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Hugo Chávez, el gran elector en el Cono Sur

En la tradición religiosa católica, cuando se reunían los cardenales para elegir a un nuevo papa, quien realmente seleccionaba al nuevo pontífice era el Espíritu Santo, que los inspiraba. Ellos emitían su voto, pero el Gran Elector era el Espíritu Santo. Hugo Chávez es el espíritu santo del socialismo del siglo XXI. Él elige a los papas. 

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Primero fueron las maletas llenas de dólares destinadas al inefable matrimonio Kirchner, inesperadamente descubiertas en un aeropuerto bonaerense por una funcionaria honorable que se negó a ocultar el delito. Ahora parece que el coronel venezolano quiere hacer elegir en Uruguay a su amigo el tupamaro José Mújica, candidato del Frente Amplio, mientras en Chile apuesta por el senador Marco Enríquez-Ominami, quien encabeza una fuerza de izquierda radical escapada de la Concertación que gobierna el país desde 1990, cuando Patricio Aylwin asumió la presidencia.   

Esta vez los dólares chavistas no llegaron a Uruguay en burdos maletines, sino disfrazados de un simple negocio. Algo habían aprendido del anterior escándalo. De acuerdo con la investigación llevada a cabo por el muy respetable semanario Búsqueda, la empresa Apliser SA, fundada en enero de 2008, y cuyo primer presidente era un primo hermano de Lucía Topolansky, esposa de José Mújica, hizo imprimir en Uruguay 50.000 ejemplares de unos materiales relacionados con la topografía y el catastro venezolanos al costo de 6 dólares la unidad, y los exportó por 498 a una oscura dependencia del "Poder Popular para el Ambiente", un ministerio venezolano que es algo así como la Cueva de Alí Babá, lo que supuso un beneficio de 32 millones de dólares para los uruguayos. Por cada dólar invertido recibieron 83 de ganancia. Un negocio mejor y más seguro que vender cocaína. Era así, por cierto, como la URSS, por medio del KGB, financiaba los partidos comunistas europeos. 

Naturalmente, la señora Topolansky ha negado con energía cualquier vínculo con esas trampas, mientras su esposo se mantiene relativamente silencioso, pero la investigación sigue su curso. Sin embargo, los expertos en las injerencias del chavismo en América Latina opinan que una suma de esa naturaleza, que requiere la aprobación de media docena de entidades oficiales, no es una simple estafa al golpeado patrimonio de los ciudadanos venezolanos perpetrada por unos uruguayos deseosos de ganar mucho dinero fácil y unos cómplices bolivarianos ladrones, sino una operación política de envergadura que inevitablemente necesitaba el visto bueno del coronel.

La injerencia chavista en Chile ha tomado otro curso: el señor Max Marambio, hoy un millonario chileno que fue colaborador de los servicios secretos cubanos durante su largo exilio en Cuba, muy cercano a Fidel Castro, quien luego le permitió amasar una enorme fortuna mediante negocios en dólares llevados a cabo en el apartheid turístico instalado en la Isla; Marambio, quien afirma sin ningún recato que Cuba es una democracia, se ha convertido en el director político de la campaña de Marco Enríquez-Ominami y, presumiblemente, en su mayor financiero.

Enríquez-Ominami (incorporó el apellido de su padrastro) es un joven senador socialista muy radical, hijo de Miguel Enríquez, un dirigente comunista del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) que murió en un enfrentamiento a tiros con la policía en 1975, cuando Marco era un recién nacido. El joven candidato se propone "terminar con esta sociedad [la chilena] brutalmente clasista". Tal vez lo logre.    

En todo caso, Max Marambio, su hombre de confianza, no puede hacer otra cosa que lo que Cuba le exija, y no tiene otra lealtad que la que resulta de sus vínculos con Fidel y con el aparato policíaco cubano, como se comprobó en 1989, cuando sus íntimos amigos, los hermanos Tony y Patricio de la Guardia, coronel y general, respectivamente, veteranos en la lucha contra Pinochet, cayeron en desgracia y él, Marambio, inmediatamente ratificó su subordinación a los cuerpos represivos de la Isla y su apoyo incondicional a la dictadura. Tony fue fusilado y Patricio, condenado a muchos años de cárcel, pero Marambio demostró que es un militante disciplinado y fiel a quienes le hicieron muy rico.    

Si Marco Enríquez-Ominami llegara a la presidencia del país con Max Marambio como su consejero áulico, sería, sin duda, el triunfo del castro-chavismo en Chile y el fin de las dos décadas de moderación y sentido común que, con diversos matices, han caracterizado a los cuatro gobiernos de la Concertación de centro izquierda que han ocupado el Palacio de la Moneda. El país volvería a la crispación de los años setenta, y se perdería todo lo que tiene de notable y ejemplar el llamado modelo chileno para el resto de los latinoamericanos. Exactamente lo que desea que suceda el Gran Elector, enemigo a muerte de la dulce izquierda vegetariana chilena.


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