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UNA REFLEXIÓN

Costa Rica y España

Ricardo Carreras Lario

¿Qué tienen que ver las últimas elecciones en Costa Rica con la situación española? Siga leyendo y lo verá. El socialdemócrata Oscar Arias acaba de declararse ganador de las presidenciales costarricenses, tras la publicación del recuento manual del Tribunal Supremo de Elecciones, que le coloca a la cabeza en el voto de sus compatriotas.

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En realidad, el premio Nobel de la Paz y ex presidente es, paradójicamente, percibido como perdedor en esta contienda electoral, pues carece de la mayoría en el Parlamento y será presidente por la mínima, con apenas unos miles de votos de diferencia sobre su inmediato rival. Arias partía de porcentajes superiores al 50%, y fue cayendo durante la larga campaña hasta obtener un 40.9%, ligeramente por encima del 40% requerido para evitar la segunda ronda y a tan sólo un punto del porcentaje obtenido por el segundo, Ottón Solís, quien logró un 39,8%.
 
Solís, candidato del Partido de Acción Ciudadana, sin duda se ha beneficiado de la ola de izquierdismo populista que inunda Hispanoamérica. Es en realidad el defensor del statu quo, el más conservador de todos los candidatos, ya que quiere que Costa Rica mantenga inalterado su obsoleto modelo de los años 70, incluyendo los monopolios estatales de telefonía móvil, acceso a Internet, seguros y combustibles. El tema que lo catapultó fue el tratado de libre comercio con los Estados Unidos (TLC), al ser el único de los principales candidatos que se opone al mismo, lo cual le granjeó el apoyo de parte del centro y de todo un variado conglomerado de izquierdas, desde la sindical y bananera hasta la de champaña y descapotable, pasando por las de aula y sacristía. Sindicalistas, profesores, estudiantes y parte de la iglesia católica se volcaron activamente en su campaña.
 
Entre Arias y Solís polarizaron las elecciones en torno al TLC, generando un tsunami que hizo papilla todo lo que venía detrás. O casi todo. Porque el ganador moral de estas elecciones, dadas las circunstancias, fue claramente el candidato liberal del Movimiento Libertario, Otto Guevara, quien con su resultado de 8,5% multiplicó por cinco lo obtenido en su primera campaña presidencial, en 2002, y logró el tercer puesto, muy por delante de los 11 competidores que le van a la zaga, incluido el candidato del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), la fuerza política del Gobierno saliente y uno de los pilares del bipartidismo en Costa Rica, que obtuvo un 3,4%.
 
El Movimiento Libertario, miembro de la Internacional Liberal, es ahora la tercera fuerza política de Costa Rica, y queda igualmente en tercer lugar en número de diputados, con 6 de las 57 actas.
 
En medio de la tormenta izquierdista y los vientos antiliberales que soplan por doquier, Otto Guevara tiene un mérito excepcional, y su resultado muestra que, cuando se tiene un candidato extraordinario y unas ideas claras, se puede avanzar electoralmente sin renunciar a las ideas liberales. Su programa se oponía a más impuestos, y proponía en su lugar luchar eficazmente contra  la evasión y el despilfarro. El Movimiento Libertario defendía también una posición firme ante la delincuencia y la corrupción, así como una modernización profunda de Costa Rica, que es perentoria, ya que el país se está quedando anticuado en distintos ámbitos, que van desde la mentalidad hasta las infraestructuras.
 
Otto Guevara.Asimismo, Guevara postulaba luchar frontalmente contra la pobreza, pero de forma inteligente e innovadora, y no a través de los viejos programas que han demostrado ser inservibles una y otra vez. Finalmente, Guevara puso en marcha un programa comunitario, de carácter social, llamado “Unamos las Manos”, que apoyaba con fondos y mano de obra numerosas obras comunitarias a lo largo y ancho de Costa Rica. La filosofía de este programa es que los ciudadanos no deben esperar sentados a que el Estado les saque las castañas del fuego, sino que deben unirse para tomar la iniciativa y trabajar junto al Estado, o suplirlo donde no llegue.
 
Otto Guevara participó personalmente en el programa, que por cierto va a continuar más allá del período electoral, y los costarricenses pudieron verlo pintando escuelas o en otras actividades comunitarias. Eso explica algo inusual, y es que el apoyo al Movimiento Libertario es interclasista, incluso en algunos casos más fuerte entre las gentes más humildes. Esto no ocurre en Europa, donde una debilidad estructural de los liberales de varios países ha sido, precisamente, proyectar una imagen elitista de clase alta y no lograr conectar con grandes sectores de la población. Pero Otto Guevara goza hoy de una buena imagen entre todos los sectores sociales de toda Costa Rica, lo que le sitúa a él y a su partido en una excelente posición de cara a próximos comicios.
 
Pues bien, y ¿qué tiene que ver todo esto con España? Sencillo. Los liberales, la tercera fuerza política, han obtenido allá un 9% de los votos en el Parlamento. ¿Cuántos diputados podría conseguir una formación liberal con ese porcentaje en unas elecciones parlamentarias en España? Esa hipotética fuerza política obtendría, si lograra un 9%, probablemente entre 15 y 45 diputados, dependiendo de la distribución de los votos. El CDS obtuvo con ese porcentaje 19 diputados en 1986, pero podrían obtenerse más si el voto se concentra, ya que nuestro sistema electoral penaliza a las fuerzas nacionales minoritarias con votos dispersos de forma homogénea por toda España.
 
Pues bien, con esos 19, 20 ó 25 diputados, esa hipotética formación liberal y nacional podría apoyar –y también vigilar– a un Gobierno formado por el ganador de las elecciones, ya fuera el PSOE o el PP. Lo haría mirando el interés general de todos los españoles, a diferencia de ahora, que sufrimos el absurdo de que partidos nacionalistas minoritarios de intereses estrechos dominan, chantajean y controlan el Gobierno de nuestra nación, en la que no creen, gracias a un fallo estructural de nuestro sistema electoral vigente, que les da la llave de la mayoría parlamentaria.
 
Esta lamentable situación ocurrió con el PSOE de 1993 a 1996, con el PP de 1996 a 2000, ocurre ahora, con resultados a la vista, y previsiblemente seguirá ocurriendo en el futuro, gane quien gane, pues lo hará casi siempre sin mayoría absoluta.
 
Además de esta necesaria eliminación de la absurda situación en que estamos metidos –de forma estructural, no coyuntural–, una nueva fuerza política podría traer una beneficiosa ola de viento fresco, democrático y liberal a nuestra anquilosada, agarrotada y deficiente democracia.
 
Dejo esta reflexión a los liberales españoles.
 
 
Ricardo Carreras Lario, empresario y docente universitario.

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