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LA CANCIÓN DE TODOS LOS VERANOS

Ponga un antisemita en su motor...

Ana Nuño

Fue una de las campañas publicitarias más exitosas de McCann en los años sesenta: el eslogan "Ponga un tigre en su motor" fue diseñado para exaltar el octanaje de los carburantes Esso.

Como hay tanto esteta suelto por ahí, siempre presto a arrugar la nariz ante la caja registradora de la realidad, conviene recordar que uno de los dioses de la izquierda ornamental, Julio Cortázar, metió de rondón (perdón: citó intertextualmente) al mismísimo tigre de la Esso (perdón: la imperialista Standard Oil) en un poemita social de su peor novela, la panfletaria Libro de Manuel.

La verdad es que las cosas no han cambiado tanto como parece. Quienes hace cuarenta años atribuían todos los males del planeta al imperialismo gringo y aplaudían al buen salvaje disfrazado de buen revolucionario acabaron haciendo escuela. Y dejando secuelas. La izquierda revolucionaria y tercermundista de entonces se ve perpetuada hoy en su hija natural: la progresía de cuello blanco. Que pulula, sobre todo, en las salas de redacción de la llamada "prensa de referencia".

Es verdad que ésta que ahora nos toca padecer tiene menos arrestos que sus progenitores. La hija predilecta de la izquierda, al cabo digno vástago de familia acomodada, se ruboriza fácilmente con sólo pensar en el qué dirán. Por eso no se atreve a adaptar las canciones de cuna con que sus padres la arrullaban –pongamos dos ejemplos fáciles– a la exaltación de la "lucha anticolonialista" en Darfur o el "desviacionismo" capitalista y burgués de la homosexualidad, que hacen bien en castigar los cuervos de la clerecía iraní. Ni siquiera a ensayar melismas con la prohibición oficial de abrir salas de cine comerciales en Arabia Saudita o la traducción de gay, en una guía turística editada en Líbano, por el arábigo shadh, que significa "anormal" y "pervertido". Salvo estos detalles, en todo lo demás, padres e hijos (perdón: e hijas) siguen en lo de siempre. Es decir, aplicando los dos únicos instrumentos de precisión patentados, hasta la fecha, por la izquierda: las dos varas de medir y la ley del embudo.

El de las varas, todo hay que decirlo, tiene su prosapia: se remonta al aullido "¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades!", soltado por Marx en las "Glosas marginales al programa del Partido Obrero Alemán" (1875). Hoy sirve, si acaso, para decir que Cuba y Estados Unidos (o Venezuela y España, o Argentina y Suecia) son democracias, sólo que gastan tallas diferentes. Para que después vengan a decirnos los adoradores de Darwin que la especie siempre va a más. Pues depende, hombre: unos engordan y otros adelgazan. Pero nadie es capaz aún de decirnos, caeteris paribus, si es preferible morir de sobrepeso o de inanición.

Un poco menos oxidada y desgastada parece la segunda máquina de fresado de la realidad. Tal vez porque el embudo, como la rueda o el molino, existen desde antes de la aparición estelar de la izquierda en nuestro horizonte, y sigue teniendo, por tanto, alguna utilidad. Pero seamos corteses: hay que reconocer que, de Marx a Lassalle y de Frantz Fanon al último periodista chiquiliprogre, este instrumento en forma de cono y rematado en un canuto (© DRAE) ha mejorado mucho su rendimiento. Con esta sola restricción: ha ganado en efectividad, sí, pero a costa de especializarse al máximo.

La especialización del embudo izquierdista-progre tiene nombres y apellido: el conflicto árabe-israelí. Este solo enunciado, además de un acto de pleitesía al neoembudo, es una sentencia menos descriptiva de la realidad que tributaria del Ingsoc orwelliano. Cuántas veces habrá que decirlo: desde 1948 y la fundación del Estado de Israel, quienes se niegan a la convivencia pacífica en Próximo Oriente no son los pérfidos judíos de toda la vida, sino los amables y tolerantes árabes del siempre pacífico entorno que llevan siglos construyendo.

Pero como lo que importa es que la realidad no estropee la ficción de los herederos (y herederas) del trono, aquí estamos, una vez más, a las puertas de las vacaciones estivales, llenando titulares con mentiras y cintas de vídeo sobre el orwelliano conflicto. Qué le vamos a hacer: algo habrá que poner, entre Michael Jackson hipostasiado en ángel caído (laico, eso sí, no vayamos a confundir a la plebe) y los inanes coreógrafos de la OEA, que nunca han visto tres en un burro y siguen confundiendo golpismo con constitucionalismo (será porque riman).

No hace falta remitir a otros lugares comunes. Por ejemplo, al hecho de que el gobierno de Su Majestad la reina de Inglaterra (o sea, The Queen), tan puntilloso siempre con Israel como obsecuente con sus antiguos súbditos árabes, recientemente haya decidido no autorizar la venta de piezas de respuesto al ejército israelí. ¿Por qué razón? Elemental, mi querido Watson: porque Israel, después de la Operación Plomo Sólido (insisto: esta es la traducción correcta, y no "plomo fundido", que no significa nada en castellano), es culpable de no estar a la altura de los ethical standards de Inglaterra. Un país que no se priva de vender armamento a países con historiales democráticos tan impolutos como Sri Lanka, Argelia, Arabia Saudita y China.

Claro que no hace falta. Basta con quedarse en casa. Eso sí, la casa en cuestión es uno de los terruños más fértiles del neoantisemitismo, la nueva judeofobia, el antisionismo o cualquier otra pastilla de éxtasis que ponga a los vástagos de la progresía de bien. Por ejemplo, a estos jóvenes (y jóvenas, con perdón de Bibiana Aído), tan joviales y guays ellos (y ellas: caray, está visto que no tengo remedio), que protagonizan uno de los vídeos del genial rapero Jair.

Tan sólo en la última semana, el sufrido lector de la prensa española ha tenido que embaularse estas tres trolas antiisraelíes:
1. Soldados israelíes denuncian que recibieron órdenes de actuar con brutalidad en Gaza, que debían arrasar con todo lo que encontraran a su paso y que "los mejores traductores de árabe son las granadas". Tal cual

Lástima que los medios españoles se hayan dejado en el tintero un par de hechos fácilmente comprobables: que las denuncias, fundadas o no, de reservistas del ejército israelí vehiculadas por ONG más o menos solventes son ya toda una tradición en Israel (un país en el que, a diferencia de todos, repito: todos los de su entorno, existe y se practica a diario la libertad de expresión y de prensa): verbigracia, aquí, aquí y aquí; que las desempolvadas ahora, antes de la playa y el chiringuito, ya fueron proferidas hace cuatro meses y que Breaking the Silence, la ONG fuente de la noticia, es reconocida aun por los medios israelíes más políticamente correctos como una ONG "con un sesgo político".

2. Hamás acusa a Israel de introducir en Gaza "chicles afrodisíacos"

Lo menos que puede decirse de esta noticia es que no es una primicia. Hasta donde he podido rastrear el origen de este delirio (típicamente musulmán: el sexo, sobre todo si interviene una fémina, es una afrenta imperdonable al Creador), el primer periodista en documentarla fue el veterano John Lancaster. En un artículo publicado en el Washington Post el 10 de julio de 1996. O sea, hace nada menos que trece añitos. Pero nuestra excelsa prensa de calidad peninsular no se da por enterada. Y se hace la loca. Será por vocación.

3. A los soldados y reservistas del ejército israelí les envenenan el cerebro con panfletos en los que se afirma que existe una alianza entre el Vaticano e Hizbulá

Esto no sólo es novedoso, es sencillamente un invento. A Google me remito: esta mañana de lunes 20 de julio, pocas horas después de que la noticia apareciera colgada en el blog Crónicas desde Oriente Próximo del diario español El Mundo, mi búsqueda de los términos "Israel Vaticano Auschwitz Hizbulá" arroja el saldo de 286 resultados. O sea, a todos los efectos (periodísticos y otherwise), estamos ante una noticia fabricada.

Detalle añadido: el único link del post remite a un artículo de Haaretz que nada tiene que ver con la información anunciada en el titular, y en cambio remite (aunque a destiempo) a una noticia sobre uno de los rabinos más extremistas de Israel, que en la fuente original no aparece como destacada.
Bien, ya tenemos la canción del verano. Al menos la que nos tararean los medios.

Ahora, pongámosle otra música de fondo. Podemos escoger entre:
1. La música lounge de Naomi Klein, altermundialista best-seller en España, declarando en Ramala que lo que los judíos han obtenido es un salvoconducto basado en el genocidio.

2. El rap de los activistas de Hamás en Gaza que prefieren pasarse a Al Qaeda para "matar judíos".
Como soy poco afecta a las canciones del verano, me quedaré con esta otra tonadilla. Más clásica, imposible: las Naciones Unidas finalmente han designado una comisión para indagar en lo sucedido en Gaza durante la operación Plomo Sólido. Y como soy chapada a la antigua, esperaré sus conclusiones. No vaya a ser que suceda lo que ya pasó con el tan histéricamente pregonado "genocidio" de Jenín.

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