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Paco el quiosquero

El hombre que sabía demasiado

Hoy tengo uno de esos días en los que te sientes algo así como insignificante. Saben a lo que me refiero, ¿no? Uno de esos días en los ni siquiera te reconoce el sensor de movimiento de tu rellano y acabas por bajar a la calle rodando por no tener las piernas de la Bundchen y claro, el "tío" ni se entera y no te ilumina.

Una mañana de esas en las que sales abrumada por la cantidad de anuncios publicitarios que tienes que escuchar a primerísimas y casi mortales tempranas horas y que no logras entender, como el del barrilete cósmico o taladradores como el de la niña que simula Annie y canta Tomorrow a grito pelado. Pues sí, una de esas.

Afortunadamente siempre me quedará el que se va perfilando como el indispensable e indiscutible jefe de prensa, "mi" particular asesor matinal. Paco el quiosquero es un auténtico crack. No se pueden hacer una idea de la aplastante lógica con la que elabora un par o tres de titulares nada más verme aparecer. A más de algún cargo público le gustaría contar con su visión de la realidad y la capacidad de síntesis de la que hace gala.

Voy a verle cada mañana para adquirir –no diré cuál o cuáles– periódicos. Pero hay uno, catalán y centenario, que voluntariamente me suele custodiar con mucho mimo, por aquello de que en mi zona al parecer rondan unos cuantos paisanos y los escasos ejemplares que llegan desaparecen en un plis plas. A éste en cuestión sólo le falta colocarme los post-it en los lugares adecuados, porque hasta llega a reseñarme los artículos que merecen la pena o no leer. Impresionante.

Paco el quiosquero me cuenta cómo una sociedad que presume de solidaria y tolerante como la nuestra, no "tolera" que aparezcan símbolos religiosos en las aulas de una escuela pública, es decir, los crucifijos de toda la vida.

Se pregunta también algo asombrado por qué en todos los informativos se resalta como principal noticia que en zonas rurales oscenses o riojanas esté nevando a finales del mes de noviembre como si de algo exótico se tratara, al tiempo que no comprende la desaparición de El Caso en una época en la que el suceso cotiza al alza.

De vez en cuando bromea con alguna noticia surrealista –no me extraña lo más mínimo– de las que últimamente se suceden en mi tierra, pero siempre desde el más profundo respeto y con una indisimulada admiración hacia ciertos rasgos que siempre han caracterizado a la sociedad catalana, aunque algunos de aquéllos parezcan estar ahora pasando por una etapa de cierta dejadez.

Paco anda algo confuso con la repentina conversión hacia un hipotético liberalismo de nuestro presidente de Gobierno. Todavía no se explica este abrazo al no intervencionismo, aunque se pregunta hasta cuándo le durará el ciclo.

Pero con lo que realmente se ha sentido aliviado y donde ha depositado grandes esperanzas es en la propuesta que Artur Mas ha elaborado sobre el change y su puesta en escena obamiana pero con la gaudiniana Pedrera como inconfundible escenario. Aquí sí que ha respirado a gusto el muchacho.

Y una servidora, de camino al trabajo ha ido confeccionando mentalmente una lista de empresas a las que –si algún día llega a nuestro querido país el sistema de listas abiertas– pedirá ayuda para patrocinar la campaña electoral de Paco, no por saber demasiado –le tomo prestado al amigo Hitchcock el título– sino, simplemente, por poner en práctica algo tan en desuso hoy y que lleva por nombre sentido común. Tan sólo por eso.