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¿Apunta Costa Rica hacia la Unión Europea?

Costa Rica es el único país de la zona que no ha ratificado el Tratado de Libre Comercio entre la República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos (DR-CAFTA). ¿Por qué? Porque, además de la fuerte oposición de los sindicatos, del sector público (especialmente, las telecomunicaciones y los seguros) y del principal partido opositor, las universidades públicas y otros sectores de gran influencia reclaman mayor protección para los productores agrícolas: lecheros, arroceros, azucareros, ganaderos y avicultores.

A pesar de que está a favor de la aprobación del tratado, el actual ministro de Comercio Exterior, Marco Vinicio Ruiz, un recalcitrante mercantilista, pujó fuertemente durante las negociaciones por que se establecieran extensísimos plazos de desgravación arancelaria, so pretexto de proteger a los productores nacionales, él incluido.
 
Ahora pretenden llevar esa tesitura a Europa. Hace algunas semanas el nuevo Gobierno informó, con bombo y platillo, del lanzamiento de negociaciones comerciales entre América Central y la Unión Europea. Cuando le preguntaron sobre el tema en una entrevista, el ministro Ruiz enfatizó: "Hemos insistido en que éste acuerdo tiene que beneficiar a los pequeños y medianos empresarios". Pero en otras partes de la entrevista adoptó posiciones absolutamente contrarias al beneficio de la gran mayoría de los empresarios pequeños y medianos, exhibiendo su mercantilismo y su supina ignorancia en cuanto a cómo se materializan esos beneficios.
 
Examinemos el error conceptual tras la posición del Gobierno de Costa Rica. Todos los seres humanos consumimos bienes y servicios para nuestra subsistencia y bienestar. Tenemos necesidades de consumo. Para resolverlas hemos sido dotados de recursos (inteligencia, habilidades, medios naturales). Con estos recursos podemos resolverlas mediante la autosuficiencia –cada persona produce, aisladamente, todo lo que necesita para vivir– o mediante la cooperación con otros.
 
El hombre trató de ser autosuficiente hasta que descubrió el maravilloso principio de especialización e intercambio, bajo el cual dos o más individuos resuelven mejor sus necesidades de consumo si en vez de producir todo lo que desean consumir cada uno dedica sus recursos a los bienes y servicios que produce mejor y luego los intercambia por aquellos que otros producen con mayor facilidad.
 
La aplicación generalizada de este principio da vida al sistema de especialización e intercambio, una intrincada red de interrelaciones e interdependencias en la cual cada individuo produce un bien (o unos pocos) y obtiene, para su consumo, todos los demás. Vemos, pues, que todos los que participan en el sistema son productores (empresarios, cuyo tamaño es irrelevante) y consumidores a la vez; pero su rol de consumidor es el preeminente.
 
Con la especialización y el intercambio se puede crear más riqueza con una cantidad dada de recursos, mediante mejores soluciones a las necesidades de consumo. El productor se enriquece cada vez que encuentra una mejor solución para alguna de sus necesidades de consumo. El trabajador bananero, por ejemplo, es un productor y exportador de banano que realiza estas actividades con el único fin de obtener la mejor solución posible para sus necesidades de consumo de leche, queso, carne, pollo, azúcar, papa, zapatos, camisas, etc. Si un despistado utiliza la política comercial para "proteger" o "beneficiar" al productor de, digamos, azúcar, perjudica a todos los demás productores, por cuanto excluye de su menú de opciones, la mejor solución para su necesidad de consumo de azúcar. Esta exclusión genera pobreza.
 
Hoy, la mejor solución para una determinada necesidad de consumo de un centroamericano puede estar en Argentina, Suráfrica, China, Idaho o Alemania. Si en base a argumentos estúpidos, infantiles y corruptos se le impide el acceso a esa opción, limitándolo a "soluciones" centroamericanas, tanto él como la gran mayoría de la sociedad se empobrecerá.
 
Ignorando esta sencilla realidad, el ministro y su séquito irán a Europa a pedir que no vendan barato los alimentos que sus compatriotas pobres consumen; que los encarezcan. Y entonces todo el mundo aplaudirá.
 
Un alto funcionario de un Gobierno del Primer Mundo me contó que una vez llegó a su oficina un representante del Gobierno de un país muy pobre a pedirle que elevara los precios de los bienes básicos que consumían sus coterráneos. Luego de señalarle, con indignación, que su solicitud era inmoral, asquerosa, criminal e inhumana, lo sacó a empellones de su oficina.
 
 
© AIPE
 
Rigoberto Stewart, director del Instituto para la Libertad y el Análisis de Políticas Públicas (Costa Rica).

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