios que han hecho negocios en los terrenos de las diputaciones catalanas lo saben muy bien.

Cicerón nos advierte del peligro que supone la actitud de Catilina y pretende concienciarnos de que esto es realmente una amenaza, pero no se queda en el plano de la retórica. El senado de Roma sabía cuáles eran los planes de Catilina, como sabemos los de los secesionistas; sabemos cómo se están ejecutando, dónde y con qué fines; quiénes están detrás y porqué motivos. Catilina se sentía fuerte porque creía tener a sus fieles dispuestos para la batalla y dudada de la predisposición al combate de la plácida Roma, y por eso no sentía las amenazas del Senado; no quería escuchar las voces de quienes desde el sentido común le clamaban por cesar esa locura.

Catilina en el fondo deseaba que las fuerzas romanas actuaran contra él con el fin de que no fueran sus centuriones los que encendieran la mecha sino los que reaccionaran para apagarla. Pero ya Roma sabía, como sabemos nosotros, que son ellos los que están listos para el enfrentamiento, pero no el personal suyo, sino el del pueblo que dicen defender. ¡Como disfrutarán viendo desde la recachita de la Generalitat a sus huestes luchar y sufrir con el único fin de preservar sus privilegios! Y esos mismos aguerridos que en conciencia se creen luchando por la nación catalana, verán una vez más, y la historia es tozuda, como sus espoleadores les traicionan y pactan con el gobierno de todos, el español, una salida honrosa, no para sus ansias independentistas sino para su futuro judicial y económico. Todo ese empuje nacionalista de finales del siglo XIX tan rememorado terminó con más subvenciones, más inversiones y más proteccionismo al tejido productivo catalán; lo mismo que ocurrió en la guerra civil entre la Busca y la Biga en el siglo XV; siempre luchando por preservar privilegios de unos pocos frente a otros pocos, diciendo anteponer siempre los intereses del todo el pueblo catalán. Este es el resumen de la historia política de Cataluña,

Cicerón nos explica con su grandeza intelectual que aquellos que pretenden el enfrentamiento contra Roma viven en sus instituciones y se benefician de sus privilegios, a los que nunca renunciaron. Y que los romanos de bien contemporizan pensando que, porque todavía viven entre nosotros, son susceptibles de encontrar puntos de acuerdo y de encuentro. Catilina vivía con un pie en el Senado y con otro en la rebelión en la seguridad de que los dos no podían fallarle a la vez; y ese es exactamente el juego de Puigdemont y Junqueras. Cicerón alerta contra estas reacciones comprensivas porque acabarán con la República, son el cáncer que pudre a las instituciones.

La República y Roma no podían quedar impasibles ante este reto, porque lo que estaba en juego no eran los impulsos de Catilina y sus consecuencias para Roma, sino la propia subsistencia de la República. Cicerón se había percatado de que la debilidad en el ejercicio de la autoridad y las divisiones internas eran el alimento de Catilina, y por eso había que cortar la principal línea de provisiones a los secesionistas.

"Ha tiempo, que por orden del cónsul debiste ser llevada al suplicio para sufrir la misma suerte que contra todos nosotros, también desde hace tiempo, maquinas"; y con esta frase Cicerón nos da una gran lección de política y de defensa de la República, que está por encima de todos y de las ansias de todos y cada uno.

Solo hizo falta que Cicerón tuviera la conciencia de los acontecimientos y de sus consecuencias para que se terminara con las intrigas, los diálogos ocultos y las contemplaciones que estaban deteriorando el clima político para pasar a la acción. Solo la declaración ante el Senado fue suficiente para que Catilina abandonara Roma al día siguiente y pereciera dos meses después al frente de las tropas que él mismo armó contra Roma. Al menos Catilina tuvo la decencia final de liderar a sus tropas y morir en el combate; ya pueden olvidarse los secesionistas de que Puigdemont o Junqueras estarán tan convencidos como Catilina, porque ni van a dejar España, ni van abandonar sus instituciones ni van a enfrentarse directamente contra nadie en lo que los secesionistas llaman Estat Espanyol. Sólo pretenden utilizar a las masas para conseguir sus fines que no son los de los cientos de miles de catalanes que les han votado; pretenden ganar con la agitación en la calle lo que no pueden ganar en los tribunales porque el olor de su culpabilidad se percibe hasta en las Islas Canarias que contribuyeron a conquistar en el siglo XIV para la corona de Castilla.

Ahora que la corte marianista y pedrista se retira a su Capri particular, los golpistas pretenden, como siempre pasaba en Roma, utilizar el abandono de las instituciones para sus ambiciones involucionistas o revolucionarias. Sólo nos salva que también los secesionistas frenan sus ambiciones en el mes de agosto porque todos merecen un descanso. ¡Qué tiempos aquellos, como decía Cicerón, en los que la altura de miras, la responsabilidad y sobre todo la decisión guiaban nuestros pasos! España no se romperá por un referéndum ilegal, ni por una modificación de la Constitución; ni siquiera por la imposible victoria de Pedro Sánchez o la renovación de Rajoy en el cargo. Se va a morir de aburrimiento y de melancolía ante la ausencia de cónsules y senadores honrados y decididos que antepongan al país sobre sus miedos y cobardía. España se va a morir por vacaciones.

Y para esa nueva izquierda que en la búsqueda de los restos de su propio naufragio ha tomado el nacionalismo o su comprensión como su arma cargada de pasado, nada como leer a Julián Zugazagoitia, ministro de gobernación durante la Guerra Civil, socialista, entregado por la Gestapo a Franco y fusilado en Madrid en 1940, para que los socialistas recuperen el rumbo que no debieron perder y en boca de alguien tan poco sospechoso para la izquierda como el presidente de la República, Juan Negrín.

"No hay más que una nación: ¡España! No se puede consentir esta sorda y persistente campaña separatista, y tiene que ser cortada de raíz si se quiere que yo continúe siendo ministro de Defensa y dirigiendo la política del Gobierno, que es una política nacional. Nadie se interesa tanto como yo por las peculiaridades de su tierra nativa; amo entrañablemente todas las que se refieren a Canarias y no desprecio, sino que exalto, las que poseen otras regiones; pero por encima de todas esas peculiaridades, España. El que estorbe esa política nacional debe ser desplazado de su puesto. De otro modo, dejo el mío. Antes de consentir campañas nacionalistas que nos lleven a desmembraciones, que de ningún modo admito, cedería el paso a Franco sin otra condición que la de que se desprendiese de alemanes e italianos. En punto a la integridad de España soy irreductible y la defenderé de los de afuera y de los de adentro. Mi posición es absoluta y no admite disminución".

("Guerra y vicisitudes de los españoles", página 454)

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