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LAS GUERRAS DE TODA LA VIDA

Santa Madre Rusia

Decía André Malraux que el mundo se dividía en Oriente, Occidente y Rusia. Y tenía razón. Se equivoca quien piense que la caída del comunismo ha supuesto algo así como la reintegración de Rusia en un Occidente al que jamás perteneció.

Viene a ratificarlo Leonid Ivashov, comandante de las Fuerzas Armadas rusas en setiembre de 2001, cuando el atentado a las Torres Gemelas, y actual presidente de la Academia de Geopolítica de su país. En 2001 dijo que los Estados Unidos no debían "exagerar" la dimensión de la amenaza ni lanzar, en consecuencia, "una guerra mundial contra el terrorismo". Putin se mostró en desacuerdo con él, y eso determinó su sustitución en el más alto lugar del aparato militar ruso. Pero el gesto de Putin fue, como casi todos los suyos, diplomático: no implicaba un enfrentamiento de fondo con Ivashov, que pasó a ser el encargado de una institución decisivamente influyente en la elaboración de estrategias de largo alcance.

Recientemente lo entrevistó La Nación de Buenos Aires (la pieza periodística me llega por amabilidad de José Félix Garzaniti), y algunas de sus afirmaciones hay que tenerlas en cuenta si se quiere entender algo de lo que ha pasado con el gran imperio del Este en los últimos cien años. Y, sobre todo, cuáles han sido históricamente las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos desde mucho antes de 1917.

Se trata de un antiguo enfrentamiento, muy bien descrito por Sir Michael Howard en La Primera Guerra Mundial (Crítica, 2003), obra en la que se explican los problemas entre las dos naciones desde aproximadamente 1890, cuando los americanos empezaron a acoger emigrados judíos que escapaban del antisemitismo y los pogromos de zares y cosacos, lo que llevó a querellas diplomáticas originadas en las protestas americanas por esas persecuciones. Lo que no debe hacernos olvidar otro punto conflictivo previo: el de la adquisición de Alaska en 1867 por 7.200.000 dólares, un acto desesperado al que se llegó por urgentes necesidades de liquidez de la corona rusa, que además temía por sobre todas las cosas que Inglaterra se estableciera allí al cabo de casi un siglo de esfuerzos por la conquista de ese territorio (desde 1784, cuando se estableció la primera colonia rusa, pasando por la creación de la Compañía Ruso-Americana en 1799, con los parabienes del zar Pablo I).

No obstante, con o sin la compra de Alaska, Rusia y los Estados Unidos jamás dejaron de ser países fácticamente limítrofes, sólo separados por el estrecho de Bering, de 85 kilómetros de ancho (64 en su parte más angosta), una distancia entre países ridícula si se tiene en cuenta que el principal puerto español en los siglos XVI y XVII era el de Sevilla, que se encuentra a 87 kilómetros del mar. Los rusos siempre vieron Alaska como una prolongación natural de Siberia. Y nosotros solemos ignorarlo porque el diseño de los planisferios nos hace ver siempre el oeste donde está el este y viceversa. Basta con mirar la representación esférica de la tierra para comprender que las nociones de este y oeste son radicalmente equívocas.

Pues bien: Ivashov va mucho más allá. "Nunca seremos amigos. Son dos civilizaciones diferentes. Mientras que Rusia está integrada en un continente, Estados Unidos es la esencia de una civilización marítima, comercial, y más agresiva (¡!). Hay una teoría desarrollada por investigadores anglosajones que dice que el mundo está dividido en dos esencias, una marítima y otra continental. Entre esas dos esencias siempre reinarán relaciones de hostilidad. Desde la segunda parte del siglo XIX los Estados Unidos eligieron como su objetivo la idea del dominio mundial. Obviamente, Rusia no está de acuerdo y quiere vivir según su propio modelo".

¿Cuál será ese modelo ruso, si se considera el comunismo como una etapa? Es evidente que el comunismo no fue una etapa, sino una forma circunstancial de manejo del Estado, por otra parte muy similar a la zarista: autarquía, centralización, "esencia continental", control del siervo, antisemitismo, represión (la Checa y el KGB no fueron sino la continuación de la Ojrana de los zares). ¿Y no ha tenido Rusia aspiraciones de dominio mundial? Porque, si no lo ha conseguido, no ha sido porque no quisiera, sino porque algo salió mal: la guerra fría no fue otra cosa que una larga batalla por ese dominio. Rusia fue durante esos años, según los chinos, que también participaban en la competencia, "social-imperialista".

Como prueba de que el comunismo sigue perfectamente vivo, Ivashov, preguntado por el periodista Rubén Guillemi acerca de si no considera que el terrorismo es "un enemigo más inmediato", responde a la zapatera: "Hay que entender la esencia del terrorismo. Especialmente el terrorismo islámico es una reacción frente al tratamiento injusto de los países occidentales hacia el islam. Es una consecuencia lógica frente a las aspiraciones de dominar su petróleo y sus recursos". ¿No es lo mismo que hubiesen dicho Stalin o Breznev en igual situación? ¿Acaso no cabe pensar, frente a esto, en un apoyo que puede cobrar muchas formas, incluso la financiera y la técnica, cosa que los rusos hicieron generosamente en el pasado con los terroristas árabes, salvo en Afganistán durante su guerra allí? ¿Quién garantiza que en estos momentos no siga siendo así?

¿Qué opina el general Ivashov –no olvidemos ni por un instante que es el principal productor de estrategias de Rusia– cuando se le interroga sobre el equilibrio nuclear, a propósito del próximo tratado de desarme entre Moscú y Washington, que no incluye a China? "El acuerdo –responde este judeófobo consecuente– tampoco incluye las armas nucleares de Gran Bretaña o Francia o Israel, que también se está volviendo una potencia nuclear importante, así que es claramente incompleto. Además, la cuestión del armamentismo funciona como una política de balanzas. Un país fabrica armas nucleares para contener las aspiraciones de otro. En ese sentido, China es hoy un aliado de Rusia y las armas nucleares de Rusia y China contienen las ambiciones globales de Estados Unidos".

Lo cual se deriva, desde luego, en una clara manifestación de apoyo a Irán: "Un país busca tener armas para contener las ambiciones de otro, como ya ocurrió en el caso de India y Paquistán. Si Irán quiere tener sus armas es porque al lado hay un país enemigo como Israel, que ya es una potencia nuclear y significa una amenaza. El gobierno iraní ofreció crear una zona sin armas nucleares en la región de Medio Oriente pero no hubo respuestas porque en Occidente nadie quiere desarmar a Israel, sólo les preocupan las armas de Irán". Por supuesto, querido general Ivashov: Israel es Occidente, mal que te pese y aunque mientas al decir que nadie quiere desarmarlo.

El final de la entrevista es escalofriante. Guillemi le pregunta cómo se siente ante la pérdida de protagonismo de Rusia en un mundo en el que predomina la economía (se equivoca el periodista: Rusia sigue siendo protagonista), e Ivashov contesta: "La civilización humana va a entrar necesariamente en otro mundo porque la humanidad no podrá subsistir con el estilo de vida consumista norteamericano. Vivir de este modo significa acercarse a una catástrofe. En este sentido, lo primero que puede ofrecer Rusia es otra estructura geopolítica, puede ofrecer un mundo de civilizaciones".

Menos mal que no dice "alianza": sería demasiado obvia la sintonía Kremlin-Moncloa, por mucho que el presidente español asista al desayuno de oración y le sonría a Obama, que tampoco está lejos de estas majaderías progres y suicidas, y que debe de pensar que un tratado de limitación de armamentos con Rusia es la panacea, cuando los cálculos correctos respecto del equilibrio nuclear son los del general ruso.


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