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Bienvenido sea el silencio

Soledad Gallego-Díaz reprocha a los intelectuales (El País, 1/6) que guarden silencio y que dejen en manos de los técnicos la tarea de buscar soluciones a la crisis económica que padece Europa. Este silencio, afirma, implica una deserción, porque ellos son quienes deberían aportar los ingredientes políticos y morales al debate, que no ha de ser exclusivamente económico.  

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Por supuesto, sería interesante conocer las opiniones de los intelectuales, porque cualquier tentativa de silenciarlas debería ser interpretada como una forma arbitraria de censura. Y son muchos, quizá demasiados, los que las vierten, acerca de todo lo humano y lo divino, por ejemplo en las páginas del mismo diario donde escribe la autora del reproche, sin que el resultado sea muy esclarecedor. A veces, sólo contribuyen a aumentar la confusión.

También es cierto, sin embargo, que últimamente se suceden situaciones ante las cuales los maîtres à penser se sienten desbordados, hasta el punto de que comprenden que lo más prudente es callar, para no caer en el ridículo. Sólo los más irresponsables se atreven a dictar cátedra sobre lo que ignoran, con el consiguiente papelón posterior. Es entonces cuando el crítico imparcial da la bienvenida al silencio.

Lucubraciones deleznables

¡Cuántos editorialistas, tertulianos, corresponsales extranjeros y columnistas de toda laya pagarían lo indecible por no haber escrito o pronunciado nunca las palabras "primavera árabe"! Estos observadores ávidos por brillar como expertos en un mundo que desconocían totalmente, hasta el punto de ignorar incluso sus idiomas, sus dialectos y sus divisiones étnicas, tribales y sectarias, fueron quienes elaboraron un esquema políticamente correcto y tentador para utopistas frustrados pero totalmente falso, frágil y efímero, sobre el que una élite intelectual tan engreída como despistada construyó deleznables lucubraciones teóricas.

La mayoría de estas lucubraciones descansaban sobre una sola palabra: moderado. Era imposible referirse al primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, sin catalogarlo como un "islamista moderado", calificativo que también se endosaba a su partido, el AKP. Poco importaba que un corresponsal veraz, Ricardo Ginés, recordara (La Vanguardia, 7/2/2011):

El modelo del islamismo moderado está más abierto a las influencias radicales de lo que parece a simple vista. El pasado de Erdogan, así como el del presidente Abdulah Gül, tiene sus raíces en el movimiento islamista radical Milli Görus o Visión Nacional (...) El grupo defiende una visión religiosa y nacionalista que enfatiza la fuerza moral y espiritual de la fe islámica. También explica la decadencia del mundo musulmán por su imitación de los valores judeocristianos de Occidente. Critica el secularismo y el uso inapropiado de la tecnología occidental.

El imán del mundo

El régimen turco moderado tiene varios miles de opositores en la cárcel, y entre ellos estuvieron los dos periodistas más valientes y prestigiosos del país: Nedim Sener y Ahmet Sik. Este último, que fue liberado en marzo del 2012 por la presión internacional, denunció la infiltración de la cofradía fundamentalista que lidera el todopoderoso Fetulah Gülen, "el imán del mundo", como lo llaman sus prosélitos, en las fuerzas de seguridad del Estado. Escribe Ginés (LV, 13/6/2011):

Muchos turcos, y en especial los laicos, sostienen que esta cofradía es el verdadero poder detrás del partido AKP en el Gobierno. Gülen es un erudito del Islam que vive en Estados Unidos desde hace más de diez años. No es una teoría que esta secta intenta infiltrarse en los principales centros de poder en Turquía, sino una exigencia que Gülen repite a sus fieles y que se ha hecho pública varias veces. La infiltración se efectuaría –según una versión extendida en los medios locales– tanto en la judicatura y cargos públicos como en el ejército, pero sobre todo en la policía.

Tras dar la noticia de que el Gobierno turco construirá la mezquita más grande del país en el mismo lugar donde hoy se encuentra el estadio Atatürk, que lleva el nombre del fundador de la Turquía laica y moderna, Ginés escribe (LV, 9/6/2012):

El partido en el Gobierno, el de la Justicia y el Desarrollo (AKP), en el poder desde el 2002 y liderado por el carismático Erdogan, se ha soltado definitivamente la melena. Su presunta agenda oculta –islamizar el país– no es tal, pues es cada vez más pública y visible. Sobre todo desde que el AKP ganó las últimas elecciones en junio del 2011, con casi la mitad de los votos.

La última novedad consiste en que Erdogan, moderado socio del eclipsado Rodríguez Zapatero en la Alianza de Civilizaciones (¿aún figura en el presupuesto?), arremetió contra el aborto, calificándolo de "asesinato", y contra los partos por cesárea.

Trampa desenmascarada

Bienvenido sería el silencio si recayera sobre la palabra moderado cada vez que no correspondiera aplicarla. Tahar ben Jelloun desenmascara la trampa de la falsa moderación cuando denuncia (LV, 11/5/2012) que en Marruecos el ministro de Justicia y de las Libertades, Mustafa Ramid, ha estigmatizado el turismo "acusando a quienes acuden en concreto a Marrakech de elegir este destino por motivos sexuales". Sigue Jelloun:

[Ramid] Ha dicho que van "para pecar y alejarse de Dios" (...) Algunos ministros del nuevo gobierno han llegado a hablar de "arte sucio" y piden a los artistas que hagan "arte limpio" (...) Cabe añadir a todo ello la aparición de comités autoproclamados como tales para "limpiar" el país "del pecado y del mal". El Marruecos actual ha conseguido ahorrarse una revolución violenta, como ha sucedido en Túnez y en Egipto. Pero no ha logrado escapar de la ola islamista que se esparce crecientemente en el mundo árabe. La primavera árabe ha desembocado en una era islámica que ha llegado para quedarse durante al menos una generación o más.

El profesor Fawaz A. Gerges, de la London School of Economics, es uno de los que se esfuerzan por poner el acento en las tendencias moderadas. Sin embargo, tampoco puede ocultar (LV, 19/6/2012) que, en Egipto, el caso de Jairat el Shater

muestra que sectores influyentes de los Hermanos Musulmanes siguen atrapados en identidades y posturas políticas de signo maximalista. Su llamamiento a favor de la implantación de la ley islámica o charia y su connivencia con la vieja guardia suscitan interrogantes sobre el experimento.

La foto que muestra la famosa plaza Tahir ocupada por una compacta multitud de Hermanos Musulmanes postrados en actitud de rezar (LV, 20/6) confirma el auge de las corrientes regresivas, cuyo candidato, Mohammed Morsi, declaró que es hora de poner en práctica el eslogan de su fraternidad político-religiosa: "El islam es la solución".

Gatos escaldados

El caos que desangra Libia después de la infortunada intervención de las potencias occidentales justifica que estadistas, políticos y, cómo no, intelectuales huyan como gatos escaldados de las formas drásticas de resolver la crisis siria. El solo hecho de que la minoría cristiana y los grupos laicos sientan la necesidad de apoyar la permanencia en el poder de un déspota feroz como Hafez el Hasad demuestra hasta qué punto las alternativas son aun más terroríficas. Como lo son para los coptos egipcios y, nuevamente, los colectivos laicos los avances de los Hermanos Musulmanes.

Queda poco espacio para las recetas ideológicas de las élites intelectuales, que en circunstancias normales serían muy abundantes, aunque fueran, como demasiado a menudo lo fueron, contradictorias y estuvieran plagadas de errores. Por eso, hoy es bienvenido el silencio. No es posible aplicar los parámetros derivados de los valores de la Ilustración a lo que sucede en Argelia, en Somalia, en Sudán, en Nigeria o en Zimbabue. Tampoco a lo que ocurre en Rusia y las antiguas repúblicas soviéticas, o en las piezas del enigmático puzzle imperial chino, o en la bomba de relojería paquistaní. En realidad, para restablecer el orden racional en el mundo contemporáneo sería indispensable movilizar gigantescas legiones civilizadoras. Lo cual es evidentemente imposible. E indeseable.

Dos boludos alegres

Volviendo a la exhortación de Soledad Gallego-Díaz con la que inicié estas líneas, me permito repetir que las más recientes iniciativas de los portavoces del pensamiento progre tampoco son para tirar cohetes. A dos histriones de dicha corriente, los cantautores Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina, no se les ocurrió nada mejor y más creativo que ir a reírle las gracias a la megalómana Cristina Fernández de Kirchner cuando ésta confiscó YPF. No tenían zorra idea de los chanchullos que implicaba aquella operación, ni de sus repercusiones económicas en perjuicio de Argentina: lo importante para ellos era demostrar que eran más solidarios con el enclave tercermundista que con su país natal. Para decirlo en el argot autóctono, lo que sí demostraron fue que eran, y son, dos boludos alegres.

La deserción que, según Soledad Gallego-Díaz, practican los intelectuales al "dejar que la discusión sobre la construcción europea se produzca exclusivamente en el campo de los técnicos, sin atender al debate político y moral que implica también la economía", es más bien, insisto, un silencio bienvenido, puesto que tampoco es mucho lo que últimamente aportan, para el debate político y moral, la mayoría de quienes escriben en la prensa travestida de progre y en su competidor, el somatén mediático.

Pienso que a la sociedad debería inspirarle mucha más confianza, aunque con las debidas precauciones, un veterano ejecutivo de Lehman Brothers que un alucinado apologista del descuartizamiento de España y de su fragmentación en guetos identitarios y lingüísticos, o que un taimado introductor de la plataforma política de los asesinos etarras en el ámbito civilizado de la democracia parlamentaria. Bienvenido sea, pues, el silencio de los lenguaraces de la caverna involucionista si finalmente optan por callarse.

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