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"POR AHORA": DIEZ AÑOS DE CHÁVEZ EN EL PODER

La política exterior: nuestro hombre en Caracas

Ana Nuño

Se conoce en Caracas como "el síndrome Maisto", que hubiera podido ser el título de una novela de Graham Greene, pero que no es ficción sino Realpolitik pura y dura. John Maisto, el primero de los cinco embajadores de Estados Unidos despachados a Venezuela desde 1997, sentenció hace diez años: "Hay que fijarse en lo que [Chávez] hace, no en lo que dice".

Maisto resumía en su proconsular frase la añeja doctrina del mirar a otro lado. De la que algo saben, sin ir muy lejos, los miles de vascos que desde hace treinta años se ven obligados a abandonar la bucólica Euskadi de las bombas-lapa y el tiro en la nuca, y los ciudadanos de Cataluña que están hartos de no poder escolarizar a sus hijos en la lengua oficial del Estado español o tener que pagar multas por no poner los rótulos de sus comercios en catalán, arropados por el mirar a otro lado de sus gobernantes y muchos de sus vecinos. Una doctrina de probada eficacia en las relaciones entre poderes y potencias, y en el simple ir tirando día a día, que traducida al lenguaje de la calle viene a decir: "Mientras no afecte a mis intereses, no me doy por enterado".
 
Como dice Aníbal Romero, los intereses de Estados Unidos en Venezuela se ordenan en una escala de pocos pero diáfanos tramos: "En primer lugar el petróleo, en segundo lugar el petróleo y en tercer lugar la democracia venezolana". Recientemente ha sido noticia la expulsión de Patrick Duddy, apenas un año después de su llegada a Caracas, en lo que sin duda es una muestra más de la chapucera utilización por Chávez de las relaciones internacionales de su país con fines de propaganda interna. Pero se suele reparar menos en la también errática y oportunista diplomacia estadounidense en el país caribeño: ninguno de los otros cuatro embajadores del Imperio que precedieron a Duddy en el cargo se ha detenido en lo que Chávez dice, desde luego, pero tampoco a ninguno de ellos parece haberle importado lo que realmente hace el presidente venezolano. Mientras Venezuela, parece ser la orden emanada del Departamento de Estado, siga vendiéndonos su petróleo, qué más da lo que haga con los dólares que le entregamos a cambio. Por ejemplo, prolongar la agonía de la dictadura cubana, patrocinar y financiar a Evo Morales y a Cristina Kirchner, dar trato preferente en sus relaciones comerciales al Ecuador de Rafael Correa y a la Nicaragua de Daniel Ortega, e incluso convencer de las bondades de su talonario petrolero a la Guatemala de Álvaro Colom, a la República Dominicana de Leonel Fernández y al supuestamente derechista Manuel Zelaya de Honduras.
 
El back yard latinoamericano siempre ha sido eso, desde Adams y Monroe: un pinche patio trasero, donde se puede dejar que crezcan los hierbajos y toda clase de plantas parásitas mientras no obstruyan el sendero de baldosas amarillas que conduce a Ciudad Esmeralda, vulgo Washington. Por esa razón, y contrariamente a las apariencias, los vínculos con Estados Unidos de un país como Venezuela se comprenden menos en el clásico contexto de las relaciones internacionales que en el pragmático de los intereses económicos y comerciales. Si se tiene esto presente, se verá que las gesticulaciones antiimperialistas de Chávez pertenecen sobre todo al género de las baladronadas para la galería. Habrá que retomar el tema, pues, cuando hablemos de petróleo. Es decir, de cosas serias, que siempre son las de comer.
 
Hugo Chávez.Pero que la doctrina oficial del principal socio económico de Venezuela sea desatender lo que dice Chávez y no darse por enterado de lo que hace no quiere decir que Venezuela haya renunciado a hacer diplomacia. En realidad, en los diez últimos años, bajo la batuta del baladrón militar que lo gobierna, este país ha dado un giro de ciento ochenta grados a sus relaciones internacionales. Antes de Chávez, Venezuela se había ilustrado, en su política exterior, como buen alumno de la ONU y otros foros multilaterales, promotor de mecanismos de diálogo y concertación, como el Grupo Contadora, y miembro del primer espacio de integración regional de América Latina que fue el Pacto Andino, del que salió "intempestivamente" en 2006, en un gesto que Angelina Jaffé considera de una irresponsabilidad "infinita". Gracias a Chávez, Venezuela ha pasado a brindar apoyo logístico y ayuda financiera a las FARC y dejar que ésta campe a sus anchas en su propio territorio, servir de facilitador entre la narcoguerrilla colombiana y los terroristas de ETA, estrechar vínculos comerciales y militares con países de impecable trayectoria democrática como Bielorrusia y China, apoyar la política nuclear de Irán y renovar su equipamiento militar comprándoselo al "amigo" Putin. Difícil concebir más radical cambio en el sentido y orientación de las relaciones internacionales en tan pocos años.
 
Hay quienes tratan de vender la nueva doctrina diplomática venezolana como una reactivación del Movimiento de Países No Alineados. Aparte de que este foro es hoy un dinosaurio momificado, testigo del periodo glaciar de la Guerra Fría, la verdad es que Chávez está perfectamente alineado,. y además sabe con qué regímenes, movimientos o personajes quiere alinearse y con qué finalidad. Otra cosa es que su gesticulación y bravatas antiimperialistas parezcan sólo un grotesco y anacrónico espectáculo, y que resulte, como señala Jaffé, "un tanto patético el deseo de Chávez de querer revivir la crisis de los misiles de los años sesenta y servir de tonto útil a Putin". El caso es que la Venezuela de Chávez, a punta de talonario y petrodólares, está sirviendo de plataforma en el continente americano a las políticas más agresivamente antidemocráticas del planeta.
 
A juicio de Teodoro Petkoff, que es un experto en las izquierdas latinoamericanas, no hay motivos para ser tan pesimista. Entre otras cosas, porque la influencia real de Chávez en la zona es bastante menor de la que se le supone:
Chávez ha venido perdiendo influencia, cualitativamente hablando, en Suramérica, pero no está aislado, ni mucho menos, porque la gorda petrochequera le da margen de maniobra. Pero en Brasil, Uruguay, Chile, ya es un personaje más o menos irrisorio, los gobiernos de estos países aprovechan sus dólares y hacen negocios (Brasil tiene una balanza comercial con nosotros favorable en casi 5.000 millones de dólares, desde 200 millones en 1998), pero políticamente marcan distancias. Lula no soporta a Chávez; Tabaré se ha vuelto glacial con él y Bachelet es apenas correcta. Cuidado con Correa: no es un clon de Chávez, tiene un proyecto propio y cuando es necesario marca distancias con él. La influencia de Chávez es muy grande en el Caribe y Centroamérica. Petrocaribe es un notable instrumento de geopolítica, realmente muy "generoso" (Óscar Arias dixit, con razón) y le asegura la neutralidad, cuando no el apoyo, de esos países. De resto, el ALBA es un club de pequeños países sin peso específico, excepto Bolivia.
Sin embargo, a veces las gesticulaciones de Chávez producen escalofríos. Edgar Cherubini evoca algunas de las más recientes y visibles y sus previsibles consecuencias para Venezuela:
El haber trasladado al Caribe la nueva versión de la guerra fría al ceder las bases militares del país para maniobras rusas habla de [la] temeridad [de Chávez] (…) En septiembre, un escuadrón de bombarderos atómicos operaron desde bases militares venezolanas realizando vuelos de reconocimiento en el Caribe, lo que hizo sonar las alarmas y revivió de inmediato el fantasma de la crisis de los misiles, que en los años sesenta estuvo a punto de provocar una guerra nuclear. Un mes después, esos mismos aviones estaban operando desde bases militares venezolanas. Todo esto para alimentar el ego de nuestro excéntrico personaje, quien no contento con habernos involucrado en el conflicto nuclear en progreso entre Irán y sus satélites terroristas del Medio Oriente contra Israel, USA y la UE, al haber firmado dos docenas de tratados y convenios estratégicos con Irán y Siria, con esta nueva decisión se convierte en actor de reparto y a los venezolanos en dobles o stunts (…) de una película de acción, terror y suspenso que, como en el anterior período de guerra fría, seguramente no producirá un enfrentamiento directo entre superpotencias, pero que sin duda intensificará las presiones diplomáticas y económicas, sospechas y complots, en fin graves daños colaterales que terminarán sacando del juego a Venezuela en el contexto de las ligas mayores de la geopolítica internacional.
De los estrafalarios patrocinios que Chávez brinda a lo más granado de las actuales autocracias y teocracias y los restos varios de los totalitarismos de izquierdas, parecen especialmente preocupantes las facilidades que le ha otorgado a Hezbolá para que opere en y desde Venezuela. Con el nombre de franquicia de Hezbollah América Latina, esta organización terrorista aparentemente tiene una base en Venezuela, desde la que opera en este país y en Colombia, cuya presencia y actuaciones han sido denunciadas por el Centro Simon Wiesenthal. Asimismo, son novedosos a la par que muy preocupantes los recientes brotes de antisemitismo en un país como Venezuela, que se había librado hasta ahora del cultivo de esta funesta tradición. Desde su espacio televisivo, uno de los chavistas más prominentes, Mario Silva (candidato en las próximas elecciones regionales a la gobernación del estado Carabobo), lanza verdaderas soflamas antisemitas, y el mismo presidente adopta el discurso clásico de los antisionistas judeófobos de izquierdas.
 
Por todas estas razones, más valdría fijarse mejor en lo que dice y hace Chávez.
 
 
Nota: Las citas no referenciadas son respuestas a cuestionarios que la autora de esta serie ha sometido a venezolanos –periodistas, escritores y especialistas en diversas áreas– en las últimas semanas.
 
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