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POLÍTICA EXTERIOR DE EEUU

Condulzura Rice

Se cuenta que, siendo los padres de Rice unos enamorados de la música clásica y de la ópera, quisieron inscribir a su recién nacida con un nombre de movimiento musical: Condolcessa, pero que el encargado o encargada del registro deletreó mal el nombre y escribió en su lugar Condoleezza, palabra carente de todo significado. Con todo, la nueva cara exterior de los Estados Unidos –la primera mujer de color que llega a tal puesto– tiende al look risueño y dulce. ¿Pero es en realidad la cara amable con la que sueñan los líderes europeos?

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Condoleezza Rice –Condi para los amigos– puede que se esfuerce en sonreír, pero es en términos personales y políticos de una firmeza que lleva a palidecer a la otra “dama de Hierro”, Maggy Thatcher. De Rice se han escrito unas pocas biografías que muestran lo complejo que tuvo que ser para ella crecer y educarse en un ambiente como el de Birmingham, Alabama, a finales de los 50 y primeros 60.
 
También se ha escrito de su papel en el reducido grupo de personas de las que se rodeó George W. Bush de cara a sus primeras presidenciales, en el año 2000. El grupo conocido como “los Vulcans”, y no porque se compararan con nada mitológico, sino en honor a la ciudad de nacimiento, precisamente, de Rice, una ciudad esencialmente metalúrgica en la que dominaba una estatua de Vulcano.
 
No obstante, lo que mejor que se puede hacer para intentar comprender qué política exterior –y con qué formas– va a realizar la nueva secretaria de Estado norteamericana es compararla con su antecesor, el general Colin Powell. Y lo primero que salta a la vista en seguida es la palabra “lealtad”. Condi nunca podría jugar el papel de disidente dentro del gabinete de Bush. Está demasiado implicada y próxima a las ideas mismas del presidente como para hacerlo. Sin embargo, Colin Powell nunca se cansó de subrayar su singularidad y su eterno intento de frenar a George W. Bush y volverlo un conservador realista y multilateralista como su padre.
 
Colin Powell, antecesor de Rice en el Departamento de Estado.Powell se jactaba de que los europeos despreciaban la diplomacia americana de Bush pero, paradójicamente, amaban a su máximo responsable, esto es, a él mismo. Precisamente por esa esquizofrenia, que dio constante pábulo a su siempre inminente renuncia, Powell se convirtió en la fuente de numerosas filtraciones sobre los desacuerdos en el seno de la Administración, sobre todo en lo relativo a Irak y el Oriente Medio.
 
Quien sabe en Washington afirma que los libros de Woodward, y en especial Plan de Ataque, están directamente inspirados por la narrativa del antiguo secretario de Estado. De Powell se cuenta que llegó a decirle a un alto responsable de la política exterior europea: “Por favor, no hagan tantos elogios sobre mi persona, que eso me debilita cada vez más dentro de mi Gobierno”.
 
De hecho, se recrimina a Colin Powell que haya sido el secretario de Estado menos viajado de la diplomacia americana. Y no debe de ser por falta de interés o por comodidad, siendo como es un hombre curtido en la dureza militar, sino a su necesaria presencia en Washington, requerida por las continuas batallas internas con el Pentágono y la propia Casa Blanca. Nada de eso es esperable de Condoleezza Rice, una persona tan cercana a George W. Bush que hasta se ha referido a él, en algún desliz, como “mi marido”.
 
Condi Rice es una mujer muy inteligente. Y lo primero que ha hecho tras su toma de posesión es coger un avión y matar dos pájaros de un tiro: se ha mostrado conciliadora visitando a algunos europeos, franceses y alemanes incluidos, sus principales disgustos –aunque no a España, a quien parece ignorar de momento–, pero les ha dicho, eso sí, con gran suavidad y dulzura, que los Estados Unidos no son los equivocados y que hay una gran agenda positiva y constructiva de futuro, siempre y cuando los europeos se adapten a ella.
 
Nadie podrá criticar a la nueva secretaria de Estado por dar la espalda a Europa, o por no esforzarse en el diálogo con sus oponentes. Pero tampoco nadie puede decir que ha venido hasta aquí para anunciar una postura revisionista de cuanto han hecho los americanos en los últimos cuatro años. Más bien al contrario. Su conferencia en París se puede resumir en una frase: guste a los europeos o no, no hay más futuro que la libertad y la democracia en el mundo.
 
Rice va a hacer lo que Bush le indique, porque ella misma ha realizado la misma travesía intelectual que George W. Bush. Ambos arrancaron su carrera presidencial convencidos de que lo mejor para América era un cierto repliegue, desentenderse de lejanos conflictos y atender sólo a sus intereses estratégicos y vitales. En lo social eran conservadores compasivos; en lo económico, algo heterodoxos, por su apoyo a ciertos gastos sociales, y en lo exterior unos nacionalistas pragmáticos. Luego vino el 11-S, como suele decirse.
 
Pero la verdad más completa es que Condi convivía con unos cuantos Vulcanos, como Paul Wolfowitz , Dov Zakheim o Steven Hadley, de marcado carácter neoconservador. El germen de la evolución de Rice y Bush ya estaba allí en esos primeros momentos. No sería normal que Rice nombrara a Hadley su número dos en el Consejo de Seguridad Nacional (CSN) si lo hubiera visto como un rival o con una visión del mundo de la que desconfiar (por cierto, Hadley es, en la actualidad, el sucesor de Rice en el CSN de la Casa Blanca).
 
En todo caso, el 11-S sucedió y sacudió las estructuras estratégicas del mundo. Bush supo ver la necesidad de hacer frente a los cambios, y Rice igual. En su poder de contrapeso del vicepresidente Cheney, Colin Powell y Donald Rumsfeld, se fue alejando progresivamente de su mentor inicial, el general que la amparó en su paso por el Pentágono y la recomendó como sovietóloga para la Casa Blanca con Bush padre, y se fue inclinando claramente por aquellos que favorecían una política más agresiva y de profundo cambio.
 
Las líneas estratégicas del segundo mandato de George W. Bush han quedado ya ampliamente expuestas. Basta leer tres documentos: el testimonio de la propia Rice con motivo de su aceptación por el Senado, el discurso de investidura de Bush y el discurso de este mismo sobre el estado de la Unión. Y, por mucho que disguste a sus críticos, el segundo mandato, incluida su diplomacia, aparecen con una coherencia y consistencia pocas veces antes vistas.
 
La seguridad de los americanos reside, en última instancia, en la extensión de la libertad y la victoria sobre las tiranías, seculares o teocráticas. Y aunque es verdad que se muestran generosos con unos europeos que poco quieren o pueden aportar a ello, la dulzura de la gira europea de la doctora Rice no puede ocultar algunas realidades últimas.
 
La primera, que los Estados Unidos se sienten en guerra y los europeos no; en segundo lugar, que, libre del contrapeso de la URSS, América no se siente hoy por hoy constreñida por ningún otro poder estatal en el mundo. China es una potencia virtual, y la UE es más un sueño que una realidad; en tercer lugar, que los europeos, carentes de una percepción de amenaza existencial proveniente del terrorismo islámico, creen que no necesitan vitalmente la alianza con Washington  para solucionar sus problemas; por último, que los americanos ven Europa como un ejercicio histórico exitoso, pues ya no necesitan morir ni en Dunkerque ni Alemania para defender la libertad frente a la opresión y el totalitarismo.
 
Sus ojos se centran ahora, necesariamente, en donde ven el foco de la inestabilidad actual: el Gran Oriente Medio, o donde prevén potenciales focos de rivalidad u oportunidades, como China y el Pacífico.
 
Rice, durante su reciente gira por Europa.En suma, la tendencia natural de América es consolidar su poder dominante en la escena mundial, mientras que la de la Vieja Europa es intentar minar dicha posibilidad. Y Rice no hará nada que ponga en peligro la posición de los Estados Unidos frente a sus enemigos o rivales y, por ende, frente a sus amigos y aliados.
 
Su paso por Europa lo debería haber dejado ya suficientemente claro: el Departamento de Estado no renuncia a los objetivos ni a los principios establecidos por George W. Bush. Esa sintonía es algo nuevo en una capital muy dada a la división entre diplomáticos y militares. No sabemos qué hará el Pentágono, pero parece obvio que Condoleezza Rice no permitirá la revuelta de embajadores que Powell dejó crecer con motivo de la crisis de Irak.
 
Es verdad que las personas imprimen carácter. En el caso de Condi, quienes la conocemos lo sabemos muy bien. Y en la estela de su nombramiento, el de sus colaboradores más cercanos también es un buen aviso de navegantes: Zoellick, su número dos, ya estuvo con ella en los Vulcano; Eliot Abrahams es considerado el gran artífice de la política de transformación del Oriente Medio; Dan Fried era su hombre para Europa. Y seguramente seguiremos viendo la misma tónica en los siguientes escalones. Transformación, no acomodo. Eso es lo que el mundo –y los europeos los primeros– puede esperar de Condi.

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