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Cuba y el modelo chino

Raúl Castro lo sabe bien y ha tenido, además, sobrado tiempo para pensarlo: sin el liderazgo de su hermano, sin su carisma y su peculiar personalidad, tendrá que actuar con infinito cuidado para poder mantenerse en el poder. Un pueblo que vive literalmente al borde de la miseria, una economía desquiciada e incapaz de sostenerse por sí misma y muchos aspirantes al poder supremo le crearán condiciones difíciles para ejercer el mando sin sobresaltos.

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Por un lado tendrá que maniobrar con cuidado para que ninguno de los otros jerarcas adquiera demasiado peso. Tendrá que balancear presiones, distribuir bien los puestos, sortear rivales que pueden convertirse en demasiado poderosos. Eso ya lo ha logrado en parte, pues la mayoría de los puestos clave del Gobierno están en manos de figuras de la vieja guardia que lo respaldan, por lo que ese no será su principal problema. Mucho más desafiante resultará para él la necesidad de mantener la continuidad del régimen mientras trata, a la vez, de satisfacer las demandas de la población.
 
Raúl, como viejo comunista y hermano del líder legendario de la revolución, no podrá ni querrá apartarse de la tradición revolucionaria ni estará en condiciones de imponer un brusco viraje que comience a desarticular el régimen. No lo hará, por supuesto, mientras Fidel siga vivo, pero no lo podrá hacer tampoco cuando éste muera: un Raúl que se desdice de todo su pasado, que arroja por la borda cincuenta años de totalitarismo, no resultaría creíble. Raúl no podrá ser el Gorbachov del Caribe.
 
Pero algo tendrá que cambiar, aunque no sea en el plano de la imagen que proyecta ante el país y ante el mundo: no podrá gobernarse ahora Cuba como en los viejos tiempos, como si nada hubiese pasado, porque la retirada de Fidel del poder favorece en algo los deseos largamente reprimidos de la población, de una población que está harta de su forma de vida y que ansía cambios, sobre todo en el terreno económico. Raúl, entonces, tendrá que caminar como un equilibrista, con una larga pértiga que apunta por un lado hacia el mantenimiento del sistema y por el otro hacia los cambios que, sin duda, la mayoría requiere.
 
¿Podrá, este nuevo Gobierno de Cuba, seguir el ejemplo de lo que hizo Deng Xiaoping en China, abriendo la economía gradualmente y desarrollando un sistema capitalista bajo la sombrilla política del partido comunista? ¿Estará en condiciones Raúl Castro de ir satisfaciendo poco a poco las ansias de libertad de los cubanos y mantener a la vez el sistema que en buena medida ha ayudado a crear, y que hoy lo ha puesto en la cima?
 
Lo dudamos. En primer lugar, porque el nuevo presidente de Cuba no puede tomar distancias con el pasado, como hizo Deng con Mao; y, en segundo lugar, porque Cuba es una pequeña isla, de frágil economía, y no la inmensa nación asiática, en la que pudieron implantarse los cambios poco a poco, en regiones diferentes y en un contexto histórico mucho más favorable para una transición gradual.
 
Los cubanos esperarán con ansiedad los vagos cambios prometidos hasta ahora, pero no se contentarán fácilmente. Cuando desaparezca la figura casi mítica de Fidel arreciarán las presiones, y Raúl tendrá entonces que tomar decisiones difíciles. Si mantiene el inmovilismo actual, podría estar preparando las condiciones para un estallido de todas las presiones acumuladas; pero si se lanza por el camino de los cambios podrá desatar fuerzas que, como en la Unión Soviética de Gorbachov, escapen por completo de sus manos.
 
La transición de Cuba hacia la democracia o la economía de mercado seguramente será diferente a la ocurrida en otras naciones que soportaron regímenes comunistas. Y en tal escenario la solidaridad que los latinoamericanos mostremos hacia el sufrido pueblo cubano podrá convertirse, si así nos lo proponemos, en un factor importante para que el cambio resulte efectivo y a la vez pacífico.
 
 
© AIPE
 
CARLOS SABINO, doctor en Ciencias Sociales y profesor de la Universidad Francisco Marroquín (Guatemala).

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