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Que la música no pare

Hemos dejado de creer en muchas cosas que, de manera tradicional, mejor o peor, nos mantenían alertas.

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No nos engañemos. El ánimo de buena parte de la sociedad española es como si un tsunami apocalíptico estuviera a punto de engullirnos.

Los agoreros y pesimistas clásicos andan chapoteando en los charcos de la más profunda depresión ante lo que se pueda avecinar.

El avance inmisericorde del podemismo, la resaca marina de la no pero sí consulta o los casos de corrupción que van apareciendo al mismo ritmo y variedad que las setas en este espléndido otoño, no hacen más que alimentar un espíritu de incertidumbre y expectación inquieta por lo que ya algunos han calificado como resquebrajamiento del sistema.

Nos encontramos ante un reset social e institucional francamente delicado, donde las reglas y comportamientos del juego están todavía bastante difuminadas, con lo que añade una dosis de complicación a la cuestión.

Y ante el canibalismo rupturista, no nos queda más remedio que rearmarnos. Rearmarnos ideológicamente. Rearmarnos racionalmente. Y rearmarnos individualmente.

Ha llegado la hora de organizarse de abajo a arriba y de arriba a abajo. Agarremos la cartera de comercial y llamemos a cada una de las puertas. Así de simple. Y así de complicado.

Los que somos incomprensible e insensatamente optimistas, no estamos atravesando por nuestro mejor momento, desde luego. Yo misma, como catalana que ama profundamente a España, vivo una época en la que siento dolor físico por no hallar una salida realmente convincente a la situación política y social que tenemos planteada. Así. Sin más. Porque hoy, les confieso, no la veo.

No logro visualizar cómo frenar el progresivo desafecto de una parte de la sociedad catalana hacia el resto de España. Aún a pesar de que una servidora sigue pensando que de celebrarse hoy un referéndum, el porcentaje de personas que votaríamos en contra de una supuesta secesión, sería todavía superior. Con una diferencia claramente menor que hace unos años, pero todavía superior.

Un querido amigo me decía ayer, "esto se hunde, Miquel". Y sí. Quizás sí. Porque las líneas que separan el Bien del Mal ya no están tan nítidas como antes. Porque las varas de medir son cada vez más abismalmente diferentes. Y porque el ciudadano medio ha dejado de creer. Que es, sin duda, lo peor que le puede pasar a una sociedad.

Hemos dejado de creer en muchas cosas que, de manera tradicional, mejor o peor, nos mantenían alertas. Pero no podemos de dejar de creer en nosotros mismos y en nuestro potencial para arrimar el hombro, porque entonces, el aliento del más burdo populismo impregna cada uno de los rincones del territorio.

Lo que les quiero decir, queridos amigos, no sé si de manera muy afortunada, es que sigamos tocando hasta el último momento. Aunque desafinemos y cada instrumento mire a uno y a otro lado sin armonía ni coordinación. Porque todo, créanme, se acabará poniendo en su sitio y acabará encontrando acomodo.

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