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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Chávez y las fronteras de las FARC

Ecuador (y Colombia, y Venezuela) es un Estado más pequeño que su territorio. Nadie puede decir que entre esos tres países haya fronteras controladas ni controlables. Así que los 1.800 metros que el Ejército colombiano se internó en Ecuador para cazar a Raúl Reyes, portavoz y número dos de las FARC (un Estado que se expande por los tres territorios), deben de ser bastante difíciles de medir a ojo de buen cubero.

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Por otra parte, las FARC, un Estado dentro de tres Estados (descarto, quizá con osadía, la posible presencia de organismos ligados a ella en Brasil, Perú y Panamá, que también tienen frontera con Colombia, aunque en el caso del Perú la situación es ambigua), se mueven con más soltura que el Ejército en una selva y unas montañas en las que habitan desde hace décadas. No es que sepan más que los militares: simplemente, ése es, desde hace medio siglo, su medio, en el que han nacido y se han criado varias generaciones de combatientes. ¿Qué otra cosa podían ser? Nadie se hace médico ni abogado en un campamento, aunque más de un médico y de un abogado se han sumado a esa forma de vida.
 
La muerte de Raúl Reyes, seguida de la de Iván Ríos, es un triunfo para la democracia en el mundo. Un fruto de la política de ese hombre sabio y tranquilo que es Álvaro Uribe para el mundo. Porque las FARC no son un fenómeno aislado: todos los terroristas del mundo compran en la misma tienda. En la misma semana en que cayó Reyes en la selva ecuatoriana fue detenido Víctor Bout, traficante de armas ruso y proveedor de la guerrilla colombiana, y se supo que Al Kasar, colega sirio del otro y protegido de Menem (el presidente argentino que jamás respondió por la venta ilegal de armas a Ecuador, ¿lo recuerdan?), ha estado intercambiando con las FARC misiles por cocaína, que todavía es más fácil de colocar en los colegios.
 
Naturalmente, Correa saltó de inmediato, obediente al dictador venezolano, al que nada le haría más ilusión que una guerra con Colombia, planteada, naturalmente, en los términos de una guerra contra el imperio. La indignación de Chávez por el ingreso de tropas colombianas en Ecuador se contradice con el perpetuo ir y venir de los hombres de las FARC de uno a otro lado de la frontera colombo-venezolana, y con las ayudas económicas que sin duda ha prestado a Tirofijo, el casi ochentón Marulanda Vélez (nacido en 1930) que dejó plantado a Andrés Pastrana, para que le vaya entregando rehenes con cuentagotas y le permita así representar su papel de padre humanitario de los pueblos. Al final, después de pedir consejo al otro más que ochentón líder guerrillero, Fidel Castro Ruz (nacido en 1926), todo quedó en nada.
 
Rafael Correa.Correa se desgañitó en la OEA pidiendo que "la comunidad internacional" condenase a Colombia por su "invasión" de Ecuador. Enseguida se le sumó el impresentable Kirchner, que se apunta hasta a un bombardeo si es de Chávez. Alan García dio muestras de esa impasibilidad que le ha permitido regresar al Gobierno del Perú con el traje como nuevo, recién salido de la tintorería. Chávez ladró un poco y después consultó al oráculo, que, vestido de comandante o disfrazado de no sé qué con chándal, sigue siendo un viejo zorro. "Pero socio", imagino que le habrá dicho, "¿tú aún te crees eso del montón de Vietnams en América latina? Eso ya es cosa de comemierdas, chico. La vida cambia". Por algo él se quitó al Che de encima, dejándolo ir a experimentar en Bolivia, y se atrincheró en su isla con el respaldo de los soviéticos para crear su falansterio.
 
Uribe se apresuró a rebajar la tensión y dio la mano con cordialidad al Gorila Rojo. "Yo soy un hombre sin ego", dijo para explicar que le importaba más Colombia que su propia persona.
 
Alguien terminaría diciendo que "la OEA, entonces, no sirve para nada". Pues claro que no sirve para nada. Desde que su sesión inaugural, en abril de 1948, en Bogotá, se vio interrumpida nada menos que por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, inicio de la época llamada "de la Violencia", todo fue un desastre. Tuvieron hasta que cambiar de sede sobre la marcha. Por si hubiera habido alguna posibilidad de que algo saliera bien, Perón, financiándolo a través de la embajada argentina en La Habana, había mandado a Fidel Castro Ruz, por entonces joven líder estudiantil, a organizar en Bogotá, a la vez que se reunía la OEA, el Congreso de Estudiantes Latinoamericanos, que serviría hasta hoy como modelo para todos los contraforos que se organizan en Seattle, en Génova o en cualquier otro sitio en que dirigentes de algo se reúnen para hablar de algo o tomar alguna decisión, con o sin el abrazo de Bono (el de U2, claro).
 
En todo caso, el problema, que se va a repetir en cualquier momento pero en suelo venezolano, no pasó de la OEA. Lamentablemente, porque hubiese sido otra ocasión para demostrar que tampoco la ONU sirve para nada, como no sea enviar observadores (¿de qué?) o tropas de interposición (¿entre quiénes?). Más aún (y no quiero dar malas ideas a nadie): si a Marulanda se le ocurriera reivindicar la condición estatal de las FARC, lo considerarían seriamente y, tal vez, le dieran entrada, como hicieron en su día con la OLP, que entró en la Asamblea General como Estado sin país.
 
Sin embargo, no todo parece pintar bien para las FARC. Pablo Montoya, ex militante del Frente Oriental, dijo en una entrevista para El Tiempo de Bogotá que, tras la muerte de Reyes y Ríos, "las FARC se han partido en dos: el fin de la guerrilla está cerca". Conviene recordar que Montoya fue quien asesinó a Ríos, en una cueva en la que se escondían, de un tiro en la cabeza: después le cortó una mano, para que pudiera ser identificada, y se la llevó al Ejército colombiano para que le pagaran la correspondiente recompensa, de alrededor de 2.600 dólares. Ése es el estado moral del grupo terrorista, del cual se han entregado últimamente unos cuantos.
 
La tesis de Montoya es que pronto su propia gente asesinará al Mono Jojoy, el comandante de facto de la organización en el terreno militar, dada la edad de Marulanda. Y ése será el fin.
 
 
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