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EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

Progresistas en busca de su base

Algunos analistas norteamericanos acaban de descubrir que existe una nueva fuerza política en su país. La llaman netroots, algo así como "movimientos de base en red". El término se opone al de grassroots, que alude a los movimientos de base clásicos de la derecha. La elección del término es significativa de por sí: net, "red", es más fino que grass, "hierba", siempre a ras de suelo...

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Aclarado este matiz, que le da un toque de distinción progre chic a la base de izquierdas, el hecho es que al menos una parte de los progresistas han caído en la cuenta de que, para ganar elecciones y estabilizarse en el poder, necesitan un movimiento social que sustente el impulso puramente político. Es lo que ha venido haciendo la derecha desde los años de Goldwater, a mediados de la década de los 60 del pasado siglo.
 
En un artículo sobre estos movimientos de base en red publicado en The New Republic, Jonathan Chait alude a un libro que considera fundadacional, Crashing the Gate. Sus autores, Markos Moulitsas Zúniga y Jerome Armstrong, dan una fecha precisa para el impulso inicial: las elecciones presidenciales de 2000. Entonces, una nueva generación de activistas se dio de bruces con la más cruda de las realidades. Y es que, según ellos, el aparato político del Partido Demócrata se mostró tibio, acomodaticio, blando y arrugado ante la apuesta republicana por ganar a toda costa. En otras palabras, que no estuvo a la altura de las circunstancias y se dejó vencer por un Bush dispuesto a lo que hiciera falta.
 
¿Por qué los republicanos, según esta versión de la historia, destrozaron a sus adversarios y se alzaron con la victoria? Porque tenían detrás un movimiento de base que les impulsaba a no resignarse, a no ceder, a no aceptar las convenciones que imperan en los círculos políticos de toda la vida, lo que allí llaman "el establishment".
 
Los creadores de este nuevo movimiento de bases en red reconocen, por tanto, un primer hecho: la importancia primordial que ha tenido el gigantesco movimiento social que ha acompañado y consolidado la hegemonía republicana durante los últimos cuarenta años. Es, sin duda alguna, el movimiento más importante de la segunda mitad del siglo XX, el que consiguió cambiar Estados Unidos, la percepción que los norteamericanos tenían de su propio país y, además, la vida de centenares de millones de personas en todo el mundo. Está en la base del derrumbamiento del socialismo real, de la democratización y el acceso al mercado de países hasta ahí encerrados en el infierno del intervencionismo y el totalitarismo.
 
Que los progresistas reconozcan este hecho es algo relevante de por sí. Que pretendan imitarlo, que consideren incluso que ya lo han conseguido, como hace Chait en su artículo, es harina de otro costal.
 
Se ha hablado mucho del éxito en internet de los liberales o libertarios y los conservadores, con la plétora de blogs, sitios web y foros que abrieron un nuevo universo y consiguieron romper la barrera impuesta por los medios de comunicación tradicionales, adeptos, salvo escasas excepciones, al culto del consenso de centro-izquierda.
 
También es verdad que han surgido multitud de blogs progresistas, con cabecillas y redes afianzados. Está Moulitsas, que ha logrado un liderazgo indiscutible con su blog Daily Kos; está My DD, de Jerome Armstrong, que pasó de ocuparse de cuestiones astrológicas a promocionar a Howard Dean (no debía de haber mucha diferencia); está Eschaton, del economista Duncan Black. Hay revistas on line, como Slate, que se han convertido en poco tiempo en elementos de referencia. Y hay, sobre todo, un principio de algo que hasta ahora no existía: la conciencia incipiente de que todos pertenecen a un movimiento, que forman parte de un impulso con una dinámica propia y unos objetivos medianamente claros, aunque por ahora éstos parezcan reducidos a uno: echar a los republicanos de la Casa Blanca.
 
Según Chait, cualquier liberal o conservador sabe, desde los años 70, que forma parte de un movimiento, mientras que los progresistas han ido siempre por libre, y si se les preguntara por un posible movimiento progresista se quedarían absolutamente perplejos, sin palabras.
 
Es una valoración bastante autocomplaciente del progresismo. En el fondo, lo que explica esta situación no es la independencia y el individualismo de los progresistas; más bien al revés: es su pertenencia inconsciente a un universo cerrado y autosuficiente, ese universo matrix del que Juan Carlos Girauta ha hablado con tanta elocuencia para referirse al progresismo español, alimentado por la galaxia prisaica. En Estados Unidos, es célebre el comentario de un profesor universitario que se quedó estupefacto ante la primera victoria de Reagan porque él no conocía a ningún votante de aquel señor…
 
Los intentos de negar que exista otro mundo fuera de ése han sido constantes… hasta ahora. La creación del movimiento de bases en red es una primera consecuencia de tal toma de conciencia. Otras van por direcciones distintas, como la negativa de Hillary Clinton y Barak Obama a participar en un debate de candidatos demócratas a las presidenciales organizado por la cadena Fox. Aun así, esta última decisión se puede interpretar como consecuencia de la irrupción del primero.
 
Hillary Clinton.Los progresistas han empezado a imitar el populismo (así lo llamaban, con desprecio) de los liberal-conservadores, es decir, la antipatía hacia el establishment washingtoniano. Hillary, personificación quintaesenciada del establishment, ha tenido que darle un portazo a Rupert Murdoch, con quien últimamente había hecho muy buenas migas, para responder a esa presión.
 
Los progresistas identifican, por tanto, los movimientos de base, en su caso de redes, con una radicalización del mensaje. Pero los tiros no van por ahí, como quedó demostrado con Nixon (en particular, con su elección), Reagan y George W. Bush. Ninguno de los tres fue extremista, más bien al revés. Eso sí, ninguno aceptó jamás supremacía alguna de la izquierda, lo que bastó para que el progresismo clasificase a los tres entre la extrema derecha.
 
Los progresistas confunden fidelidad a los principios y apelación a los valores patrióticos y morales con extremismo. Y ahora postulan que, para volver a ganar, han de simplificar, esquematizar, pegar duro y hacer demagogia. Como si en cuanto a zafiedad y grosería no hubieran tenido bastante con Michael Moore y Maureen Dowd, la Maruja Torres del New York Times. En el fondo, queriendo imitar los inicios de la última revolución americana, acaban parodiando el radicalismo izquierdista de los años 70.
 
También pretenden desconocer que el movimiento liberal-conservador ha estado respaldado por una auténtica base popular (anti impuestos, pro vida, pro tenencia de armas, pro elección de escuela, etc.); y que ha contado con una elaboración intelectual muy sofisticada, desde los neocon, con su reflexión a fondo sobre las consecuencias perversas de los programas de bienestar, hasta la renovación ideológica del conservadurismo norteamericano, que se ha esforzado con éxito por fusionar la defensa de los valores tradicionales con la de la libertad individual. Eso, sin contar con la fidelidad a una doctrina, antes demócrata y ahora republicana, que afirma el papel de Estados Unidos en la defensa de la libertad, la democracia y los derechos humanos.
 
En resumidas cuentas: siendo como es un movimiento interesante, por ahora la movida progresista de bases en red tiene todavía un recorrido limitado. Y no deja de tener gracia que caigan en los mismos clichés en que cae siempre el progresismo: la fe inquebrantable en su superioridad moral e intelectual. Puede que Irak y la cuestión de la inmigración les hagan ganar las próximas elecciones, pero así no se construye un gran movimiento capaz de cambiar el mundo. Y si lo cambian, será a peor.
 
 
Pinche aquí para acceder a la web de JOSÉ MARÍA MARCO, autor de LA NUEVA REVOLUCIÓN AMERICANA.

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