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Obama el Populista: la cabra tira al monte

El estilo de Obama es sincrético y contradictorio: un híbrido entre Sidney Poitier y Martin Luther King con flashes de Malcom X. Ahora bien, en él la negritud ideológica está más acentuada que en esos otros prohombres, lo cual no deja de ser curioso, teniendo en cuenta que es mulato y ha pasado por Harvard.

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Hay, además, en la imagen del presidente de EEUU, en su body language, algo que nos recuerda al adolescente negro que se viste de domingo para ir a la iglesia. En mi opinión, carece del aplomo, la normalidad y la madurez del negro republicano Colin Powell o del negro demócrata Harold Ford Jr.; de una negra conservadora como Condi Rice o de una negra liberal como Susan Rice. Por otra parte, después de su primer año en la presidencia, sigue habiendo un gap entre su retórica y la substancia de su política (reproche que ya le hizo Morgenthau a JFK).

En su reciente y primer discurso sobre el Estado de la Unión defraudó a muchos, incluso a un sector moderado de su propio partido; a aquellos que pensaban era el momento y la oportunidad de pivotar y centrarse. A diferencia del triangulador Clinton, Obama –lo he dicho y lo mantengo– es más un ideólogo consumido por sus convicciones; o un ensimismado incompetente como Carter: y, como éste, parece destinado a ser un OTP (One Term President). Si durante 2009 hirió gravemente la constitucional separación de poderes, manipulando corruptamente un Congreso controlado por los demócratas, en el referido discurso aprovechó para criticar la reciente resolución de la Corte Suprema sobre financiación de campañas y defensa de la Primera Enmienda –con los propios jueces sentados en primera fila–, con lo que no sólo vulneró en las formas, una vez más, la propia separación de poderes, sino que dio muestras de un grosero mal gusto, dadas las circunstancias en que se pronunció.

La explicación de tal talante no es sólo ideológica, sino que tiene que ver con la arrogancia elitista –una vez más, paradójicamente– de un político procedente de las minorías –racial e izquierdista–, mal educado en Harvard, que pretende ahora parecer populista, frente a la cultura política tradicional de los Estados Unidos. Durante el pasado año, los demócratas criticaron rabiosa y permanentemente el sano populismo transversal de los americanos que se han rebelado pacíficamente contra las políticas de Obama en movimientos espontáneos como los townhall meetings y las tea parties.

A tal arrogancia elitista se han sumado entusiastas los medios de comunicación infectados de obamamanía (pienso, por ejemplo en las revistas Time y Newsweek): no sólo son directamente responsables del ridículo culto a la personalidad de Obama, sino que han contribuido activa y militantemente a la descalificación del populismo tea party y de las protestas espontáneas –inspiradas en la claridad moral y el sentido común liberal-conservadores– que paralelamente han suscitado las apariciones públicas de Sarah Palin. Por cierto, son de antología la portada machista y los textos basura que dedicó Newsweek a la ex gobernadora de Alaska en su edición del 23 de noviembre pasado. Los textos-basura estaban escritos por Evan Thomas, hijo del líder histórico del socialismo americano, Norman Thomas, y él mismo filosocialista –y autor de una de las hagiografías más cursis, descaradas e infumables sobre Obama–, y por el caradura socialista británico Christopher Hitchens, que tiene la desvergüenza de llamar a la Palin "populista cínica" y reprocharle que haya sido en su juventud simpatizante del republicano conservador Pat Buchanan. Habiendo sido él mismo simpatizante de Trotsky (quien, por cierto, comparó a Norman Thomas con el fascismo), Hitchens tiene el cinismo de comparar a los admiradores de Sarah Palin con los fanáticos seguidores de William Jennings Bryan, olvidándose del detalle de que éste era un populista del partido demócrata que finalmente se aliaría con el líder progresista de la misma formación, e ídolo de toda la progresía contemporánea, W. Wilson, presidente de los EEUU desde 1913 hasta 1921.

Este socialismo anglo-americano de raíces fabianas (fueron precisamente fabianos como G. B Shaw y H. G. Wells quienes propugnaron la conveniencia de un "fascismo liberal", o progre, como documenta Jonah Golberg en Liberal Fascism), junto con el sindicalismo gangsteril, comunitarista y populista de Saul Alinsky y la teología roji-negra de Jeremiah Wright, dan como resultado más bien una especie de progresismo fascistoide. Al mantra de la revolución pendiente le ha sucedido el del cambio pendiente, como nos recordó Obama en su discurso; cambio al que el ex senador por Illinois no renuncia, a pesar de los pesares. Como no renuncia a su obsesión, tan demócrata, de erigir un sistema de sanidad pública universal superburocrático y controlado por el gobierno, al gasto y el déficit públicos sin límite, al engrandecimiento del Estado federal-sindicalista (herencia también de JFK, autor de la orden ejecutiva 10988 de 1962 sobre la sindicalización de los funcionarios y trabajadores federales)...

Al final, de nuevo nos hemos quedado sin saber qué ideas tiene para la política exterior, la seguridad nacional, la guerra contra el terrorismo (excepción hecha del anuncio inoportuno de la retirada de tropas de Irak), Guantánamo, los procesos pendientes contra terroristas, el nuevo fenómeno del yihadismo en el interior del país, etc. En política económica, todo lo que se le ocurre es atacar a los bancos y a Wall Street y abogar por el aumento de las exportaciones (yo le doy una idea: que empiece por exportar a sus asesores económicos, y de paso a Paul Krugman y al mismísimo Ben Bernanke).

La siembra está hecha, y en noviembre veremos la cosecha. Mientras tanto, el paro sigue subiendo y la cabra... tirando al monte. Como escribiría Ezra Pound sobre Mussolini, en una obra que Goldberg no menciona pero que es el modelo de la deriva fascista del pensamiento progresista americano: "Uomo di sinistra, sempre sinistra" (Jefferson and/or Mussolini. L'idea Statale. Fascism as I have seen It, Liveright, New York, 1935, p. 28).


© Semanario Atlántico

MANUEL PASTOR, catedrático de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid y ex director del Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard.

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