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ORIENTE MEDIO

Hamás y su paz de los cementerios

El New York Times entrevistó durante cinco horas al líder de Hamás, Jaled Meshal, en su cuartel general de Damasco. Mirabile dictu: ofrecen un plan de paz con una solución que contempla la existencia de dos estados. Bueno, en realidad no ofrecen la paz, sino una tregua por diez años.

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El plan de marras significa que, después de que Israel se haya debilitado letalmente con el asentamiento de millones de refugiados árabes, y de que Hamás se haya dedicado a armarse durante todo ese tiempo dentro de las fronteras de un estado palestino que dejaría a Israel con 12 kilómetros de anchura, Meshal y sus secuaces retomarán la guerra contra un país al que siguen jurando erradicar.

Este tipo de paz es la que suele conocerse como la paz de los cementerios.

Los occidentales pueden ser idiotas, pero Hamás, desde luego, no lo es. Los islamistas palestinos ven a la nueva Administración americana haciendo insinuaciones a Irán y Siria, y cómo Europa, con Gran Bretaña a la cabeza, empieza a aceptar a Hezbolá. Y entienden que les ha llegado el turno. Y saben lo que tienen que hacer. Lo han leído en el libreto que dejó escrito Yaser Arafat.

Con los Acuerdos de Oslo (1993), el difunto rais demostró lo que se puede conseguir con la firma de un falso tratado de paz con Israel: reconocimiento diplomático universal, miles de millones de dólares en ayuda, el control de Gaza y la Margen Occidental, que acabaron convertidas en campo de entrenamiento... A cambio de una firma, Arafat consiguió que le dejaran las manos libres para crear la infraestructura necesaria para reanudar la lucha contra Israel que los estados árabes iniciaron en 1948 y abandonaron tras el infierno sangriento de 1973 (Guerra de Yom Kippur).

Meshal huele la oportunidad. La Administración Obama no sólo se esfuerza por entrar en contacto con los ex enemigos de América en la región, sino que ha inaugurado su mandato señalando con el dedo a Israel, a causa de la aparente negativa del Gobierno Netanyahu a aceptar una solución sobre la base de la existencia de dos estados.

Benjamín Netanyahu.No hay Gobierno israelí que rechace la solución biestatal si lo palestinos aceptan un compromiso territorial y firman una auténtica paz con el estado judío. (Y si lo hubiera, sufriría inmediatamente una moción de censura). El propio ministro de Defensa de Netanyahu, Ehud Barak, ofreció exactamente ese acuerdo en el año 2000. Hasta ofreció dividir Jerusalén y expulsar a cada uno de los judíos de cada uno de los asentamientos que quedaran dentro de la nueva Palestina. Pues bien, para aquellos que lo hayan olvidado: la respuesta palestina fue: "No". Y no hubo contraoferta, sino –nueve semanas más tarde– una salvaje guerra terrorista, lanzada por el propio Arafat, que se cobró la vida de 1.000 israelíes.

Netanyahu es reticente a la creación de un estado palestino sin antes saber qué tipo de estado va a ser. Esa prudencia elemental debería compartirla todo aquél que haya tenido ojos en la cara durante los últimos años. Los palestinos ya tienen un estado, un territorio independiente sin un solo colono ni soldado israelí. Se llama Gaza. ¿Y qué es? Una base terrorista, de raigambre islamista, aliada de Irán, que ha disparado más de 10.000 proyectiles y morteros contra civiles israelíes.

Si el estado de la Margen Occidental va a ser igual, sería una locura que Israel, América, Jordania, Egipto y los demás países árabes moderados aceptasen una solución biestatal. De ahí que Netanyahu insista en que la Autoridad Palestina (AP) ponga en pie primero las instituciones –sociales, económicas y militares– que habrían de sustentar a un estado capaz de cumplir realmente con sus obligaciones en lo relacionado con el mantenimiento de la paz.

Es razonable, sí, el escepticismo de Netanyahu. Pero, vamos, que ese no es el asunto fundamental. Su predecesor, Ehud Olmert, se extasió con la solución biestatal, hizo ofertas incesantes... y no consiguió  nada de nada.

¿Por qué? Porque los palestinos jamás –ni siquiera en 1947– han aceptado la idea de vivir junto a un estado judío. Quienes podrían probar una solución así, por ejemplo el presidente de la AP, Mahmud Abbás, no tienen autoridad alguna para ello; y quienes sí la tienen, por ejemplo Meshal y Hamás, no tienen la más remota intención de hacerlo.

La estratagema de Meshal, disfrazando de plan de paz lo que no es sino una tregua para relanzar la guerra contra Israel, representa una nueva versión del rechazo palestino a la existencia del estado judío. Arafat aplacaba a Israel y a la Administración Clinton con conversaciones de paz al tiempo que preparaba metódicamente a su pueblo para la guerra. Arafat esperó siete años para poner fin a su mascarada. ¿Dónde está, pues, la novedad que trae Mashal? En el plazo. Él habla de diez años. Y después, que corra la sangre.


© The Washington Post Writers Group
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