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Cataluña

Cosas de casa

No saben cómo ha encarado el otoño Paco el quiosquero. Lo percibo alterado. Verán, cuando un catalán circula por Madrid, es muy fácil que en cualquier conversación se le interpele y se le pida la opinión al respecto de cualquier tema que tenga que ver de una manera u otra con nuestra tierra.

Da lo mismo que se trate del último partido del F.C Barcelona –admitamos que pocos son los que comentan algo sobre el Espanyol–, de la libre elección lingüística, de la celebración de la Diada, de la última representación del Tricicle, del Estatut, de la temporada de setas o calçots o de alguna iniciativa, a cual más absurda y surrealista, del conseller d'Interior. Sea lo que sea, nos vemos siempre inmersos en una especie de deber de tener que estar informados al detalle, para empezar y de realizar una valoración lo más coherente y atinada posible, para continuar.

O por lo menos, esa es la sensación que muchos tenemos. Y no es que me importe, al contrario, bien es cierto que me interesa mucho lo que acontece en mi "casa", pero el principal inconveniente con el que me encuentro en los últimos tiempos es que no doy abasto. Por no hablar de los sofocos permanentes.

Cuando Paco ve que me acerco, saca su lista de temas del día y organiza su peculiar gabinete de crisis. Es tremendo el tipo. Así que no se les escapará a ninguno de ustedes la acumulación de asuntos pendientes al día de hoy.

En apenas una semana, sin ir más lejos, hemos tenido que desayunar con la epístola auto-inculpatoria que ha enviado Fèlix Millet al juez donde confiesa haber desviado para su beneficio personal más de tres millones de euros. El poseedor de la Creu de Sant Jordi, personaje más que relevante de la sociedad civil catalana, descendiente de una familia claramente ubicada en los engranajes de la burguesía tradicional y conservadora barcelonesa, presidente del Palau de la Música –una de las instituciones más emblemáticas y respetadas de nuestra ciudad– y en definitiva, Uno de los nuestros, según reza el título del magnífico artículo que Francesc de Carreras firma en La Vanguardia, ha hecho saber que durante años ha estado realizando exóticos y costosos viajes arreu del món y ha sufragado los costes de obras y reformas en inmuebles propiedad de su familia por importes francamente bochornosos.

Más desayunos. Tras una auditoría interna para determinar el número de informes pagados con nuestros impuestos que tenían justificación o no –el hecho en sí ya tiene cara de sospechoso–, la Generalitat admite sin pestañear que sí, que en torno a un 16% de los estudios encargados eran de poca o nula utilidad.

¿Y para llegar a esta conclusión necesitan una auditoría? Vamos a ver. El Govern desembolsa más de setecientos mil euros del ala en abonar publicaciones en las que se analizan los artículos de periodistas sobre el tripartito, a elaborar un decálogo de argumentos para fomentar juguetes no sexistas a casi doce mil euros el informito de marras o al seguimiento de la almeja brillante y ¿todavía necesitan a alguien que les diga lo que es evidente? ¿Necesitan una auditoría para saber que tienen un rostro indecente y que sus modos son, una vez más, de macarrilla de fiesta del champagne?

Por cierto, la almeja brillante no se encontraba entre la cincuentena de los no procedentes. Sin comentarios.

¿Y qué es lo que tiene que decir el Ejecutivo catalán? Pues nada, que vale y que nadie espere ninguna dimisión.

El tercer y estimulante desayuno nos lo ofrece Joan Laporta por partida doble. Empieza la semanita susurrándole al oído del presidente de Cantabria en pleno encuentro con el Racing que "España está machacando a Cataluña" y finaliza con la noticia de que el Barça contrató una agencia de detectives para investigar a cuatro de los cinco vicepresidentes que formaban inicialmente la lista de posibles nombres para encabezar una lista continuista. Otro juego de espías de esos que están tan de tendencia, pero sin el encanto parisino ni con el estupendísimo Dominique de Villepin como uno de los protas de la peli. Espero me permitan esta pequeña frivolidad pero con semejante panorama se le ponen a una los pelos de punta.

Bueno, pues sigue sin pasar nada de nada. En definitiva, todo queda en la particular casa unifamiliar, pensarán algunos. Pánico me da cuando alguien baje al sótano.
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