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"POR AHORA": DIEZ AÑOS DE CHÁVEZ EN EL PODER

La oposición: ganar perdiendo

Ha amenazado con sacar los tanques a la calle, orquestado la inhabilitación de opositores, prometido que dejaría a dos velas a las gobernaciones que pierda su partido, jurado que meterá preso al gobernador del Zulia… Hugo Chávez no se presenta a las municipales y regionales del próximo domingo, pero está metido de lleno en la campaña. Con su habitual estilo, mezcla de desvergonzada alharaca y matonismo tabernario, y sus acostumbradas artes cisorias: poner los recursos del Estado al servicio de sus intereses partidistas.

Ana Nuño
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Nada nuevo, aparentemente. Chávez ha ejercido su presidencia como si siempre estuviera en campaña, electoral o militar, qué más da: este individuo no sabe distinguir entre la una y la otra. Sin ir más lejos, el viernes pasado la televisión estatal, VTV, emitió en sus informativos de la noche un vídeo muy instructivo: un comando de las Fuerzas Especiales de la Guardia Nacional hace una demostración de sus nada pacíficos métodos de disuasión, que concluye con esta advertencia: "Las Fuerzas Especiales (…) están dispuestas a realizar cualquier tipo de sacrificio que sea necesario para garantizar su derecho al voto en estas elecciones del 23 de noviembre".
 
A Hugo Chávez le encanta crispar. Es la envidia, no lo dudo, del escudero Pepiño Blanco y de su amo y señor, Lancelot de la Ceja. La crispación a la manera de Chávez es la "movilización permanente". ¡Ay, si Trotsky lo hubiera sabido, cuántos quebraderos de cabeza (nunca mejor dicho) se habría ahorrado! Chávez, como el padrecito Stalin, sabe muy bien que los tiranos conservan el poder en la medida en que logran convencer a sus súbditos de que sin ellos lo que les aguarda es, como poco, Armagedón. Après moi, le déluge, que dicen los veterotestamentarios galos.
 
Para imponerse o imponer sus propuestas, el militar venezolano ha aplicado su método crispador, no por basto menos efectivo, en los nueve comicios posteriores a su primera elección de diciembre de 1998. Para refrescar la memoria:
– 25 de abril de 1999: referéndum consultivo a la convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente.
 
– 25 de julio de 1999: elección de los integrantes de la Asamblea Nacional Constituyente.
 
– 15 de diciembre de 1999: referéndum aprobatorio de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.
 
– 30 de julio de 2000: primeras elecciones presidenciales, parlamentarias y regionales de la República Bolivariana de Venezuela.
 
– 15 de agosto de 2004: referéndum consultivo sobre la revocación del mandato del presidente de la República.
 
– 31 de octubre de 2004: elecciones regionales, a alcaldías y gobernaciones.
 
– 4 de diciembre de 2005: elecciones parlamentarias, a la Asamblea Nacional, al Parlamento Latinoamericano y al Parlamento Andino.
 
– 3 de diciembre de 2006: elecciones a la Presidencia de la República.
 
– 2 de diciembre de 2007: referéndum consultivo sobre la Reforma de la Constitución.
Esta enumeración debiera bastar para disipar el más tenaz malentendido sobre Chávez y su peculiar manera de entender la democracia y adaptarla a sus propósitos. Un malentendido cultivado por algunos medios en Venezuela y la mayoría de los medios foráneos. No, Chávez no ha "liquidado" la democracia en Venezuela: la ha multiplicado exponencialmente. Hasta la caricatura. Otra cosa es que, por exceso de "democracia participativa", la legitimidad y hasta el sentido mismo de los procesos democráticos acaben sucumbiendo a los efectos de un ataque de bulimia.
 
Algunos síntomas ya son visibles. Como suele ser el caso con la bulimia, quienes padecen esta enfermedad a menudo cultivan también su exceso contrario, la anorexia. La antipolítica, para llevar la metáfora al cuerpo social. Una patología que afecta a los venezolanos desde antes de 1998 y que, de hecho, es responsable parcialmente del primer triunfo electoral de Chávez. Una mayoría de venezolanos dio la espalda en aquella década a unos partidos políticos notoriamente ineficaces y corruptos. La inteligencia de Chávez ha consistido en explotar ese rechazo en beneficio propio, pero sobre todo en comprender que la manera más eficaz de invalidar en el futuro cualquier propuesta política alternativa consiste en plantear las contiendas electorales en clave maximalista. O todo o nada, Venezuela o los enemigos de la patria. Como buen populista demagogo, Chávez sabe que un debate racional sobre opciones políticas realistas le sería letal.
 
De ahí una aparente paradoja: mientras la opinión pública se decanta mayoritariamente por el partido de los que no toman partido, Venezuela se ha convertido en el paraíso de la hiperpolítica. Es decir, mientras una mayoría de venezolanos es políticamente anoréxica, las actuaciones del Gobierno y de todos los partidos, oficialistas y de oposición, son desatadamente bulímicas. Si antes de Chávez la política era percibida por un número considerable de venezolanos como un juego de poder divorciado de los intereses y problemas reales de los ciudadanos, con Chávez éstos han visto cómo todas las parcelas de sus vidas adquieren sentido político. Este es el contexto, por sólo citar un ejemplo de hiperpolitización, en el que Chávez ha desplegado su discurso guerracivilista, que ha sido una constante desde su primera elección. Dividir a los venezolanos en buenos y malos según su pertenencia a determinados colectivos o clases sociales ha resultado ser una herramienta muy útil para un dirigente que busca mantener a la sociedad permanentemente movilizada y en estado de alerta. Como buen populista que es, Chávez ha comprendido que su peor enemigo es el desafecto de los venezolanos hacia la política, un desafecto que en el pasado le permitió a él, precisamente, acceder al poder.
 
De ahí el fenómeno, sorprendente para un observador desatento, de una sociedad que en diez años ha pasado de pasar de sus políticos a llevar a la calle cualquier manifestación de apoyo o disenso ante las políticas del Gbierno. Un fenómeno certeramente descrito por Naomi Daremblum:
Esta práctica constante de la democracia callejera ha convertido a Venezuela en lo que sólo puede describirse como una hiperdemocracia, un Estado en el que las pasiones políticas gobiernan y ninguna de las partes parece capaz de proponer soluciones responsables. Venezuela atraviesa una terrible crisis política, pero no por falta sino por exceso de democracia. Venezuela vive un experimento político en el que se ha puesto en práctica una concepción mesiánica de la democracia a través del orden jurídico, y en el cual las clases populares, hoy convencidas de que la participación política se traduce en salvación, gobiernan directamente con y a través del presidente, evitando todas las demás instituciones salvo, tal vez, el ejército. Como lo puede afirmar cualquier taxista de Caracas, con Chávez gobierna el pueblo. Carl Schmitt habría aplaudido.
Fiel a su costumbre de sacar de quicio cualquier consulta en las urnas, Chávez acaba de anunciar: "El 23 de noviembre se juega mi destino y el de Venezuela". Nada menos. Ha pasado así de la hiperpolítica al delirium tremens. Por exagerar, que no quede. Pero algunos analistas, ante el desmadre verbal de Chávez, han alertado de la posibilidad de que el mandatario venezolano suspenda in extremis la consulta. Hipótesis poco probable, a estas alturas. La verdad es que a Chávez le conviene tensar al máximo el ambiente para movilizar a la masa de prochavistas que, por primera vez de manera significativa, se abstuvo en una consulta nacional, la del referéndum del 2 de diciembre de 2007. Así lo interpreta, por ejemplo, Teodoro Petkoff:
La dureza de la campaña de Chávez no es para suspender las elecciones sino para que tengan lugar, pero en el contexto de mayor crispación, de mayor tensión e incertidumbre. Sus provocaciones no son para suspender las elecciones sino para crear el clima que él considera más favorable: el de la repolarización del país (ya bastante atenuada en sus peores expresiones de violencia física, sobre todo en los sectores populares, porque la clase media sigue muy enconada). Recoger el electorado que se le escurrió entre los dedos el 2-D requiere, en su óptica, crear el ambiente de: "Síganme los míos, que los enemigos me quieren matar", para despertar el reflejo condicionado: "Estoy tibio con el comandante, pero si se trata de su vida, vamos otra vez con él".
Conviene no olvidar que lo que está en juego en las elecciones del domingo 23 de noviembre es la renovación de los cargos públicos en alcaldías y gobernaciones. Pero si las expectativas que ha generado la consulta parecen exceder tan desproporcionadamente su naturaleza, ello no responde sólo a la táctica hiperpolitizadora de Chávez: por primera vez desde su fracaso, en diciembre pasado, en el referéndum sobre la reforma de la Constitución, se dice que los partidos y candidatos de la oposición podrían alzarse, si no con una victoria rotunda, al menos con una ventaja significativa.
 
"Se dice". Venezuela es un país opaco, por decirlo de algún modo. No abundan las encuestas de opinión e intención de voto, y las que se publican son escasamente confiables. Ésta es, además de la más reciente, relativamente seria. Hay 45 municipios en los que la alternancia es posible, y 14 ciudades importantes que los candidatos de la oposición aspiran ganar. Pero a menos de una semana de los comicios, todas las quinielas parecen posibles. Hasta algún instituto de opinión se atreve a predecir una marea roja, un aplastante triunfo de los candidatos oficialistas. Pero la incertidumbre acerca de las predicciones de voto refleja también el hecho de que ni los candidatos opositores ni los analistas políticos hayan podido ponerse de acuerdo en qué supondría un triunfo de éstos o una derrota para el Gobierno. Eso sin contar con el hecho, también novedoso, de que en más de un estado el oficialismo aparece dividido. Esta es la buena noticia de las elecciones regionales: el chavismo, compuesto por grupúsculos y facciones más o menos bien amalgamados en el oficialista PSUV, comienza a resquebrajarse.
 
Petkoff cree que las elecciones podrían darle a la oposición "entre 3 y 6 gobernaciones y unas 100 alcaldías". Y añade:
Entre las gobernaciones, podrían contarse las de Miranda, Carabobo y Zulia, es decir las más importantes. Si ese fuera el resultado, sería magnífico: la oposición retornaría a centros de acción e iniciativa política, como gobernaciones y alcaldías (varias de las capitales de estados pueden ser ganadas), y eso la fortalecería significativamente. Desde luego, entraríamos en otra zona de conflicto: la que crearía la existencia de gobernaciones no chavistas (…) y la intención de Chávez de superponer sobre las gobernaciones unas llamadas autoridades regionales, nombradas por él, a semejanza de los gauleiters que Hitler encaramó sobre los gobiernos de los länder alemanes o de las autoridades que Putin colocó encima de los gobiernos elegidos en los 89 miembros de la federación rusa.
Así, ¿qué importancia es posible prever que tengan los comicios municipales y regionales del próximo 23-N? Según Ibsen Martínez, "mucha mayor de lo que cabe imaginar vistas desde lejos":
Victorias opositoras en casi la mitad de los estados acabarían con el esquema hegemónico de Chávez. Como quiera que, tras su derrota del 2-D [el referéndum que puso fin al deseo de Chávez de perpetuarse en el poder merced a la figura de la "reelección indefinida"], Chávez tiene "fecha de vencimiento" en 2012, la lucha intestina entre el chavismo no puede sino tener carácter sucesoral. Es posible que a ello siga un período de gran turbulencia política. Un nuevo mapa político es, pues, inminente en Venezuela a partir de noviembre.
La siguiente reflexión es de Ramón Espinasa:
El presidente Chávez ha insistido en darle un carácter plebiscitario a las elecciones regionales, entre otras razones, porque percibe la debilidad de los candidatos de su partido, por lo muy poco que tienen que mostrar en cuanto a obras y acciones concretas de gobierno en la casi totalidad de las alcaldías y gobernaciones que controlan. Los resultados habrá que leerlos entre los candidatos adeptos al presidente y quienes no están de acuerdo con él. El país está dividido en dos mitades, entre quienes apoyan y se oponen al presidente. Esta realidad por primera vez se reflejará en cuotas concretas de poder. Creo que (…) la oposición obtendrá aproximadamente la mitad del voto popular, y ganará entre un cuarto y un tercio de las gobernaciones, pero las más importantes del país.
Sean cuales sean los resultados, la crispación no va a desaparecer del mapa político venezolano. Y si los resultados son claramente desfavorables a los candidatos oficialistas, lo más probable es que vaya en aumento. Para Chávez, concluye Espinasa, "es instrumental que la oposición gane cuotas de poder para mantener un estado permanente de tensión y conflicto en el país, que es como él se siente más cómodo gobernando".
 
 
Nota: Las citas no referenciadas son respuestas a cuestionarios que la autora de esta serie ha sometido a venezolanos –periodistas, escritores y especialistas en diversas áreas– en las últimas semanas.
 
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