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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Dónde están los médicos de Castro

El doctor Castro (doctor en Derecho, no en Medicina) está enfermo. Generosamente, por ser Cuba el país que es, la Perla de la Corona, le hemos enviado un buen médico para que compruebe su estado de salud. Ese médico no fue a curarlo: fue a que le mostraran lo que queda del dictador para que lo cuente por ahí.

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Hay que reconocer que el hombre se la ha jugado: si lo que ha dicho es cierto, Castro reaparecerá en público en un tiempo prudencial; si se ha equivocado en su diagnóstico y el paciente muere, su carrera quedará hecha unos zorros: yo no me dejaría cuidar por un hombre que no ha visto una enfermedad terminal donde la había. No quisiera estar en su pellejo, sobre todo habida cuenta de que, en un caso como ése, las enfermedades terminales pueden aparecer de un momento a otro, según soplen los vientos políticos. Aunque, hoy por hoy, Castro funciona como Fernando VII: todo se hace en su nombre, y eso es muy útil para los demás.
 
Pero dejemos a un lado la deriva profesional del galeno que ha viajado a La Habana. Dejemos también de lado las innecesarias declaraciones de Lamela y Aguirre acerca de la injusta distribución de la renta médica en el Caribe: médico de primera para el comandante, medicina de tercera para los pobres, que son casi todos. Lo sabíamos. De la próstata de Castro se ocupó hace muchos años el doctor Puigvert, que hizo lo propio con la de Franco y con la de Perón, sin que nadie se indignara por los pobres prostáticos del bajo pueblo.
 
Hay dos cosas más importantes que todo eso. La primera es que la propaganda, el agit prop sobre los méritos del comunismo cubano, se viene fundando desde hace décadas en la medicina y la educación, las mejores de Hispanoamérica según el discurso oficial. Lo cual, a estas alturas, hundidos los hospitales argentinos y uruguayos por decisión de las autoridades locales, no sería nada difícil. Pero no es cierto. Fidel acaba de demostrar que él mismo no tiene fe en el sistema, ni en la calidad de sus propios profesionales, y es más que probable que, con la mayor de las discreciones, algún médico americano le haya visitado en algún momento de esta ya muy larga enfermedad.
 
La gran pregunta es dónde están los médicos cubanos. Porque todo esto ha servido al menos para que las cadenas de televisión españolas mostraran, si bien en forma muy oblicua, la penuria del régimen de sanidad pública de la Isla. En hospitales y dispensarios falta de todo, desde vendas hasta aspirinas, pasando por anestesia. Los aparatos de radiología funcionan como los automóviles de por allí: modelos que ya no existen en ninguna parte, con cuarenta o cincuenta años de uso, atados con alambre.
 
Primero en Rusia, no en la gran Universidad Lomonosov sino en la Lumumba, creada para enseñar a visitantes del Tercer Mundo, y luego en la propia Cuba, donde ha habido históricamente una medicina solvente, se formaron a lo largo de más de medio siglo miles de médicos. Seguramente, con las diferencias de nivel que hay en todas partes: algunos brillantes, otros mediocres, otros decididamente incompetentes. Pero los cubanos son inteligentes, tienen una sólida tradición cultural hispánica, a pesar de los desastres de la revolución, y el nivel general tiene que ser alto.
 
Lo mismo ha ocurrido con los maestros. Miles y miles de maestros formados a lo largo de cincuenta años, adiestrados para dar las primeras letras con libros en los que se lee "Hasta la victoria siempre", "Esta Revolución es eterna", "8 de octubre, Día del Guerrillero Heroico", etc. ¿Dónde están los maestros cubanos?
 
Yo los he visto por ahí. A los unos y a los otros. En la Argentina, por ejemplo, donde hay médicos cubanos que son recibidos como príncipes en su semana mensual de visita. ¡En un país que, a pesar de todas sus crisis, sigue exportando médicos y lleva acumulados tres premios Nobel en la especialidad! En toda la América Central, desde luego, donde son necesarios médicos y maestros pero los hay, cooperantes, de toda Europa y de los Estados Unidos. Y en Venezuela, claro está.
 
Hugo Chávez y Fidel Castro.Maestros cubanos en Venezuela, haciendo allí lo que les enseñaron a hacer en Cuba: "Hasta la victoria siempre [de la revolución bolivariana]", "Esta Revolución [bolivariana] es eterna", etc. Para que no quede duda alguna de quién es el Sucesor de Fidel Castro en la revolución latinoamericana. Miles de maestros cubanos repartidos por el continente, aunque se hagan notar más por su número y su calidad ideológica en Venezuela.
 
Miles de médicos cubanos repartidos por todo el continente (treinta mil, me han dicho, pero no he podido contrastarlo; sí, que se han formado cincuenta mil en los últimos cincuenta años), aunque sólo se publicite el hecho en Venezuela, porque forma parte de la solidaridad revolucionaria de los dos grandes líderes del socialismo martiano/bolivariano.
 
Deben de cumplir, digo yo, algún otro papel. Al menos, los más fieles al régimen, aunque todos parezcan serlo de forma extrema, en un denodado y constante esfuerzo por diferenciarse de los exiliados, que no son numerosos, salvo en México.
 
Hace muchos años, Salvador Allende invitó a Castro a Chile. El cubano hizo una visita de tres semanas, en el curso de las cuales, según contaría muchos años después Norberto Fuentes, la gente de sus servicios de inteligencia se ocupó de hacer un relevamiento propio del territorio con fines militares. Según un informe desclasificado de la CIA de 1971, Castro pensaba por entonces, aunque no fuera eso lo que le decía a Allende: "Existen muy pocas posibilidades de construir un Estado marxista en Chile si no se usa la violencia". El Che había muerto cuatro años atrás, pero la idea de la extensión de la revolución a todo el continente seguía viva, como sigue ahora. Ya no se llama socialista, la prensa ha dado en no llamarla socialista, sino bolivariana, como quieren los servicios informativos oficiales de Venezuela y Cuba.
 
Treinta mil médicos son muchos médicos. Dejemos la cifra en la mitad, quince mil, antes de sumarle los maestros. ¿Cinco mil en Venezuela? Como mínimo. Veinte mil es mucha gente al servicio de un Estado. Nunca hubo veinte mil agentes de la CIA o del KGB sobre el terreno, ni siquiera en funciones de propaganda, para lo cual se pagaba de diversos modos a líderes de opinión locales.
 
No están cuidando a Castro ni enseñando a los niños cubanos. Pero están haciendo un trabajo. Tal vez solidario. El dictador estudió con los jesuitas y eso, ya lo sabemos, imprime carácter. No me he puesto a hacer cuentas, pero estoy seguro de que fueron mucho menos de veinte mil jesuitas los que convirtieron al Paraguay y las Misiones...
 
 
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