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EL SALVADOR

Las migraciones y el milagro indio

Usted sin duda ha oído que la gran emigración hacia EEUU desde que comenzó la guerra se debe a la enorme pobreza que hay en el país. Quizás no lo haya oído explícitamente, pero al menos inconscientemente es lógico sacar la inferencia de que, si somos el país de Centroamérica que más emigrantes envía a EEUU (y a otros del mundo desarrollado), y si la emigración depende únicamente de la pobreza, hemos de ser el país más pobre de la región.

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Es una conclusión que llena de gozo a muchos salvadoreños, y también, desgraciadamente, al gobierno, porque permite seguir creyendo que todo está mal y que tenemos justificación para no hacer nada por mejorar las cosas, porque somos el peor de todos los países del mundo y nada va a funcionar jamás. Lamentablemente, esta idea se ha convertido prácticamente en la religión nacional, y sin duda alimenta la sensación de depresión que permea el ambiente.

El problema es que no es verdad que seamos el país con el ingreso más bajo de la región. En realidad, nuestro PIB per cápita en paridad de poder de compra (PPP) es el segundo más alto de Centroamérica, sólo por detrás del de Costa Rica. Si la pobreza fuera el factor determinante en la emigración, Nicaragua (que tiene menos de la mitad de nuestro ingreso por persona), Honduras y Guatemala tendrían un porcentaje de ciudadanos radicados en EEUU muy superior al nuestro.

Bueno, podrá decir usted, defendiendo el prejuicio de que El Salvador es lo peor en todo: lo que debe de estar pasando es que la distribución del ingreso en nuestro país es tan mala que, aunque el ingreso por habitante promedio sea más alto que en otros lugares, a los pobres les llega menos dinero. Esto suena muy bien. El problema es que tampoco es cierto. La distribución del ingreso en nuestro país es la segunda más equitativa en Latinoamérica. "Aah –puede replicar–, pero entonces debe de ser que, aunque sea la mejor, la distribución del ingreso ha empeorado en los últimos años". El problema es que tampoco esto es verdad: El Salvador es el país que más avanzó en la última década en materia de distribución equitativa.

Como descubre rápidamente cualquiera que investigue un poco el asunto, las migraciones son un fenómeno muy complejo, en el que intervienen muchos factores, algunos negativos y otros positivos. Entre los primeros encontramos la violencia: no fue casualidad que las primeras migraciones en gran escala tuvieran lugar durante la guerra. Entre los segundos tenemos el espíritu empresarial, el deseo de superación y la existencia de redes de migrantes en el lugar de destino. Estos factores explican en gran medida por qué hay, proporcionalmente, más salvadoreños que hondureños, guatemaltecos y nicaragüenses.

Viendo objetivamente el fenómeno, salta a la vista que lo que los populistas gritan, como eso de que el flujo migratorio se detendrá sólo cuando suba el ingreso medio nacional, no funciona.

¿Qué puede hacerse, pues? Por supuesto, el gobierno debe dejar de asustar y desestimular la inversión; no para detener la emigración, sino para mejorar el ingreso de los salvadoreños, que es el objetivo que no hay que olvidar. También es necesario disminuir la criminalidad; de nuevo, no para detener la emigración, sino para mejorar la calidad de vida de los salvadoreños. Por otro lado, se impone dejar de pensar negativamente y pensar que, por ejemplo, el milagro económico de la India es en parte el resultado de un fenómeno migratorio similar al nuestro.

Los que han puesto los negocios que están haciendo posible el milagro económico indio son indios que han regresado a su país después de vivir (y incluso nacer) en EEUU, donde han disfrutado de una educación propia del Primer Mundo y podido desarrollar sus capacidades. Esto, que, repito, es lo que posibilita que la India esté progresando, es lo que no pueden imaginar los pesimistas, que sólo ven lo malo, deseosos como están de generar una lucha de clases.

Ojalá el gobierno aprenda la lección india.

 

© El Cato

MANUEL HINDS,ex Ministro de Finanzas de El Salvador y coautor de Money, Markets and Sovereignty (Yale University Press, 2009).

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