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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

¿Antiamericanos? Cada vez menos

El antiamericanismo es uno de los síntomas de la patología senil de Europa. Los europeos son incapaces de desprenderse de una vez de los fantasmas del siglo XX, fantasmas que crearon ellos mismos y de los que les rescataron los norteamericanos. Así que siguen proyectando sobre sus aliados trasatlánticos fantasías directamente nacidas de su historia y que se aplican mucho mejor a lo que ellos mismos han hecho durante años que a los norteamericanos.

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Desde este punto de vista, fetiches progresistas como Guantánamo o Abú Ghraib resultan pantallas, no muy consistentes, para disimular las atrocidades que los europeos han cometido desde 1917. Otro tanto ocurre con la broma pesada de la justicia europea erigida en conciencia universal, ahora con las detenciones a causa de los famosos vuelos de la CIA.
 
A eso se añade lo que se ha llamado el síndrome De Gaulle, del que los españoles fueron pioneros, con la Guerra de Cuba: la conciencia de que los norteamericanos eran aplastantemente superiores en el terreno militar; es decir, que las antiguas potencias imperiales europeas tenían que ceder el puesto a un nuevo protagonista.
 
Pues bien, a pesar de todo esto, que está en el trasfondo del antiamericanismo de izquierdas y de derechas, a pesar de las campañas sistemáticas de unos medios de comunicación ignorantes de la realidad norteamericana y a pesar, incluso, de la impopularidad general de Estados Unidos (en Francia, Bush disfruta del mismo grado de popularidad que Ahmadineyad), en los últimos tiempos se está recomponiendo un panorama distinto, al menos en el liderazgo europeo.
 
El síntoma más claro de que algo empezaba a cambiar fue la llegada de Angela Merkel a la jefatura del Gobierno alemán. Angela Merkel no está de acuerdo –faltaría más– con Guantánamo, pero su posición con respecto a Estados Unidos es muy distinta de la de su antecesor. De hecho, mantiene una relación fluida con Bush, que la respeta como, obviamente, no respetaba a Schroeder.
 
Le Pen.La sustitución de Berlusconi por Prodi parece contradecir la hipótesis que vengo manteniendo, pero en rigor no es así. Prodi es demasiado prudente para embarcar a su país en una política antiamericana. Puede hacer gestos, como la retirada de las tropas italianas de Irak, pero no irá más allá.
 
En Francia el relevo que se prepara resulta aún más significativo. De los candidatos relevantes, el único antiamericano de verdad es Le Pen. En este punto, como en muchos otros, Le Pen puede ir del brazo del movimiento antiliberal y antiglobalización, tan propiamente francés, que a Rodríguez Zapatero y a su camarilla de ideólogos les gustaría importar a nuestro país.
 
Los otros dos mantienen posiciones considerablemente más templadas. Como ha apuntado Mattew Kaminski en el Wall Street Journal, Ségolène Royal se aleja, casi por naturaleza, de las vacas sagradas del socialismo à la gaulliste, es decir, del sentimiento de grandeur ultrajado por la superioridad norteamericana. Es más práctica, algunos dirán más inútil, que eso. Pero algo es algo. Sarkozy, por su parte, no deja de condenar el "error" de la intervención de Irak (lo que debería hacer es condenar el "error" de la no intervención europea: pero eso forma parte de los fantasmas de un pasado todavía no superado). Ahora bien, propone una entente con Washington que Chirac ni siquiera concibe, y en su actitud de apertura e integración, en su apelación al esfuerzo personal y a la responsabilidad individual hay un rescate de los valores que una vez compartieron Europa y Estados Unidos.
 
Siendo tan francés, hay algo un poco norteamericano en la forma en que Sarkozy se enfrenta a los problemas, incluso en la forma en que se dirige a sus compatriotas.
 
Así que es muy probable que España, en este asunto, vuelva a quedarse completamente aislada del resto de Europa. Los medios de comunicación seguirán divulgando al pie de la letra el catecismo progresista, pero la realidad no será, o no es ya, la misma. Las elites europeas, las que cuentan con el respaldo democrático, empiezan a dejar atrás el antiamericanismo. Incluidas las de la "vieja Europa".
 
La anomalía responde a otra cuestión, de orden lingüístico. En su artículo, Kaminski apunta que en el vocabulario francés la partícula anti sólo se declina con un nombre de nación: "antiamericanismo". Pero eso es común a todas las lenguas. En ninguna otra, en cambio (excepto la española, precisamente), la partícula se conjuga con el nombre de la nación española, como en "antiespañolismo". Curioso y significativo.
 
 
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