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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Negro, pero no afroamericano

En estos últimos días ha habido movimientos en las candidaturas demócratas para las elecciones presidenciales de 2008. Se ha retirado Mark Warner, gobernador de Virginia, hombre centrista, joven y prometedor; en cambio, ha dado un paso adelante un personaje que hasta ahora se había descartado él mismo. Se trata de Barack Obama, senador por Illinois.

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Obama es un hombre joven, nacido en 1961. Tendrá 47 años en 2008, lo que parece prematuro. Pero Kennedy no era mayor cuando se presentó a las elecciones de 1960, y Clinton tenía 46 años cuando se presentó a las de 1992. Los resultados son bien sabidos.
 
Barack (que, como es bien sabido en España, se parece a una palabra árabe que por lo visto quiere decir "suerte") Obama se destapó en la Convención Nacional del Partido Demócrata con un discurso que le catapultó al estrellato inmediato. Cuando se lee, uno se pregunta por qué. Desgranó allí una serie de tópicos de los que siempre suenan bien: uno de sus abuelos luchó en la Segunda Guerra Mundial; le ayudaron los programas del New Deal; es importante que las tropas norteamericanas que luchan fuera se sientan apoyadas y respetadas por el resto del mundo; la división ideológica de Estados Unidos entre derecha e izquierdas es una ficción, en el mejor de los casos, y, en el peor, una fuente de problemas.
 
Para entender por qué tal derroche de lugares comunes tuvo un éxito tan descomunal y convirtió a Obama en una figura nacional de la noche a la mañana hay que tener en cuenta el contexto en que pronunció el discurso. Eran momentos de alta tensión ideológica. Más aún, se estaban enfrentando dos conceptos de la identidad y del papel de Estados Unidos en el mundo, encarnados por Kerry y Bush. Con su discurso, Obama volcó una cantidad casi ilimitada de lenitivo en el debate. De pronto, un hombre joven, de un estado importante, se atrevía, en voz medida, elocución elegante y tono que sonaba sincero, a evocar el ideal de una Norteamérica que parecía de otros tiempos: unida, segura, admirada.
 
En cuanto a sus posiciones, Obama se situaba en el centro izquierda clásico: a favor del aborto y de un mayor control sobre la venta de armas; adversario de las nominaciones judiciales de Bush; a favor de las uniones civiles y en contra de los matrimonios para personas de mismo sexo; a favor de las bajadas de impuestos para la clase media y de la subida para los más ricos. En su corta estancia en el Senado ha apoyado algunas de las propuestas de Bush, como las referidas a cuestiones educativas. Lo que le distingue de otros candidatos de su partido es su historia familiar.
 
Tiger Woods.Obama es negro, pero no exactamente un afroamericano. Así se lo reprochó, de hecho, su adversario republicano –afroamericano puro– en un debate televisivo. Obama no desciende de esclavos negros, sino de un keniata y una mujer de Kansas, con Hawai como escenario del encuentro que dio pie al matrimonio del que nacería el futuro político. Como ha escrito el analista Michael Barone, es una historia tan esencialmente norteamericana como la de Tiger Woods.
 
Desde que saltó a la fama, en 2004, Obama ha recibido frecuentes sugerencias, o halagos, para que empiece a prepararse para la candidatura a las presidenciales. Siempre las había rechazado… hasta que la semana pasada declaró que se lo estaba pensando. La meditación debe de venir de lejos. Obama publicó hace poco un segundo libro de reflexiones y recuerdos, y participó con su esposa en uno de los programas más populares de la televisión norteamericana, el de Oprah Winfrey.
 
El movimiento es interesante por varios motivos. En primer lugar, demuestra que dentro del Partido Demócrata sigue habiendo gente que piensa que el desplazamiento hacia la izquierda, que en los últimos tiempos parece haber desgastado a Bush, es, a medio plazo, suicida para los demócratas y acabará volviéndose contra ellos. Obama representa una política centrista, una propuesta urdida con tópicos manoseados, bien es verdad, pero al menos alejada de los radicalismos de Dean y compañía.
 
Por otra parte, tras la retirada de Warner, puede hacer daño a la gran candidata, Hillary Clinton. A diferencia de ésta, también empeñada en situarse en el centro, Obama no tiene una historia tan… turbulenta como la de la ex primera dama. No tiene por tanto que esforzarse por demostrar su pedigrí centrista, tiene la frescura de la juventud y no suscita la animadversión que haría de la Clinton una excelente candidata… para los republicanos. Muchos demócratas lo saben, aunque ella tenga detrás todo el aparato y el dinero que mueve su apellido.
 
Obama presenta el valor añadido de ser negro y mantener al mismo tiempo una posición realista, nada demagógica. Se niega a seguir dándole a la cuestión racial una prioridad política que ha dejado de tener en la sociedad. Es posible que esté pensando en 2012 más que en 2008, pero el problema entonces sería que tal vez tuviera que enfrentarse a un/a candidato/a demócrata saliente, lo que le pondría las cosas muy difíciles.
 
Puede que todo acabe convirtiéndose en un bluff, un suflé que se venga abajo en poco tiempo. Es verdad que no abundan los grandes líderes, pero incluso así es difícil apostar por una figura de peso tan ligero, por ahora, como Obama. Ahora bien, el movimiento es interesante.
 
Por cierto, hay que recordar que el primer senador negro o afroamericano del siglo XX fue un republicano, Edgard Brooke, por Massachusetts.

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