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Apaga la luz y ponme a 110

Les contaré algo. Poseo un enorme respeto a la carretera. Y al mar, por mucho que me apasione éste. Siempre lo he sentido pero a raíz de un accidente de tráfico que sufrí hace unos años a la altura de la salida de Alhama de Aragón procedente de Barcelona, cuyo letrero llevo casi grabado a fuego en mi cuerpo por el fatal recuerdo, todavía más. De hecho, no he recuperado al cien por cien la seguridad que tenía entonces al volante.

Pero este hecho, más allá de formar parte de un capítulo muy personal y que gustosamente comparto con ustedes, que para eso llevamos juntos casi tres añitos, no influye en lo más mínimo en mi capacidad de discernir lo que es una medida oportuna para procurar contribuir a la disminución de los accidentes de tráfico de lo que ya viene siendo habitual en nuestro agónico y estimado Gobierno: la toma de decisiones fruto de la improvisación, del momento en que les coja, de la fuerza con la que sople el viento en ese instante, del dominio más absoluto de esa técnica que en España conocemos como el arte del maestro pastelero chapucero.

Así pues, y ahora que Gadafi se encuentra en pleno proceso de descongelación de sus innumerables cuentas y bienes y Libia procura sobrevivir al intento de instaurar una democracia o algo lo más parecido a ella, nuestro ministro de Interior baja de su vehículo, se acerca a un par de micrófonos y nos lanza una serie de medidas que conforman el Plan de Ahorro Energético que el Gobierno se ha apresurado a aprobar para demostrar que está al loro del asunto.

Con lo que gracias a esta vida nuestra llena de paradojas y agudas ironías, el Ejecutivo más despilfarrador de los últimos tiempos ha decidido tener una brillante idea al son de los cítricos colores de "yo también soy ahorrador". A la subida de precios de petróleo, ahorremos combustible y circulemos todos a 110 km por hora. De momento, luego ya se verá, porque la propuesta tiene carácter transitorio.

Ni liberalización del mercado energético ni alargar la vida de las centrales nucleares existentes garantizando el cumplimiento de las medidas de seguridad, no vayamos a tomarnos esto en serio y nos salgamos del guión.

Pero el mejor y el más entrañable de todos es, sin duda, mi querido José Blanco. Créanme, le echaremos de menos cuando no esté. Lo garantizo. El ministro de Fomento, no contento con que el Gobierno decida por cada uno de nosotros, pretende ahora que nos sintamos algo más confortables mientras reducimos la velocidad, más íntimos, así que farolillas fuera.

Si es que se lo sirven en bandeja al "weekend boy". Así es cómo le denominamos cariñosamente mis amigas y una servidora. La moleskine de González-Pons está que arde. Chispillas está echando todo el día con las ocurrencias del Gobierno. Y ya sabemos que siempre tiene el arpa bien a mano para recitarnos lo que se tercie en los informativos del fin de semana, ansiosos de sus conferencias de prensa. Pero lleva razón en lo de su apreciación "soviética" del asunto de marras. Cada cosa en su sitio.

Si me permiten, y sin entrar en las consideraciones más estrictamente económicas, que para eso ya está el profesor Juan Ramón Rallo, y sin entrar a fondo en el debate energético y mucho menos antes de meterle mano al último papel de FAES, lo que me molesta, una vez más, es la falta seriedad en el manejo de la situación.

La frivolidad, las decisiones tomadas en la barra de un bar, la reiterada creencia de que los españoles somos idiotas, el afán intervencionista, la intromisión en mis decisiones privadas, todo eso y mucho más es lo que me sigue poniendo los pelos de punta del Gobierno liderado por José Luís Rodríguez Zapatero. Ni más ni menos.

Aunque si no fuera por lo dramática de la situación, deberíamos agradecerles la facilidad con la que nos entregan titulares de lo más juguetones y donde dentro de muy poco, expresiones tan nuestras aunque no demasiado exquisitas, perderán incluso todo su sentido.

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