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ORIENTE MEDIO

Israel y el genocidio armenio

El pasado 18 de abril el Estado de Israel conmemoró Iom Hashoá, en homenaje a los judíos asesinados durante el Holocausto. Seis días después, la República de Armenia conmemoró el genocidio armenio a manos de los turcos entre 1915 y 1923.

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Entre medias (22/4/12), el diario argentino La Nación publicó un editorial, titulado "Israel y el genocidio armenio", en el cual se afirmaba: "La admisión israelí de la tragedia abatida sobre el pueblo armenio tendría una tremenda fuerza moral en el mundo actual". El editorial en ningún momento sostuvo que era moralmente inconsistente, por parte de Jerusalem, homenajear a los seis millones de judíos asesinados en la segunda guerra mundial y simultáneamente negar reconocimiento de genocidio a la referida masacre de entre un millón y un millón y medio de armenios. La oportunidad de la publicación, sin embargo, pareció decirlo.

Aun cuando Israel dista de ser el único país del mundo en no admitir el genocidio armenio (sin que ello implique negar la existencia de matanzas), el imperativo ético obliga a la lealtad con la verdad histórica. Y aun cuando apenas poco más de veinte naciones reconocen oficialmente como genocidio el asesinato masivo de armenios a partir de 1915 en territorio del Imperio Otomano, el juicio de valor israelí tiene un peso simbólico especial.

Las razones de la reticencia de Israel –así como las de muchos otros Estados que no definen la matanza de armenios como genocidio– son, principalmente, dos: 1) la existencia de un debate al respecto entre los historiadores; 2) consideraciones políticas relativas a las relaciones internacionales.

Respecto del primer punto, los hechos parecen ser incontestables. En el contexto de una guerra mundial, los turcos otomanos desplazaron y asesinaron a prácticamente la mitad de la población de las provincias armenias del imperio. Una definición comúnmente aceptada de genocidio alude a la destrucción sistemática y deliberada, en todo o en parte, de un grupo étnico, nacional, religioso o racial. Eso es lo que los turcos musulmanes hicieron con los armenios cristianos entre 1915 y 1923. Rafael Lemkin, el judío polaco creador del término genocidio, afirmó:

Me interesé en el genocidio porque es algo que se ha perpetrado en numerosas ocasiones. Luego de [padecerlo] los armenios, Hitler se puso en movimiento.

Elie Wiesel, sobreviviente de Auschwitz y Premio Nobel de la Paz, ha llegado a afirmar:

Si en aquellos días hubiera existido la palabra genocidio, con ella se hubiera calificado lo que se hizo a los armenios.

Yad Vashem, el Museo del Holocausto de Israel, sí considera genocidio lo que perpetraron los turcos otomanos. Años atrás, alrededor de cincuenta premios Nobel publicaron una declaración de reconocimiento del genocidio armenio. Orham Pamuk, Nobel de Literatura turco, también considera un genocidio la tragedia armenia.

Todo pierde claridad, las cosas se tornan más grises, cuando se aborda el asunto desde la perspectiva de las relaciones internacionales. La Argentina forma parte del pequeño grupo de naciones que apoya la posición de los armenios. El primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, canceló una visita al país austral en el 2010 luego de que el Gobierno de la ciudad de Buenos Aires paralizara la inauguración de un monumento dedicado al fundador de Turquía, Mustafá Kemal Ataturk, debido a las presiones de la comunidad armenia local. La presidenta Cristina Fernández de Kirchner telefoneó al premier turco para dar explicaciones, pero no hubo caso. En el 2006, el Parlamento francés adoptó una resolución que declaró genocidio la referida matanza de armenios. En respuesta, Ankara alteró las relaciones bilaterales en el ámbito militar, paralizó la realización de maniobras conjuntas e impidió a los franceses tomar parte en licitaciones relacionadas con la defensa, y hasta hubo generales turcos que devolvieron las condecoraciones que les había concedido Francia. Washington no ha reconocido la tragedia armenia como genocidio, pero cada vez que el Congreso se ha movilizado en ese sentido las protestas turcas han sido muy fuertes.

Aquí, la Realpolitik prima. En un esfuerzo por preservar una alianza estratégica con una importante nación islámica, Israel eludió abordar el delicado asunto por largos años. Su Cancillería incluso hizo lobby para obstruir el avance de la causa armenia cuando el debate cobró fuerza en Washington. Ahora que Turquía ha enfriado la relación con el Estado judío y adoptado una postura extremadamente hostil hacia él, desafiándolo públicamente y operando políticamente en su contra, Jerusalem podría deshacerse de sus pruritos diplomáticos y dar luz verde a un reconocimiento postergado. Es cierto que el consentimiento tardío y circunstancial ya no tendrá la validez moral que pudo haber tenido antaño, pero es algo que la república y el pueblo de Armenia podrán aceptar.

Después de todo, algo sabe Armenia de pragmatismo. Tiene cerradas sus fronteras con Turquía y Azerbaiyán debido a conflictos históricos, y depende de Georgia para tener salida al Mar Negro. Por otro lado, mantiene relaciones cordiales con la República Islámica de Irán, lo que le permite reducir su aislamiento geográfico y acceder al Caspio. La última vez que lo miré, Teherán seguía negando la Shoá...  


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