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El baile de las ovejas

Verán. Recuerdo a un tipo al que le guardo cierto cariño con el que la comunicación era francamente dificultosa. No sé si el problema era suyo, mío, o de la fatal combinación de ambos, pero la cuestión es que cuando uno de los dos decía cualquier cosa, el otro entendía justamente lo contrario, convirtiendo así cada conversación en un auténtico jeroglífico dialéctico sólo descifrable por auténticos expertos en la materia.

Es un hecho consumado la escasa capacidad que, de manera tradicional, ha venido demostrando el Partido Popular a la hora de conectar con el votante en determinados ámbitos o a la hora de transmitir una idea o propuesta. Habitualmente, podríamos decir, le ha costado un triple esfuerzo exponer sus proyectos al electorado de forma clara y entendible.

No es el caso de los profesionales del PSOE, auténticos maestros en el arte de la venta directa, la publicidad agresiva y la movilización a ritmos insuperables.

Pero, en fin, cada uno es como es y cada cual obedece a su estilo inconfundible de hacer las cosas.

Barcelona ha sido el escenario escogido para celebrar la Convención Nacional de los populares. A nadie se le escapa los motivos de la elección. Ante el panorama que ahora se contempla en Cataluña y cara a las próximas elecciones autonómicas, donde el PP aspira a desempeñar un papel decisorio para darle un determinado color al Govern, los populares han desplegado todos sus encantos y han hecho saber a quien les haya querido escuchar que están dispuestos a todo.

Así que han saltado a la pista de baile, ligeritos de ropa y con sugerentes tacones para entregarse no sabemos si en cuerpo y alma, o abandonarse a la suerte del primero.

No me negarán que los populares están resultando algo facilones a la vista de los futuros, con lo que el interés desciende antes de despertarlo, algo que a estas alturas deberían saber, ya que ésta no es más que una regla básica de supervivencia en las relaciones humanas desde el Neolítico. O quizás se haya quedado desfasada, quién sabe.

Aunque hay algo que, bajo mi humilde punto de vista es infalible. Y consiste en gustarse a uno mismo antes que pretender gustar a los demás. Como también mantener una personalidad sólida, al margen de tendencias y sin olvidar nunca de dónde vienes y a dónde quieres ir. Y si, además, lo presentas con cierta gracia e ingenio, te abre alguna que otra interesante perspectiva.

De la misma manera que el despecho es un letal consejero, tampoco debe ser demasiado reconfortante la entrega ciega tras la ofensa y la humillación. Olvidemos notarios, dejemos atrás campañas oscuras y alianzas de todos contra uno. Esto han querido decir los populares antes de subirse a la tarima de la mítica sala Luz de Gas, donde tantas veces hemos danzado alegremente.

Desde luego, dejar en el olvido a quien te mentó y protegió, tampoco dice mucho a favor de quienes antes le arropaban y ahora lo castigan con su indiferencia, que, por cierto, siguen siendo los mismos que se rasgaban las vestiduras cuando alguien osaba criticar una determinada actuación de su entonces líder natural. Dice, más bien, bastante poco.

Las ovejas de Job, algunas de las cuales éste sacrificaba para pedir perdón por los pecados de sus hijos, han decidido darlo todo en busca de su pareja de baile, con la que quizás no sean compatibles en la coordinación de movimientos, pero con la que, sin duda, lograrán alcanzar su minuto de gloria. Y tanto da si se trata de un cha cha cha, un tango o un hip-hop. Suerte que la sardana no presenta demasiadas complicaciones. Sólo tienes que aprender a contar. Y sobre todo, a sumar.

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