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UNIÓN EUROPEA

¿Suiza, Francia o Italia?

Alberto Mingardi

¿Pervivirá la Unión Europea? Con François Hollande en la Presidencia francesa y muchos griegos votando a partidos radicales, el proyecto europeo está aún más en entredicho. Los frutos de la crisis europea son amargos.  

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Cada vez queda más claro queda que el sueño de unificar Europa estaba basado en una ambigüedad: ¿se pretendía que Europa fuese una zona económica integrada, o una versión gigante del Estado-nación? En otras palabras, ¿se pretendía que la UE fuera como Suiza, una confederación de cantones con un alto nivel de autonomía, o como Francia, el Estado centralizado por excelencia?

La integración económica de Europa luego de la Segunda Guerra Mundial fue considerada un medio para evitar nuevos conflictos entre los Estados europeos. Europa ya había estado integrada económicamente en el pasado. Entre 1814 y 1914 el Viejo Continente conoció el libre comercio y la prosperidad. El creciente nacionalismo de la primera mitad del siglo XX acabó con esa época de oro.

El economista alemán Wilhelm Roepke, firme partidario del libre comercio y, en cierta forma, inspirador de las reformas económicas que condujeron al milagro alemán de posguerra, se mostró escéptico desde un primer momento respecto del éxito que pudiera tener la integración económica del continente.

En 1958 Roepke señaló que la integración económica del siglo XIX no fue meramente regional, sino que tenía por eje el mundo entero. El libre comercio no era considerado bueno sólo si tenía lugar en Europa.

Tras la II Guerra Mundial, la Comunidad Económica Europea se creó como una unión aduanera, con libre comercio entre los países miembros pero con aranceles para las importaciones. De hecho, ni siquiera en el seno de la Unión hay libre comercio pleno: la integración aún no es completa en lo relacionado con los servicios y el mercado de trabajo.

Los servicios constituyen el 70% del PIB europeo, pero solamente el 20% del comercio interno. Los intentos de liberalizar los movimientos en el sector servicios han sido contestados por los sindicatos, como sucedió en 2005.

En la Europa verdaderamente integrada del siglo XIX, el gasto público era limitado y la libertad de movimientos de los trabajadores se beneficiaba de la práctica ausencia de un sistema de prestaciones sociales. La integración económica fue un efecto secundario del sistema de Gobierno Limitado. En cambio, la UE fue erigida en unos tiempos de expansionismo estatal.

Esta es la contradicción sobre la que se erigió el proyecto europeo: por un lado, compromiso con el libre comercio; por el otro, aumento del tamaño del Estado y reducción del ámbito del libre comercio. Las élites europeas querían contar con una zona comercial común y una moneda común para reducir la probabilidad de que estallaran guerras comerciales, correctamente entendidas como precursoras de guerras convencionales.

Al tiempo que se comprometían a renunciar al proteccionismo en sus relaciones con sus socios comunitarios, proliferaban las regulaciones nacionales y europeas. De hecho, Europa desarrolló una suerte de esquizofrenia: los Estados miembros abogaban por el libre comercio entre ellos pero no querían renunciar al intervencionismo en casa ni al proteccionismo en el extranjero.

La victoria electoral de Hollande en Francia obligará a los demás líderes europeos a dejar de fingir. Al nuevo presidente francés no le gusta la austeridad en las finanzas públicas. Tampoco pone el foco en la estabilidad de la moneda y las políticas anti-inflacionarias. Hollande forzará a los europeos a elegir: ¿quieren integrarse económicamente o políticamente?

La primera opción debería descansar en la ortodoxia monetaria, el libre comercio y la libertad de movimientos de los individuos. La segunda bien puede descansar en el inflacionismo, la hiperregulación y la fragmentación de los mercados laborales, con unos  mínimos impuestos desde arriba.

El euro y el mercado común parecían implicar que Europa se encaminaba al modelo suizo. Eso es, esencialmente, lo que fue antes de la Gran Guerra. Sin embargo, los subsidios agrícolas, el exceso de regulación en el sector servicios, la reglamentación de cosas tan nimias como el tamaño de las alcachofas, etcétera, estaban anticipando la construcción de una nueva Francia, bajo pabellón europeo.

Tal vez lo que quieran los líderes europeos sea practicar el nacionalismo a escala europea. Pero ¿es económicamente sostenible?

Los electores tienen la sensación de que el sueño europeo bien podría convertirse en una pesadilla. La Europa unida podría resultar algo que no sea Suiza ni Francia sino Italia, un Estado altamente centralizado con diferencias económicas extremas entre el Norte y el Sur y un sistema de transferencias que inútilmente trata de igualar ambas zonas.

Para una clase gobernante que cree que la unión política es una meta en sí misma, ése podría ser un precio tolerable. Pero ¿estarán de acuerdo los votantes europeos?


© El Cato

ALBERTO MINGARDI, director general del Instituto Bruno Leoni (Milán). 

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