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La izquierda, en el disparadero

La izquierda afronta grandes problemas en América Latina. La reciente elección de Sebastián Piñera, el primer presidente chileno de centro-derecha en varias décadas, se debió a la incapacidad demostrada por la coalición de centro-izquierda que ha gobernado Chile desde 1990. En toda la región se nota el desmoronamiento de la izquierda, que por mucho tiempo ha sostenido las riendas del poder.

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Los futuros historiadores probablemente determinarán que esta transformación comenzó con la negativa la sociedad y las instituciones hondureñas (Congreso, Corte Suprema, Defensor del Pueblo, Tribunal Supremo Electoral, partidos políticos, obispos católicos) a que el presidente Manuel Zelaya violara el orden constitucional al estilo chavista. Entre tanto, la izquierda populista se marchita porque sus políticas económicas se están hundiendo. El ejemplo más claro es Venezuela: recientemente, Chávez tuvo que devaluar la moneda, socavando así el poder adquisitivo de todos venezolanos, acribillados por la recesión, la inflación y el racionamiento de productos básicos y electricidad.

El aliado ecuatoriano de Chávez, Rafael Correa, no ha conseguido atraer inversiones en plantas eléctricas, razón por la cual ha tenido que racionar, también él, el consumo de electricidad. Esto no sorprende, ya que Correa decretó en 2008 el cese de pagos sobre un tercio de la deuda externa, con lo que destruyó el crédito de la nación. Por otra parte, recientemente su hermano fue acusado de corrupción, lo que no ha hecho sino agravar el descontento de la población y poner en duda que aquél pueda terminar su mandato.

Las cosas no están mejor para otros populistas, como Evo Morales, reelegido el pasado diciembre, ya que la situación económica boliviana se sigue deteriorando. Como informa The Economist, la producción de gas está en caída libre desde que el sector fuera nacionalizado (2006), y los inversionistas extranjeros se han asustado por las políticas izquierdistas del mandatario, todo lo cual hace prever un enorme déficit este año.

Pero la oposición al populismo está muy atomizada. Los latinoamericanos buscan alternativas tanto al populismo de hoy como a la oligarquía de ayer. El remedio no es ningún secreto: lograr que funcione el Estado de Derecho, con gobiernos limitados que respeten la propiedad privada, promuevan la creación de empleos productivos y abran los mercados a la libre competencia, todo lo cual favorece especialmente a los más pobres.

Esa realidad se comprueba al comparar Argentina con Australia. En 1900 eran, con sus inmensos recursos naturales y sus poblaciones de tamaño medio, dos de los países más ricos del mundo. Hoy, Australia sigue siendo una de las naciones más prósperas del planeta, pero la Argentina está en la ruina. La diferencia está en que Australia respeta los derechos de propiedad, tiene un gobierno limitado y abandonó el proteccionismo hace 30 años.

Pero todo cambio cultural es muy difícil. ¿Cómo se puede persuadir a millones de personas de que modifiquen unos hábitos que tienen profundamente arraigados? Pues, por ejemplo, introduciendo cambios en el ámbito de los incentivos. Las sociedades donde a las empresas se les incentiva para que generen riqueza son muy diferentes de las que priman el vasallaje y el compadreo políticos.

Igualmente importante es persuadir a la gente de que la adhesión al imperio de la ley beneficia a todo el mundo; no sólo porque es eficaz, también porque es coherente con la justicia natural. Si las personas carecen de sentido moral, es muy difícil que resistan los embates confiscatorios de los políticos.


© AIPE

SAMUEL GREGG, director de investigaciones del Acton Institute.