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DESDE JERUSALÉN

"Ah" y la cartografía persa

Gustavo D. Perednik

No queda claro de qué mapas se propone Mahmud Ahmadineyad borrar a Israel, ya que rige una de casi treinta dictaduras que perseveran, y resulta que en la cartografía de éstas Israel nunca aparece. Ningún otro país despierta tal hostilidad que sus enemigos se proponen no trocar su política, sino llanamente “borrarlo”.

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Es de vieja data la receta de destruir a los judíos para consumar el triunfo de la propia causa, y se divulga aun en países como Irán, al que no afecta ningún conflicto real con el Estado hebreo, que viene absorbiendo el odio milenario que azotó al pueblo judío.
 
Varios gobiernos –incluidos los de España, Francia e Inglaterra– exigieron al presidente iraní que aclarara si en efecto incitó al genocidio. Entre los demandantes no faltó Rusia, que curiosamente colabora con el programa nuclear iraní. Cuando el impávido Ahmadineyad ratificó su intimidación le respondieron enérgicamente "ah", satisfechos porque la monosilábica interjección no dejó margen para las vacilaciones.
 
La tensión creció aún más cuando el Consejo de Seguridad de la ONU condenó la amenaza del régimen de los ayatolás (28-10-05), ya que ahora fue éste quien respondió "ah", poniendo punto final al malentendido.
 
No es la primera vez que un líder mundial anuncia su intención de destruirnos. El lema del nazismo "Juda Verrecke!" (¡Judea, perece!) fue remedado entre otros por Nasser, Gadafi, Sadam, Jomeini y Arafat, pero ante sus ilustradas diatribas la mayor parte de los oídos optaron por la sordera.
 
José Saramago.Apenas tres años después del Holocausto, Azam Pashá –entonces secretario general de la Liga Árabe– anunciaba al mundo que el exterminio de Israel reiteraría las matanzas de los mogoles siete siglos antes, ofensa por la que fue sancionado con un "ah" como el que se le había espetado inicialmente a Hitler cuando proclamó metas análogas a escala mundial. La interjección no dejó lugar a malas interpretaciones y seis millones de judíos fueron asesinados en consecuencia, cifra que simbólicamente coincide con la población judía del Israel actual.
 
La cruzada civilizadora para acabar con nosotros es sostenida también por políticos menores como Gaspar Llamazares, premiados escritores como José Saramago y varios centenares de exterminadores potenciales que en Berlín vivaron (29-10-05) las nobles intenciones de Ahmadineyad.
 
Es una síntesis bélica de Oriente Medio, formada por dos síndromes sucesivos: los intentos de los regímenes árabes de borrar a Israel del mapa y las condenas por parte del resto del mundo contra nuestra ocupación (nos ocupamos de defendernos y no de exclamar "ah").
 
El monosílabo de los gobiernos europeos frente a Irán sonaría más convincente si por lo menos permitieran que Interpol detuviera a los diplomáticos iraníes implicados en los atentados judeofóbicos en Buenos Aires (17-3-92 y 18-7-94) –los peores ataques terroristas de posguerra hasta el 11-S, que cobraron más de cien vidas–. Pero no: los ayatolás gozan de cierta impunidad y de los "ah" europeos, y la comunidad judeoargentina sobrelleva su doloroso reclamo de que se haga justicia.
 
Hemos escrito que, debido a la actitud histórica para con los israelitas que ha caracterizado a Europa, cabe albergar la esperanza de que ésta rompa relaciones con todo Gobierno que proclame su intención de destruir el Estado hebreo.
Pero este íntimo anhelo frustrado no debería eclipsar los logros del "ah", que por primera vez se endosa a un régimen por amenazar a Israel, país que hasta ahora venía siendo presentado en los medios (salvo éste) como la verdadera amenaza.
 
Asimismo, es motivo de celebración que incluso el presidente de la Autoridad Palestina haya condenado las declaraciones de Ahmadineyad, y que el ministro francés del Interior, Nicolás Sarkozy, incluyera en su repudio (29-10-05) palabras de amistad poco usuales en Francia durante las últimas décadas: "Israel no está sola. En nosotros tienen ustedes un gran amigo".
 
En suma, por primera vez se pone a los regímenes judeofóbicos en el banquillo de los acusados, como el sirio, que comienza a desmoronarse.
 
La esencial diferencia
 
El primer declive de la casta de los Asad fue su repliegue del Líbano después de una brutal ocupación de treinta años. Ésta había pasado inadvertida por la izquierda y por los medios, para quienes la única ocupación del planeta siempre fue la referida a Israel, país que con todos sus territorios cabe apenas quinientas veces en los de los árabes, pletóricos de reservas petroleras, que contrastan con la mayor parte del desértico terruño israelí.
 
Su segundo declive será la retirada final de la tiranía alauita de Damasco, que clausurará una sanguinaria ocupación de tres décadas y media e inaugurará la democratización de Siria al estilo de Irak, y el establecimiento de paz con el Estado judío (entre democracias nunca hay guerras).
 
Madeleine Albright, secretaria de Estado con Bill Clinton.Pero hay una diferencia fundamental entre el resto de las bravuconerías contra Israel y las de los ayatolás de hoy, y es que Irán está por fabricar bombas atómicas. Este criterio es el Rubicón que separa inequívocamente la paciencia israelí ante los diversos ah de nuestra imperiosa necesidad de protegernos.
 
Cabe un ejemplo paralelo: de los dos regímenes comunistas que sobreviven, Cuba no es mucho menos liberticida que Corea del Norte. Las dos están secuestradas por autocracias que sumen a sus pueblos en el estancamiento y la bochornosa desigualdad. Pero hay una gran diferencia: sólo la última cuenta con un arsenal atómico que llevó a Madeleine Albright a definirla como "el mayor peligro del mundo".
 
El caso de Irán podría transformarse en más grave aún, ya que amenaza explícitamente con destruir a otro país. Los ayatolás han establecido sus sabias prioridades: no invertirán las inagotables riquezas de oro negro en educación científica, en rescatar a su pueblo del rezago, en establecer un óptimo sistema de salud, en combatir la pobreza en África, en ayudar a los palestinos, ni en cimentar una sociedad pujante y ejemplarmente respetuosa de los derechos humanos. Su urgente meta es destruir al país judío, que tiene un territorio sesenta veces menor que el de Irán y una población diez veces más pequeña.
 
Medítese por un momento en cómo reaccionaría cualquier nación del globo si un poderoso régimen que pregona borrarla del mapa avanzara hacia la obtención de un arsenal atómico. Así se entenderá que a Israel no le queden muchas alternativas más que una parecida a la que puso punto final a las ambiciones atómicas de Sadam, cuando se destruyó en Osirak (7-6-81) el reactor nuclear que Francia le venía construyendo (uno de los pilotos de la audaz operación fue Ilán Ramón, quien en 2003 se transformó en el primer astronauta israelí).
 
El tirano iraquí quedó entonces despojado de una bomba que iba a ser muy útil a su pueblo, y como era de suponerse Israel no cosechó por ello la gratitud de la comunidad internacional sino su unánime condena.
 
Del mismo modo, contra el régimen de los ayatolás no hay declaraciones ni censuras suficientes. Aun cuando los judíos debamos recibir una vez más las hipócritas reprimendas del mundo, nuestra humilde prioridad debería ser desafiar la cartografía persa y permanecer en el mapa. Y cuando actuemos, si Moratinos nos advirtiera de que deberíamos haber aguardado unos momentos más hasta que "la alianza de las civilizaciones estuviera activa", podríamos replicar a su profundidad, un poco fastidiados: "Ah".
 
 
Gustavo D. Perednik es autor, entre otras obras, de La Judeofobia (Flor del Viento), España descarrilada (Inédita Ediciones) y Grandes pensadores judíos (Universidad ORT de Uruguay).

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