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La izquierda, Obama y el fascismo

Me molesta un poco cuando los conservadores llaman "socialista" a Barack Obama. Desde luego, el presidente es enemigo del libre mercado, y quiere que políticos y burócratas tomen las decisiones fundamentales en materia económica. Pero eso no significa que abogue por la propiedad estatal de los medios de producción, que es por lo que se define canónicamente el socialismo.  

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Lo que viene impulsando el presidente Obama es más insidioso: el control público de la economía aun cuando la propiedad quede en manos privadas. Así los políticos podrán manejar el cotarro y culpar a los empresarios cuando sus brillantes ideas nos lleven al desastre.

Si las cosas van bien, es gracias a mí; si van mal, es por tu culpa. Esa manera de ver las cosas es harto preferible para Obama, que puede recurrir a multitud de chivos expiatorios para explicar sus fracasos en vez de cargar siempre contra el presidente Bush Jr.

Si el Estado es el propietario de los medios de producción, habrá de asumir su responsabilidad cuando las cosas vayan mal, algo de lo que Obama huye como de la peste. 

La Administración Obama puede obligar, de forma absolutamente arbitraria, a las compañías de seguros a asegurar a los hijos de sus clientes hasta que tengan 26 años. Evidentemente, una medida así granjea a Obama la simpatía de la gente; pero si redunda en un aumento de las primas, entonces siempre puede atribuirse este efecto pernicioso a la "avaricia" de las aseguradoras.

El mismo principio, o la misma falta de principios, rige en múltiples ámbitos del sector privado. Es una artimaña política de gran éxito que puede adaptarse a toda suerte de situaciones. 

Una de las razones de que los analistas pro y anti Obama puedan ser reacios a considerarle fascista es que unos y otros tienden a aceptar la noción imperante que sitúa el fascismo en la derecha del espectro político y al presidente demócrata en la izquierda.         

Pues bien, resulta que allá por los años 20 del siglo pasado, cuando el fascismo era una novedad política, general y apropiadamente se lo encuadraba en el ámbito de la izquierda. El gran libro de Jonah Goldberg Liberal fascism (Fascismo progresista) aporta pruebas abrumadoras del afán fascista por alcanzar los objetivos de la izquierda, y de que la izquierda consideraba de su cuerda a los fascistas.         

Durante los años 20, el padre del fascismo, Benito Mussolini, era adorado por la izquierda tanto en Europa como en América. Incluso Hitler, que adoptó por entonces las ideas fascistas, era considerado por algunos, como W. E. B. Du Bois, como un hombre de izquierdas.

Fue durante los años 30, cuando los desmanes de Hitler y Mussolini repugnaron al mundo, que la izquierda se distanció del fascismo y de su vástago alemán, el nazismo, y se los endilgó a la derecha, para que sus rivales pecharan con semejantes parias internacionales.

El socialismo, el fascismo y otras ideologías de izquierda tienen en común la idea de que cierta gente sabia –los capitostes de la izquierda, sin ir más lejos– tiene que tomar las decisiones por la gente de inferior nivel e imponer las mismas por decreto.

La de la izquierda no es, pues, sólo una visión sobre el mundo, también sobre los propios líderes izquierdistas, seres superiores que persiguen fines superiores. Visión que choca directamente con lo recogido en nuestra Constitución, que comienza con el célebre "Nosotros, el Pueblo...".          

He aquí por qué la izquierda lleva más de un siglo tratando de relajar o esquivar las limitaciones constitucionales al Gobierno mediante nuevas interpretaciones de nuestra ley suprema por parte de jueces progresistas, basadas en la noción de "Constitución viva", por la cual las decisiones tienen que pasar de las manos de "Nosotros, el Pueblo" a las de nuestros benefactores.           

El narcisismo ínsito a la cosmovisión izquierdista hace que sus seguidores desarrollen un ego increíble, por lo que los meros hechos no les harán cambiar de ideas. Sólo si tomamos en cuenta la trascendencia de lo que está en juego podemos salvarnos de la demoledora presunción de nuestros ungidos, ya se les conozca por socialistas o por fascistas.

Si les compramos su retórica embriagadora, estaremos vendiendo nuestra libertad.


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