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Mesianismo andino y desgobierno en el Perú

La rebelión de Antauro Humala, a principios de enero, que buscaba la destitución del presidente Alejandro Toledo, costó la vida a cuatro valientes policías peruanos. No fue cosa de broma, y hay dos aspectos vinculados a ella a los que no se ha prestado suficiente atención. El primero es la coincidencia de Humala con el mesianismo andino del propio gobierno de Toledo. La ideología de Humala, el “etnocacerismo”, tiene un fuerte componente de política étnica. Humala ha pretendido reivindicar, con su descabellada rebelión, la raza indígena.

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Lamentablemente, ese mismo afán de reivindicación étnica ha estado también presente en la retórica del Gobierno; sobre todo, en los labios de la primera dama de la nación, la señora Eliane Karp de Toledo. ¿Acaso no se ha tenido conciencia de que hablar de “quinientos años de opresión”, culpar de nuestros males a los “blanquitos de Miraflores” y colgarse una chacana en el pecho abona el terreno para la aventura de un Humala?
 
El segundo aspecto del que tampoco se quiere hablar mucho es el alto nivel de aprobación que la rebelión de Humala tiene en la opinión pública. Según una encuesta reciente de la Universidad de Lima, llega al 34%. ¿Cómo explicarlo? La salida fácil es levantar el dedo índice y acusar a la falta de cultura democrática de los peruanos. Puede ser, pero considero que hay otros aspectos por tomar en cuenta.
 
Lo que explica el nivel de aprobación de la aventura de Humala es la ausencia de gobierno que se viene experimentando desde el año 2001. Al igual que en anteriores ocasiones, el Perú volvió a pasar de un gobierno demasiado fuerte a otro demasiado débil.
 
Esta situación se origina porque no se asignan las debidas prioridades a la provisión de bienes públicos, pero también por el extravagante juego político que se desarrolla en el Congreso de la República. Quien dé una vuelta por Lima verá cómo han proliferado las rejas, las vallas y los rompemuelles. Casi no hay manzana en la que no se tenga algún tipo de protección vecinal contra la delincuencia común. La inseguridad generada por el terrorismo de los años 80 y 90 ha sido sustituida en estos años por la generada por la delincuencia común.
 
El presidente del Perú, Alejandro Toledo.En ese contexto, el comportamiento errático del Congreso de la República –incapaz de castigar debidamente los desmanes de algunos de sus miembros– ha terminado configurando el caldo de cultivo propicio para un oportunista como Humala.
 
El 29 de octubre de 2000, cuando el gobierno de Fujimori agonizaba, Humala –valiente él– organizó una primera rebelión; lamentablemente, el jacobinismo subsiguiente lo amnistió. Ahora debemos tener claro que para revertir tal situación hay no sólo que castigar con todo el peso de la ley a él y a sus compinches, sino proceder a una profunda reestructuración de la política peruana.
 
El respaldo a la rebelión de Humala indica que una parte importante de la población peruana está profundamente alienada respecto del sistema político, al cual estima poco representativo y poco eficiente. La mejora en la representatividad del sistema político requiere una reforma electoral que acerque las autoridades a los ciudadanos. La mejora en la eficiencia requiere una reforma del rol del Estado en la economía.
 
Al igual que otros países de la región, el Perú requiere un Estado pequeño pero fuerte, concentrado en la defensa de los derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad frente a las amenazas, por lo pronto, de los delincuentes.
 
Esperemos que en el año y medio que le queda al gobierno de Alejandro Toledo se logre avanzar en ese sentido.
 
 
© AIPE
 
José Luis Sardón, director ejecutivo de la Sociedad de Economía y Derecho UPC.