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La OEA, más de lo mismo

Manuel F. Ayau Cordón

A mediados de junio se celebró en Santo Domingo la asamblea anual de la OEA, ese concurso de lamentos y discursos demagógicos. Se destacó en las peroratas la confesión de impotencia para mantener el orden y la paz. Ante esa confesa incompetencia, la solución que se les ocurre es una mayor intervención y pedir donaciones a los países ricos.

No faltó en ninguna disertación las frases obligadas en respaldo de una mayor educación, tampoco las críticas sobre las desigualdades de riqueza. Nadie sugiere los remedios obvios contra la violencia por miedo a ser acusado por las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos (de los delincuentes más que de las víctimas). Esta reunión de la OEA no augura a Latinoamérica un futuro de orden y tranquilidad.
 
El espectáculo de la OEA causa pesimismo, pues pone de manifiesto el fracaso de los sistemas de gobierno que han impedido el enriquecimiento de los pueblos, y no se vislumbra una mejoría porque no se reconoce que el problema es, precisamente, el sistema de gobierno presidencialista, y no de ley. Por ejemplo, el recientemente electo presidente del Perú, Alan García, advierte de que no quiere un ministro de Economía estatista ni globalista. ¿Acaso no es sintomático que diga semejante disparate al día siguiente de su elección?
 
En Brasil, Bolivia, Paraguay, Venezuela, Guatemala, y tantos otros países latinoamericanos, la lamentable pobreza de la gente la lleva a reclamar tierras. En Brasilia asaltaron el Parlamento, y los políticos no saben qué hacer porque debilitar el respeto a los derechos de propiedad también tiene costosas consecuencias electorales. La pobreza no se debe a falta de educación sino a falta de oportunidades de trabajo. La India, que fue el país con los pobres más educados del mundo, no comenzó a mejorar económicamente hasta que se comenzaron a eliminar los impedimentos al desarrollo.
 
Un Gobierno no puede crear puestos de trabajo sino destruyendo otros en otros sectores de la economía, ya que no tienen recursos que no provengan de privar a otros sectores de los suyos; el resultado social neto de esas transferencias es necesariamente negativo.
 
La falta de oportunidades de trabajo es consecuencia del desestímulo derivado de los sistemas de gobierno que prevalecen en nuestro hemisferio:
 
– Una legislación impositiva que significa un aplastante impuesto al rendimiento de las inversiones.
 
– Incentivos empobrecedores derivados de la inflexible legislación laboral.
 
– Trabas al comercio internacional.
 
– Falta de seguridad de las personas, de sus bienes y sus contratos.
 
– La tan pomposa como hipócrita influencia de entidades internacionales que, movidas por ideologías caducas de izquierda, se dedican a mantener la zozobra, el descontento y la pobreza en América Latina.
 
Dada la consistencia de las infames intervenciones de las instituciones multilaterales, ya cuesta mucho conceder el beneficio de la duda a sus "buenas" intenciones. ¿Serán desaciertos casuales o deliberados?
 
El Banco Mundial informa de que todos los países latinoamericanos, excepto Chile, son proporcionalmente más pobres hoy que en 1960. ¿Será que el nepotismo institucional hará perdurar los mismos criterios ideológicos hasta que lleguemos a tener hambrunas en los fértiles trópicos? ¿Será que el afán ideológico de lograr la igualdad seguirá impidiendo la eliminación de la pobreza?
 
Los países tienen dos opciones excluyentes: regirse por el mandato económico gubernamental o por normas de conducta sanas. La primera opción, el sistema imperante, ya la probamos. La otra es la igualdad ante leyes abstractas y generales que permiten a todos actuar libre y pacíficamente, respetando los resultados, necesariamente desiguales. ¿Por qué no probar la segunda opción, que no promete igualdad de resultados sino paz, menos pobreza y más riqueza? ¿Qué dice la OEA?
 
 
© AIPE
 
Manuel F. Ayau Cordón, ingeniero y empresario guatemalteco. Fundador de la Universidad Francisco Marroquín, fue presidente de la Sociedad Mont Pelerin.

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