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ORIENTE MEDIO

El rumbo criminal de Irán

"Si el incendio de las embajadas de los países que insultan al Profeta pretende mostrar que estos países ya no tienen cabida en los países islámicos, entonces se trata de un acto que está permitido". Eso ha dicho el fiscal general del Estado iraní, el ayatolá Dorri Najaf-Abadi, al decantarse por la reducción a cenizas de las embajadas de aquellos países en que la prensa publique las famosas caricaturas de Mahoma.

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No es sorprendente que el régimen que provocó la crisis de los rehenes de 1979 rechace la inviolabilidad de las embajadas, pero las palabras del ayatolá encajan en un patrón iraní más general. Según la publicación disidente Rooz, de la que se hace eco el MEMRI, los clérigos chiíes del centro religioso de Qom han dado su aprobación también al uso de armas nucleares: "Mohsen Gharavian, discípulo del [ayatolá] Mesbah Yazdi [el mentor espiritual del presidente Ahmadineyad], ha hablado por primera vez de utilizar armas nucleares como contramedida. Dijo que, 'según los términos de la sharia', todo depende del objetivo".
 
A los portavoces islámicos en Occidente les gusta comparar la doctrina islámica de la yihad con la doctrina de la guerra justa de la Iglesia Católica. Sin embargo, el catecismo de la Iglesia Católica, al establecer dicha doctrina en su forma moderna, estipula lo siguiente: "El uso de armas no debe producir males y desórdenes más graves que el mal que se pretende erradicar. El poder de los medios modernos de destrucción pesa bastante en la evaluación de esta condición". Y dice también: "El exterminio de un pueblo, una nación o una minoría étnica se debe condenar como pecado mortal. Uno está moralmente obligado a no cumplir las órdenes de genocidio. Cada acto de guerra dirigido a la destrucción indiscriminada de ciudades enteras o áreas extensas, con sus habitantes, es un crimen contra Dios y el hombre que merece una condena firme e inequívoca. El peligro de la guerra moderna es que proporciona la oportunidad, a los que poseen armas científicas modernas (especialmente atómicas, biológicas o químicas), de cometer tales crímenes".
 
En otras palabras, lo diametralmente opuesto a "todo depende del objetivo". Y el lenguaje antigenocida contrasta agudamente con las repetidas amenazas del presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, de destruir Israel por completo: "Pedimos a Occidente que suprima lo que creó hace sesenta años; si no atiende a nuestras recomendaciones, entonces la nación palestina y otras lo harán".
 
En su notoria obra La abolición del hombre, el apologista cristiano C. S. Lewis (1898-1963) reunió ejemplos de lo que llamó el Tao, o Ley Natural: principios defendidos por un amplio abanico de culturas y civilizaciones. Estos principios incluyen los "deberes para con los padres, ancianos y antepasados", los "deberes para con los niños y la posteridad", "la ley de buena fe y veracidad", "la ley de la magnanimidad", etcétera. Lewis ilustra la universalidad de estos principios con citas de fuentes tan diversas como el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, la Eneida de Virgilio, el Bagavad Gita, las Analectas de Confucio, los escritos de los aborígenes australianos, etcétera. Pero brilla por su ausencia cualquier cita del Corán u otra fuente musulmana.
 
Puede que Lewis haya descubierto que el Islam tradicional no respalda lo que denomina "ley de la beneficencia general": uno sólo debe ser caritativo con sus correligionarios. Cierto, Lewis habría podido citar un hadith en que el profeta Mahoma dice: "Quien quiera ser rescatado del fuego y entrar en el jardín debe morir con fe en Alá y el Juicio Final, y debe tratar a la gente como desee que le traten" (Sahih 4546). Ciertamente, esto parece afirmar la ley de beneficencia general. Pero es contradicha por otros muchos pasajes del Corán y el Hadith, que hacen una distinción tan marcada entre fieles y no creyentes ("las criaturas más viles", según el Corán –v. 98:6–) que aquélla se convierte en una declaración esencialmente vacía, o por una en la que "el pueblo" a que alude Mahoma debe entenderse exclusivamente como los musulmanes. Después de todo, "Mahoma es el apóstol de Alá. Los que le siguen son despiadados con los infieles, pero clementes entre sí" (Corán, 48:29).
 
"Según los términos de la sharia, todo depende del objetivo"; y ese objetivo, para el régimen iraní y el movimiento global de la yihad, es ser despiadado con los no creyentes y luchar contra los no musulmanes "hasta que paguen la jizya [el impuesto para los no musulmanes] con dispuesta sumisión y se vean sojuzgados" (Corán, 9:29) bajo la hegemonía de la ley islámica. Cualquier cosa que pueda impulsar esa meta –armas nucleares, quema de embajadas– está permitida. Si el paraíso está garantizado para los que "matan y mueren" por Alá (Corán, 9:111), no hay desventaja en un ataque nuclear contra Israel o contra las tropas americanas en Irak, aunque provoque una respuesta contundente.
 
El régimen iraní, en pocas palabras, está actuando sin brújula moral alguna que evite la toma de decisiones que puedan dar lugar a la destrucción catastrófica. Los occidentales pueden encontrar difícil de creer que este régimen controlado por el clero pisotee tan despiadadamente lo que es aceptado en el mundo no musulmán como principios morales universales; pero en Teherán "todo depende del objetivo". En Washington, el objetivo debería ser evitar que los mulás logren el suyo, antes de que sea demasiado tarde.
 
 
Robert Spencer, director de Jihad Watch, columnista de medios como Front Page Magazine o National Review y autor, entre otros libros, de The Politically Incorrect Guide to Islam (and the Crusades).
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