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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

El elefante y los mariachis

Hace pocos días un candidato republicano a congresista por el estado de Pennsylvania organizó un show, un show auténtico, en Texas, en el Río Grande, la frontera de Estados Unidos con México. El político en cuestión se llama Raj Bhakta, es hijo de inmigrantes de origen indio y hasta el momento había destacado sobre todo por haber participado en un popular reality show protagonizado por Donald Trump: The Apprentice (segunda temporada). Trump le despidió en el segundo programa.

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Hasta el momento, Bhakta no había tenido demasiado éxito. Pero también sabe que la inmigración es uno de los grandes asuntos de la actual campaña electoral y, supongo que inspirado por sus raíces culturales, se le ocurrió montar un número para demostrar que la frontera de Estados Unidos con México es un coladero. El número era pasar un elefante con un grupo de mariachis. Y lo ha hecho.
 
La ocurrencia ha molestado a bastantes texanos, incluidos algunos del Partido Republicano. Los texanos son gente orgullosa y no les gusta que les humillen, y menos aún gente de la Costa Este, como Bhakta. El caso es que el elefante, alquilado en un rancho local –se dijo a sus propietarios que estaba destinado a amenizar una fiesta privada–, cruzó la frontera con sus mariachis y el evento, como se diría hoy, ha hecho furor en las televisiones norteamericanas.
 
El asunto tiene, por lo menos, dos partes, dejando de lado el juicio que a cada uno le merezca el que un candidato convierta un asunto tan serio en un espectáculo de gusto dudoso, aunque efectivo. Una es el debate sobre la inmigración, con el apunte añadido de que el protagonista del episodio es hijo de inmigrantes, e inmigrante de segunda generación él mismo, en consecuencia. La otra es algo contradictorio con lo anterior. Y es que el ritmo de entrada de inmigrantes desde México no disminuye, al revés, sigue siendo cada vez más intenso.
 
Bhakta, como muchos ciudadanos norteamericanos, incluidos los recién inmigrados, se muestran recelosos ante esta invasión. Pero el fenómeno responde a una realidad aplastante. Y es que los empresarios norteamericanos han creado en los tres últimos años, según el último informe del Departamento de Trabajo, 6,6 millones de puestos de trabajo.
 
El informe ha sido criticado porque revisa otro informe anterior, según el cual "sólo" se habían creado 5,8 millones. En 2004, 2,54 millones. La revisión al alza se debe, según algunos análisis, a que en su primer informe el Departamento de Trabajo había infravalorado el dinamismo de las pequeñas empresas y los autónomos, empresarios autónomos, habría que decir. La hipótesis es probable. El caso es que la tasa de desempleo en Estados Unidos, en septiembre, ha sido del 4,6%, la más baja en los últimos cinco años. Técnicamente, como dicen los expertos, no hay paro en Estados Unidos.
 
En consecuencia, están subiendo los sueldos en un país en el que tradicionalmente la mano de obra ha sido cara. En los últimos 12 meses los salarios han crecido un 4%, sensiblemente más que la media de los últimos 20 años. Por otro lado, Estados Unidos atrae a trabajadores que no encuentran empleo en sus países y en cambio saben que son necesarios en el vecino del norte, el mismo que odian aquellos mismos políticos que los están expulsando de sus países con políticas intervencionistas y fracasadas, en todas partes y siempre que se han aplicado.
 
El gigantesco éxito de la política económica de los últimos seis años se debe a fórmulas relativamente sencillas de explicar, aunque muy difíciles de poner en marcha. La clave, sin duda alguna, son las sucesivas bajadas de impuestos impulsadas por Bush y apoyadas por el Congreso… de mayoría republicana.
 
Nancy Pelosi.Es cierto que las elecciones no se ganan, aunque sí se suelen perder, por la situación económica. En cualquier caso, los medios  progresistas han intentado disimular estos datos, y, lo que es más curioso aún, muchos candidatos demócratas están anunciando que en que en cuanto lleguen al Congreso, tras las próximas elecciones, que ya dan por ganadas, revisarán los impuestos… al alza. Así lo ha hecho saber Nancy Pelosi, congresista por California y aspirante a speaker –presidente– de la Cámara en caso de victoria demócrata.
 
Declaraciones como éstas deberían inducir a los comentaristas a mostrarse sumamente prudentes ante cualquier anuncio sobre una posible victoria demócrata en noviembre. Es indudable que el Congreso republicano salido de las urnas en 2004 no ha estado a la altura de las expectativas que generó: demasiada corrupción, demasiado electoralismo, demasiada incompetencia. También es verdad que Bush, aunque remonta en las últimas semanas, no sale del pantano en que le ha metido el aparente callejón sin salida de Irak. El libro de Woodward y el escándalo protagonizado por Mark Foley no han venido a ayudar a los republicanos.
 
Ahora bien, la oferta electoral del Partido Demócrata, aparte del voto de castigo, se reduce a propuestas como las de Pelosi. ¿Es verosímil que con medios tan magros se convenza al electorado para emprender un rumbo nuevo? ¿De verdad piensan los demócratas, y con ellos los progresistas, que subir los impuestos es una propuesta con gancho electoral?
 
Cualquiera sabe, claro está, pero la hipótesis más verosímil en cuanto a las elecciones, y tal como están las cosas, parece ser la de una variación relevante, con cambio de mayoría en el Congreso (más difícil en el Senado) pero en términos muy estrechos, como en general han sido las mayorías republicanas desde 1996, tras el gran triunfo de 1994, hasta 2004.
 
Es ese, el de 1994, el modelo al que aspiran los demócratas. Quieren conseguir una mayoría demócrata capaz de obligar a negociar a Bush, como los republicanos obligaron a negociar a Clinton hasta el final de su segundo mandato. Ser ambiciosos es imprescindible, sobre todo en política. También conviene dotarse de los medios para conseguir lo que uno se propone. De otro modo es posible que los demócratas hagan el papel de mariachis, coristas del elefante republicano.  

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