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Escándalos sexuales

¿Será culpa de la crisis?

Eva Miquel Subías

&quote&quoteEl destino juega a veces en tu favor y al descubrirse el affaire entre John Major y la ex viceministra –ambos del Partido Conservador– Edwina Currie, se tornó para el ex primer ministro en algo positivo y la opinión pública lo consideró un hecho natural.

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"Qué potra saber que siempre me seré fiel", confiesa Ismael Serrano en un ocurrente canto al onanismo en su Canción de amor propio. Menores riesgos, ausencia de conflictos, nada de remordimientos. Menos fomentador de las relaciones sociales pero desde luego, mucho más seguro. Eso habrán pensado algunos en el Parlamento del Reino Unido que ya han acusado los peligrosísimos efectos de la primavera haciéndonos recordar los tiempos en los que John Major debía hacer frente casi semanal y públicamente a los escándalos sexuales de sus colegas de Ejecutivo británico.

En esta ocasión le ha llegado el turno al diputado laborista Nigel Griffiths que decidió retozar con una muchacha morena en su despacho de Westminster mientras se autofotografiaban rodeados de carpetas "confidenciales". Las fotos que ha publicado News of the World son más que evidentes y así, el diputado escocés, tras espetar indignado que se trataba de un montaje y de algo totalmente ultrajante, va a tener probablemente que rendir cuentas ante el Parlamento británico por haberse saltado a la torera el artículo en el que se establece que "los miembros de la Cámara se deben comportar en todo momento de manera que mantengan y fortalezcan la confianza del público en la integridad del Parlamento". Nada especifica sobre medias y ligueros, pero mucho me temo que se sobreentiende.

Será ante la Sra. Griffiths que rendirá o no las oportunas cuentas, pero sólo tras bien entrada la medianoche, que es cuando el entusiasta parlamentario abandona el confortable sofá de sus aposentos pagado por todos sus british paisanos para seguir con sus privados asuntos en un apartamento.

Vayámonos ahora al Ministerio de Interior. El marido de la ministra, Richard Timney, que recibe de su esposa una asignación de cuarenta y tres mil euros anuales en concepto de ayudante parlamentario, adquirió a cuenta del erario público un par de películas pornográficas, no sabemos si con el toque español de nuestro internacional Nacho Vidal. Con lo que Jacqui Smith ha tenido que salir al paso lamentando lo ocurrido y aclarando que al contratar su conexión a internet, pagó por error un paquete de televisión de pago.

Paquete es lo que imagino le habrá caído al aburrido marido, como si su esposa no tuviera ya suficiente con la que está cayendo en su Departamento. Al parecer y tras su comparecencia pública pidiendo disculpas por lo sucedido, el cachondeíto en la City era más que notable.

Cierto es que la combinación de político anglosajón y comportamiento sexual vende más en la prensa americana y británica que en nuestro país la boda de Lolita, con la Faraona rogando a España entera: "¡Irse, por Dios, si me quieren, irse!".

Todavía recuerdo el pasado verano el rostro descompuesto de Silda Spitzer, sufrida mujer del gobernador de Nueva York, que tuvo –como tantas otras– que salir a dar la cara ante todo el mundo y hacer público su perdón a Eliot Spitzer, tras haber admitido que era cliente asiduo de una red de prostitución de lujo.

Veamos. ¿Acaso es necesario todo este paripé con la buena dosis de humillación que supone para el cónyuge? No olviden que hasta Hillary Clinton ha pasado por esto. Por no hablar del gobernador de Nueva Jersey, que destapó su homosexualidad con su señora sonriente a su lado y los micrófonos y cámaras de los Estados Unidos como testigos excepcionales.

Pues qué quieren que les diga. Bastante complicada es ya la vida y las relaciones humanas.

Sin embargo, el destino juega a veces en tu favor y al descubrirse el affaire entre John Major y la ex viceministra –ambos del Partido Conservador– Edwina Currie, se tornó para el ex primer ministro en algo positivo y la opinión pública lo consideró un hecho natural, al tiempo que pensaba que humanizaba en cierta manera la figura seria, gris y algo sosa del sucesor de Margaret Thatcher. Ya ven, no hay mal que por bien no venga.

Hay reacciones francamente curiosas. Este problema no lo tenemos aquí. O no lo tienen, vamos. Nuestros representantes políticos pueden estar tranquilos porque lo que a los españoles les preocupa es simplemente que tengan claro lo que pertenece al ámbito público y lo que pertenece al ámbito privado. Tan sencillo como eso. Y que coloquen debidamente las facturas en una columna o en otra. Y sobre todo, que los festejos –de la índole que sea– se los costeen de su bolsillo, que está la cosa muy achuchada. No piden más.

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