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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Primeras figuras

En España estamos a la espera de que las cúpulas de los partidos (en realidad una persona, por lo general rodeada de algunas otras de capacidad nunca demostrada) designen a dedo a los candidatos que los súbditos hemos de votar. En EEUU ocurre al revés: los electores van descartando los candidatos que se ofrecen por su cuenta para, luego, acabar escogiendo entre los dos que hayan logrado un mayor respaldo, es decir, reunido un máximo de consenso en torno a sus propuestas y personas.

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Es la diferencia entre la democracia, una democracia de verdad, y esa pantomima burocrática que aquí hemos bautizado, porque hay urnas y un día de elecciones (además de dos debates, ¡dos!), con el mismo nombre. Bueno, eso hasta marzo de 2004, cuando las apariencias dejaron de tener importancia.
 
Las presidenciales norteamericanas están todavía, a pesar de lo que parece, en una fase temprana. Por eso mismo el espectáculo resulta tan fascinante. Está en juego todo: la personalidad de los candidatos –se requiere contar con una fibra especial para semejante carrera–, el electorado al que éstos dan voz y aspiran representar, los grandes planteamientos ideológicos y políticos, así como la visión del mundo de cada uno de los primeros, que acabará siendo de enorme importancia.
 
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En lo personal, el Partido Demócrata ofrece, al menos en apariencia, más variedad que el Republicano. Tiene, en primer lugar, a una gran dama de la política, obviamente capacitada, con una experiencia fuera de serie y un equipo de primera categoría. Lo ha demostrado en New Hampshire, después de tropezar en Iowa.
 
Cuando Hillary Clinton toca la fibra sensible, con sus lágrimas o sus pucheros, es capaz de vencer la desconfianza que suscita en el electorado femenino. Y si su equipo pasa al ataque, como no había hecho hasta ahora con Obama, puede ser demoledor.
 
El problema de Clinton es de orden psicológico: además de antipático, su personaje está tan trabajado, resulta a veces tan artificial, y ella misma está tan tensa, que en una campaña tan larga como la de las presidenciales puede explotar en cualquier momento. Por otro lado, nunca podrá despojarse de su pedigrí progresista, y muchos norteamericanos guardan un recuerdo poco agradable de los años 70. Sin embargo, eso podría serle ventajoso, si es que deja atrás a Obama. Ahora bien, quizá se haya dado por supuesto demasiado deprisa que los estadounidense aceptarán como normal la excentricidad hollywoodiense de que un ex presidente pase a ser Primer Marido.
 
Barack Obama.Obama ha sido la gran sorpresa, aunque ya se venía perfilando desde hace años.
 
Joven, buen orador, apela a los sentimientos, al buenismo, a la "reconciliación" tras muchos años de combate político e ideológico implacable. La nada hecha suflé, en pocas palabras, aunque sabe lo que hace: su famoso discurso tras ganar en Iowa, tan emotivo, tan en la línea de la gran oratoria negra, inspirada a su vez de los discursos de Lincoln y la retórica religiosa, lo leyó en el teleprompter. Ninguna improvisación, pues.
 
Su principal hándicap, además de la vaciedad de su discurso, es su inexperiencia. Que lo respalde un perdedor como John Kerry no mejora las cosas. El de Al Gore, si llega, puede ser letal.
 
Edwards parece poca cosa al lado de estos dos iconos, el uno de la experiencia, el otro del cambio. Pues no se equivoquen ustedes. A Edwards no le falta dinero, es (quizá lo sabe demasiado) atractivo y vende en forma de populismo lo que quiere representar: la encarnación misma del sueño americano, el hombre hecho a sí mismo. La enfermedad de su esposa diluye algo la sensación de oportunista que produce. Y es un auténtico killer, que aprovechará cualquier fallo del ganador en el gran duelo Clinton-Obama. La ventaja de Clinton le perjudica, claro está. (Confieso mi debilidad por el descaro de Edwards, más juvenil, para mí, que la cansina retórica zapateril de Obama).
 
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En el lado republicano no tenemos mujeres ni negros. Pero la menor variedad queda compensada con la personalidad de los candidatos.
 
Descartemos en primer lugar a Ron Paul, que seguramente está más interesado en crear una red de ideas libertarias que pueda hacer valer más tarde, en otras circunstancias.
 
El último en aterrizar ha sido Mike Huckabee, la más pura representación del anti-establishment en estas elecciones. Ahora bien, ya ha tenido experiencia como gobernador de Arkansas (también lo fue Clinton), y en realidad apenas resulta algo más excéntrico de lo que en su momento pareció el marido de Hillary. Tiene el encanto de la ingenuidad aparente y juega, probablemente con sinceridad, eso sí, a las convicciones morales: en la religión, en el populismo, en la defensa del pequeño frente a los grandes (las corporaciones, la burocracia, el liderazgo internacional de su país, etc.).
 
Micke Huckabee.Poco antes de llegar Huckabee en representación del Sur lo hizo Fred Thompson. Pero éste es un sureño sofisticado, señorial y al mismo tiempo modernizado, como su personaje en Ley y orden, que se enfrentaba a los intratables problemas de orden público en Manhattan. Probablemente Huckabee, con menos remilgos y trazos más gruesos, le ha robado el personaje, añadiéndole la cuestión religiosa, en la que Thompson se ha mostrado bastante púdico. Es un caso práctico de cómo se va construyendo una candidatura final.
 
Mitt Romney es el perfecto gestor de una gran empresa norteamericana… de hace cuarenta años. Digo "perfecto" en todos los sentidos: con experiencia de gobernador, una familia ideal, es telegénico, ponderado y tiene principios. Y dinero.
 
A su modo, representa otra forma de cambio. También ofrece pragmatismo. Lo malo es que parece habérselo tomado demasiado en serio.
 
En la sociedad norteamericana actual, cuando se dice que se quiere dejar atrás la crispación de estos últimos años se está adelantando una propuesta posmoderna, ideológica hasta la médula. Eso está en los antípodas de lo que Romney representa. Romney parece la viva encarnación de aquellos años de mediados de siglo, hoy idealizados, en que reinaba el consenso entre las grandes fuerzas políticas. De aquello no sobrevive nada. Esto constituye una traba más importante que el hecho de ser mormón.
 
Quedan Giuliani y McCain. Cada uno a su manera, son dos héroes americanos. El primero, por su respuesta ante la crisis del 11-S. El segundo, por sus años en Vietnam y los cinco que pasó en las cárceles comunistas, sometido a torturas por negarse a ser liberado si no le precedían aquellos que habían sido hecho prisioneros antes que él, como ordena el código militar para tiempos de guerra.
 
Rudolph Giuliani.Giuliani, además de su categoría épica, ofrece una personalidad extraordinaria, magnética y con más sex appeal que muchos de sus contrincantes más agradables de ver. Eso le perjudica, por otra parte. Nadie sabe si dos divorcios (más otros tantos de su actual esposa: en total, seis matrimonios entre ambos) serán demasiados para ocupar la Casa Blanca. Aunque después de la austeridad radical de Bush, cualquiera sabe.
 
Este candidato posee autoridad, le gusta mandar y sabe lo que es el poder; y tiene experiencia demostrada en la gestión de una de las ciudades más difíciles del mundo. No se sabe muy bien por qué se ha reservado tanto, hasta los comicios de Florida.
 
McCain se ha lanzado desde el primero momento, y la jugada le ha salido bien. Partía como perdedor y en las encuestas está ahora al mismo nivel que Giuliani, su principal rival. Le beneficia, paradójicamente, su apoyo sin desmayos a la posición de Bush en seguridad. Ningún republicano serio se aleja demasiado de la Doctrina Bush. McCain la encarna en estado puro. Los últimos acontecimientos (en Pakistán y el Golfo Pérsico) le benefician, tanto como la evolución positiva de la situación en Irak.
 
Su edad parece un obstáculo. Pero la veteranía puede ser una ventaja en una sociedad desnortada en lo moral. Y sus famosos ataques de ira, que tanto utilizó en su contra el equipo electoral de Bush en 2000, aunque pueden perjudicarle, lo humanizan aún más. Desempeña, naturalmente, el papel de buena persona, un poco excéntrica con respecto al establishment. Representa punto por punto lo contrario de Hillary Clinton.
 
Queda Michael Bloomberg, sucesor de Giuliani al frente de la alcaldía de Nueva York. Tal vez decida presentarse como independiente. Tiene dinero suficiente para hacerlo. La única incógnita, como siempre en estos casos, es a quién querrá perjudicar más. Llegado el caso, tal vez crea que puede hacer daño a Giuliani. Pero es demasiado pronto para eso.
 
 
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