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TURQUÍA

La verdad sobre el genocidio del pueblo armenio

¿Fueron los armenios víctimas de un genocidio durante la Primera Guerra Mundial? En el momento de los hechos nadie lo consideró como tal; principalmente, porque la palabra genocidio aún tardaría treinta años en adquirir carta de naturaleza. Ahora bien, quienes se propusieron dar a conocer al mundo lo que estaban haciendo los turcos encontraron otros términos para describir esa matanza de colosales dimensiones, patrocinada por el Estado otomano.

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El New York Times, que sólo en 1915 dedicó 145 artículos a la cuestión, hablaba de matanzas "sistemáticas", "deliberadas", "organizadas por el Gobierno"; incluso hacía referencia a una "campaña de exterminio". En su edición del 25 de septiembre de aquel año podía leerse el siguiente titular: "Armenia, amenazada de extinción"; y en la noticia a que éste daba paso un funcionario afirmaba que los turcos estaban embarcados en "la aniquilación de todo un pueblo".
 
Los diplomáticos destacados en la zona también sabían que se estaba perpetrando un genocidio avant la lettre. Los informes consulares norteamericanos filtrados al Times informaban de que los turcos habían desatado una "guerra de exterminio" contra los armenios, "especialmente contra los adeptos a la Iglesia Gregoriana, de la que forman parte el 90% de los armenios". En julio de 1915 el embajador norteamericano, Henry Morgenthau, telegrafió a Washington que el "crimen racial" estaba en curso. Se trataba, decía, de "un intento sistemático de extirpar a las pacíficas poblaciones armenias y (...) llevar a ellas la destrucción y la miseria". Morgenthau resaltaba que lo que estaba sucediendo no era una serie de estallidos fortuitos de violencia, sino una matanza a escala nacional "dirigida desde Constantinopla".
 
Otro diplomático norteamericano, el cónsul Leslie Davis, describió con todo detalle el "reino de terror" que hubo de contemplar en Harput y en las inmediaciones del lago Goeljuk, donde yacían "miles y miles" de cadáveres de armenios asesinados. Las deportaciones masivas –centenares de miles de armenios fueron cargados en vagones de mercancías y enviados a morir al desierto, cuando no se les puso directamente en manos de los escuadrones de la muerte– eran mucho peores que las matanzas in situ, según Davis. "Mucha gente escapa de las matanzas, mientras que una deportación como las que aquí se estilan equivale a la muerte más terrible para casi todo el mundo".
 
Nos han llegado descripciones, algunas debidas a misioneros norteamericanos, de las "terribles torturas" de que hablaba Morgenthau. Las mujeres y las niñas eran violadas y, después, obligadas a caminar desnudas bajo el sol abrasador. Muchas víctimas fueron crucificadas sobre maderos; mientras agonizaban, los turcos se mofaban de ellas diciéndoles: "¡Que venga ahora tu Cristo y te ayude!". La agencia Reuters informó de que en una aldea hasta un millar de personas podrían haber sido encerradas en un edificio de madera y quemadas vivas, y, en otra nota, de que numerosos hombres y mujeres habían sido atados con cadenas y arrojados al lago Van.
 
Talaat Pasha, ministro del Interior cuando el Gobierno turco decidió liquidar a los armenios, no se paraba en barras a la hora de señalar el objetivo. "El Gobierno (...) ha decidido destruir por completo a dicha gente [los armenios], que vive en Turquía", escribió a las autoridades de Alepo. "Ha de ponerse fin a su existencia (...), y no debe prestarse consideración alguna a la edad o el sexo [de los perseguidos], ni a los remordimientos de conciencia".
 
El Gobierno turco sigue negando el genocidio del pueblo armenio, pero la evidencia histórica, recogida en trabajos como el impactante The Burning Tigris, de Peter Balakian, es impresionante. Aun así, muchos que saben lo que ocurrió, especialmente los integrantes de las Administraciones Bush y Clinton, así como destacados ex congresistas que hoy ejercen de lobbistas, como el republicano Bob Livingston y los demócratas Dick Gephardt y Stephen Solarz, son cómplices de Ankara en dicho negacionismo.
 
Particularmente deplorable ha sido la reticencia de ciertas organizaciones judías de primer nivel a llamar por su nombre al primer genocidio del siglo XX. Me refiero, por ejemplo, a la Anti-Defamation League, al American Jewish Committee y al American Israel Public Affairs Committee. Cuando Andrew Tarsy, director de la ADL para Nueva Inglaterra, se manifestó partidario de que el Congreso reconozca el genocidio armenio, fue inmediatamente despedido. La ola de protestas que siguió a esta decisión hizo que la ADL, finalmente, se echara atrás. De hecho, poco después reconoció que el asesinato de un millón de armenios a manos de los turcos otomanos en 1915 fue "realmente equivalente a un genocidio".
 
Las demás organizaciones deberían hacer lo mismo que la ADL. Su falta de disposición a reconocer que los turcos perpetraron un genocidio se explica por su temor a que empeore la situación de la ya asediada comunidad judía turca, o peligre la crucial relación militar y económica que Israel ha forjado con Turquía. Se trata de preocupaciones honorables. Pero no justifican que se guarde silencio ante un muy deshonroso ataque a la verdad. La negación del genocidio debería ser intolerable para todo el mundo, pero especialmente para quienes han hecho del "Nunca más" un principio sagrado.
 
Ahora que la violencia yihadista está derramando tanta sangre inocente, desde Darfur a las Torres Gemelas, disimular ante la yihad de 1915 sólo puede ir en beneficio de nuestros enemigos.
 
El genocidio perpetrado contra el pueblo armenio es un hecho histórico indiscutible. A quienes rehúsen admitirlo debería caérseles la cara de vergüenza.
 
 
JEFF JACOBY, columnista del Boston Globe.
 
La versión original de este artículo fue pubicada en el BG el pasado 23 de agosto, es decir, mucho antes de que el Comité de Exteriores de la Cámara de Representantes aprobara un dictamen en el que se califica de "genocidio" la matanza perpetrada contra el pueblo armenio en 1915. 
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