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Paisaje después de Massachusetts

Jorge Soley Climent

A pesar de la escasa importancia que la mayor parte de la prensa española –que ha vuelto a mostrar una vez más su miopía ideológica para todo lo relacionado con EEUU– ha dado a la elección de Massachusetts, lo cierto es que, a medida que pasan los días, cada vez resulta más evidente que la victoria del republicano Scott Brown es uno de los hechos políticos de mayor significado en aquel país desde la victoria de Barack Obama en las presidenciales de 2008.

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Los hechos son conocidos: el pasado agosto fallecía el senador Edward Kennedy, último representante (por ahora) de una de las dinastías políticas más influyentes del país, afamado izquierdista e impulsor incansable de una seguridad social en manos del Estado; su puesto tenía que ser ocupado por el ganador de una elección atípica e imprevista. Pues bien, la victoria de Scott Brown, un republicano que se presentó como el hombre que haría descarrilar la reforma sanitaria de Obama, casi tan imprevista como el fallecimiento de Ted Kennedy, ha provocado un auténtico seísmo en la política estadounidense.

A modo telegráfico, podemos señalar las siguientes lecturas de un suceso ciertamente enjundioso:

– La caída de la Casa Kennedy

Edward Kennedy era el patriarca del clan más emblemático de la izquierda norteamericana. Los Kennedy apoyaron a Barack Obama como medio de oponerse al otro gran clan demócrata, el de los Clinton. Poco podían imaginar que el final de su hegemonía en Massachusetts, probablemente el estado más izquierdista de todo Estados Unidos, estaba tan próximo: el que ahora ha ganado Brown pertenecía desde hacía 57 años a los Kennedy, que se han visto desarbolados por los vientos de cambio que soplan por toda América.

– Nunca te dejes llevar por el cortoplacismo

En 2004 los demócratas de Massachusetts votaron una ley que quitaba al gobernador el poder que tenía para nombrar un senador interino que acabara el mandato en caso de producirse una vacante en uno de los dos escaños del estado en el Senado. Se trataba de evitar que el entonces gobernador, el republicano Mitt Romney, pudiera nombrar a un miembro del GOP para que ocupara el sitio de John Kerry, el otro senador por Massachusetts, a la sazón candidato a la presidencia. Con la antigua legislación, el ahora gobernador demócrata, Deval Patrick, hubiera nombrado al sucesor de Ted Kennedy y Obama se hubiera ahorrado el varapalo que se ha llevado. La moraleja es evidente.

– Obama pierde el control

Mientras todo se reducía a soltar discursos emotivos, la cosa funcionó; pero desde hace un tiempo y cada vez más se exige a Obama que actúe. Y Obama no parece sentirse muy a gusto con su nuevo papel. Fracasó en China, en la defensa de la candidatura de Chicago a las Olimpiadas y en la Cumbre sobre el Cambio Climático. Pero sigue insistiendo en la retórica, como ese clown en horas bajas que insiste en explicar por enésima vez su chiste gastado. El fin de semana en que debía saborear los placeres del primer aniversario de su llegada a la Casa Blanca, Obama tuvo que dedicarse a hacer campaña en Boston; y volvió a fracasar de modo estrepitoso.

En un año, Obama pasó de parecer el Mesías a tener problemas para salvar el escaño de Kennedy. Y, como decía un comentarista: si ha perdido ese escaño es que puede perder cualquiera. Massachusetts tenía hasta ahora sus dos senadores, la totalidad de sus congresistas, el gobernador y sus dos cámaras estatales en manos del Partido Demócrata: perder el estado progre por excelencia (cuando, en 1972, Nixon arrasó a McGovern, el único estado en el que ganó éste fue, precisamente, Massachusetts) es, pues, tremendamente significativo.

– Pierden los progres elitistas

En Francia los llaman la gauche caviar, progres izquierdistas con gustos caros y dinero para pagarlos, elitistas que miran por encima del hombro al populacho conservador. Cuando Scott Brown hizo campaña, pueblo a pueblo, en su pick-up truck, respondieron con burlas. Su desconexión respecto de la gente normal no les permitió entender qué estaba sucediendo.

– Los conservadores no están muertos

Qué lejanas resuenan ahora esas voces que hace un año decretaban la extinción del conservadurismo. Daily Kos titulaba "El conservadurismo ha muerto y no va a volver", y hasta Bill Kristol escribió: "El 20 de enero de 2009 marcó el fin de la era conservadora". La historia enseña que, en estas cuestiones, es mejor ser precavido. Ya son muchos los que afirman que la elección de Obama fue un momento de intenso significado emocional, pero que la realidad y el paso del tiempo se han encargado de devolver las cosas a su sitio.

– El continuo declinar de Obama

El derrumbe de popularidad del presidente es indiscutible. Si en el estado de Massachusetts llegó a contar con una ventaja de 26 puntos, ahora Brown ha ganado la banca senatorial con un 52% de los votos, mientras que la demócrata Martha Coakley hubo de conformarse con un 47%. Lo normal sería que las elecciones de noviembre, casi a medio mandato presidencial, nos dijeran algo sobre la buena o mala salud política de Obama. Las de Massachusetts han adelantado en 10 meses un diagnóstico poco prometedor para el demócrata, al que han debilitado prematuramente.

La reacción de Obama a la derrota, cargándole la culpa a Bush ("La gente está enfadada y frustrada, no sólo por lo que ha ocurrido en el último año, sino por lo que ha ocurrido a lo largo de los últimos ocho años. Lo que ha llevado a Scott Brown a su escaño es lo que me llevó a mí a la presidencia"), no parece que le vaya a ayudar mucho a recuperar el prestigio. El parecido con la estrategia zapateril de echar la culpa de cualquier cosa a Aznar y su gobierno es evidente; pero lo que en España funciona no cuela en Estados Unidos. Además, mientras la deuda pública creció con Bush 3 billones de dólares en ocho años, Obama la ha hecho crecer, en tan solo un año, 3,3 billones. Y aún quiere más. Y el desempleo sigue creciendo.

– Y en noviembre, más...

Las primeras señales vinieron de Nueva Jersey y Virginia. Luego sería Nueva York, pero la prensa se conjuró para hablar de resultados anecdóticos. Tras Massachusetts, han saltado todas las alarmas. Si las cosas no cambian, en noviembre puede haber sorpresas, más acusadas en el Congreso, pero importantes también en un Senado que debe renovar un tercio de sus escaños: algunos de los demócratas históricos demócratas, quizás oliéndose algo desagradable, han anunciado que no van a presentarse a la reelección.

– Ecos de 1773

Fue el 16 de diciembre de ese año cuando los colonos norteamericanos, airados por los impuestos que la Corona les imponía, lanzaron al mar sacas de té. El conocido como Boston Tea Party, o Motín del Té, es uno de los mitos fundacionales de Estados Unidos.

Cuando un conocido locutor progresista preguntó a Brown si, en caso de ganar, se atrevería a votar contra la reforma sanitaria que tanto había impulsado Ted Kennedy desde ese mismo escaño, su respuesta fue contundente: "El escaño no es de los Kennedy ni del Partido Demócrata, sino del pueblo de Massachusetts". Aparecía ahí de nuevo el sentimiento de independencia populista que tan importante papel desempeñó en los sucesos que dieron nacimiento a los Estados Unidos de América.

– La victoria del Movimiento Tea Party

Tildada despectivamente de populista por el establishment progre, lo cierto es que la reacción popular al proyecto de Obama de colectivización de la medicina ha aportado una energía al movimiento conservador que parecía haberse evaporado. Quienes eligieron remarcar la conexión con los sucesos de Boston acertaron, y el silencio al que les ha sometido la mayoría de los medios de comunicación no ha logrado que esos ciudadanos críticos, concienciados y entusiastas dejaran de aportar batallones de voluntarios al hasta hace poco desfondado ejército republicano (es curioso que, cuando es la izquierda la que se moviliza, la prensa habla de responsabilidad cívica, mientras que cuando quien lo hace es la derecha se aluda al retorno del peor populismo).

– Los independientes cuentan

Los resultados de Massachusetts no se explican por la movilización republicana, sino porque los independientes están dando la espalda a Obama, muy en especial en lo que se refiere a la reforma sanitaria.

En efecto, sólo el 12% de los electores del estado están inscritos como republicanos, mientras que los demócratas son el triple: un 34%. Los independientes son el 51%, y en esta ocasión, por primera vez en décadas, han basculado hacia la derecha: casi un 70% votó a Brown. Un 44% de quienes votaron a Obama en Massachusetts en 2008 no han dado su apoyo ahora a la candidata demócrata.

Este corrimiento es algo que ya se ha detectado en el conjunto de Estados Unidos: la última encuesta Gallup muestra cómo el crecimiento conservador se está nutriendo de independientes.

– El Obamacare, en aprietos

Brown hizo campaña afirmando explícitamente que él sería el voto número 41 que bloquearía la reforma sanitaria de Obama. Al perder la mayoría de 60 senadores, los demócratas ya no pueden hacer avanzar las leyes a su antojo, y los republicanos recuperan su capacidad para bloquearlas mediante la práctica del filibusterismo.

La realidad es que el apoyo popular a la reforma es más bien escaso (según las encuestas, sólo la respalda el 35% de la población: ése era, precisamente, el nivel de popularidad de Bush en 2008). Muy otra es la postura de la industria farmacéutica, que ha gastado decenas de millones de dólares en anuncios y maniobras a favor de la iniciativa y prometido más de 80.000 millones de dólares para ayudar a su implantación.

Las alternativas que se les presentan a los demócratas son complejas, y los intentos de acelerar la tramitación de la ley para que se vote antes de que Scott tome posesión de su escaño y otras marrullerías por el estilo propuestas por la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, han sido desautorizados por numerosos demócratas, temerosos de que una falta de respeto tan sangrante a los resultados de unas elecciones les pase factura en el futuro. Es evidente que la reforma sanitaria les está dañando, pero algunos –entre los que parece contarse el propio Obama– argumentan que el daño ya está hecho, y que si no la sacan adelante perderán incluso el apoyo de los pocos partidarios del Obamacare. O sea, que deben elegir entre la horca o la guillotina.

– Los magistrados también cuentan

Otra de las consecuencias de la pérdida del escaño 60 en el Senado es que Obama ya no va a poder nombrar a su antojo magistrados progresistas para el Tribunal Supremo. No habrá un nuevo caso Sotomayor: si quiere sacar adelante un candidato, tendrá que optar por un perfil mucho más moderado.

Otras cuestiones que van a quedar probablemente congeladas son la ley sobre el cambio climático y la energía y el impulso a medidas legislativas favorables para con los inmigrantes ilegales.

– Pistas para las campañas republicanas por venir

Brown, McDonell (gobernador de Virginia, que ha recuperado el puesto para el GOP después de 8 años) y el resto de los candidatos republicanos victoriosos tienen en común haber realizado una campaña centrada en la crítica de políticas concretas, pero sin por ello haber renunciado a manifestar con claridad y firmeza sus convicciones conservadoras.

Es muy probable que los republicanos insistan en esta fórmula: oposición al Obamacare y al gasto público creciente, énfasis en la creación de puestos de trabajo, oposición a las subidas de impuestos y apuesta por una mayor libertad de elección de colegio para las familias.


© Fundación Burke

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