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CUBA

Jimmy Carter: una visita agradable... y oportunidades perdidas

Frank Calzón

El ex presidente Jimmy Carter y su esposa Rosalynn disfrutaron de la hospitalidad de Fidel y Raúl Castro en La Habana y visitaron a Alan Gross, un americano condenado a quince años de cárcel por regalar a unos cubanos un ordenador portátil y un teléfono satelital.

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Los Carter también se reunieron con esposas y madres de prisioneros políticos, con disidentes y con Yoani Sánchez, la bloguera que es centro de atención internacional desde hace meses. No se sabe de qué habló el ex presidente con los disidentes y con Yoani Sánchez; habría estado bien que ésta le hubiera dicho lo que de hecho ya ha escrito:

Fidel habla mucho de los programas sociales de la revolución, del alpiste, pero de la jaula, ni una palabra.

Lo que sí sabemos es que muchas voces han expresado su indignación por que el expresidente pusiera el énfasis sobre la necesidad de levantar el embargo comercial estadounidense y, en cambio, no hiciera sino "débiles esfuerzos" por llevar de vuelta a casa a Gross, quien, según ha informado el propio Carter, ha perdido 40 kilos en los 15 meses que lleva preso en Cuba.

También sabemos que en la isla se discute sobre quién ha conseguido menos con su actitud comprensiva hacia el régimen: Carter o Rodríguez Zapatero. Pocos gobiernos se han empeñado tanto como el español en suavizar la política de la Unión Europea hacia Cuba. El resultado es que mientras las empresas norteamericanas que venden sus productos a la isla cobran al contado, gracias a las condiciones del embargo, las europeas, entre ellas muchas españolas, lo siguen haciendo a crédito, por lo que muchas veces se quedan sin cobrar. Entre tanto, el centro cultural español inaugurado en La Habana hace años, durante la visita del rey Juan Carlos, continúa clausurado por orden del gobierno cubano.

No obstante, hay ciertas cosas que reconocer. Mientras el mundo observa ensimismado los levantamientos en el mundo árabe y la tragedia japonesa, el viaje de los Carter sirvió para recordar a la opinión pública internacional no solo la política de Washington hacia La Habana, también los 52 años de dictadura castrista, los prisioneros políticos que malviven en las cárceles de la isla y la valentía de los cubanos que continúan enfrentándose al acoso, las agresiones y las penas de cárcel por atreverse a desear el fin de la dictadura, la última del hemisferio occidental.

Es indudable, por otro lado, que hay algo de verdad en la idea de que el expresidente Carter cree que hay dictaduras de dos tipos, según la exembajadora norteamericana ante las Naciones Unidas Jeane Kirkpatrick, una voz muy crítica con la Administración del demócrata.

En agosto de 2010, el expresidente fue invitado a Corea del Norte por el tirano Kim Jong Il. Carter consiguió entonces la excarcelación de Aijalon Gomes, un estadounidense que había sido condenado a ocho años de reclusión por entrar ilegalmente en el país. Gomes pasó un total de cuatro meses en prisión, y Carter, que en tiempos enseñó el catecismo en su iglesia, seguramente conoce la frase del Antiguo Testamento que dice: "Quien salva una vida, salva el mundo".

En cambio, en Cuba Carter trató repetidamente de reducir las expectativas de que Gross, un subcontratista del programa Usaid de ayuda a la democratización, fuera liberado durante su estancia en la isla.

Aijalon Gomes, cuya vida en un centro penitenciario norcoreano no fue lo que se dice placentera, había entrado en el país asiático ilegalmente. Gross, en cambio, llegó a Cuba de forma legal, y el draconiano castigo que se le impuso no tiene parangón en país alguno del mundo occidental. Al reducir las expectativas, Carter dio fin a cualquier presión sustancial sobre las autoridades cubanas para que liberasen a su compatriota.

Las peticiones a los Castro para que liberen presos políticos no son nada nuevo. Hay un viejo chiste en La Habana que dice que los líderes internacionales que visitan Francia reciben una obra de arte y una botella de vino, mientras que los que visitan Inglaterra se llevan un precioso libro firmado por la reina y los que van a Cuba se llevan un prisionero de Castro.

El reverendo Jessie Jackson fue a Cuba y consiguió llevarse una veintena de prisioneros políticos con muchos años de cárcel a cuestas. En respuesta a los ruegos del presidente francés François Mitterrand, La Habana liberó a Armando Valladares, que había pasado 22 años en prisión. Cuando el senador Edward Kennedy se lo pidió a Castro, éste permitió emigrar al poeta Heberto Padilla...

La verdad incuestionable es que los Carter tenían en el bolsillo la llave que podía haber abierto la celda donde sufre todavía Alan Gross. Ni Kennedy, ni Mitterrand ni Jackson eran más importantes para el régimen castrista que la campaña de Carter para acabar con el embargo estadounidense.

 

FRANK CALZÓN, director ejecutivo del Center for a Free Cuba.

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