Exteriores
Noticias y opinión en la red
TEA PARTY PROTESTS

Un movimiento que puede cambiar Estados Unidos

Bob Moosecon

Todo empezó el 10 de febrero en Fort Myers (Florida), cuando en el ayuntamiento se celebró una reunión pública, un townhall meeting, a la que asistió el presidente Obama.

Publicidad
En aquel entonces apenas se habían registrado protestas públicas contra el flamante presidente, por eso el hecho de que Mary Rakovich, una activista de la organización Freedom Works, desplegara una pancarta contra el proyecto de ley de estímulo económico provocó el asombro de los medios de comunicación, que la abordaron inmediatamente para que les explicara por qué no estaba satisfecha con el mandatario; según ella, estaba conduciendo EEUU "hacia un régimen socialista, por mucho que él no lo llame así".

Seis días después, el 16 de febrero, la víspera de que Obama firmara la dichosa ley, un bloguero de Seattle (Washington) llamado Liberty Bell hizo un llamamiento a protestar públicamente contra ella; sólo se dieron por aludidas unas docenas de personas: pero la cosa tuvo el eco suficiente como para que al día siguiente se celebrara otra en Denver (Colorado)... y al siguiente otra en Mesa (Arizona).

Por fin, el 19 de febrero el comentarista de la CNBC Rick Santelli, transmitiendo en directo desde el Chicago Mercantile Exchange, criticó abiertamente al gobierno por su plan de rescate hipotecario: según él, sólo serviría para premiar el "mal comportamiento" de los consumidores; y dejó caer la posibilidad de que hubiera "un Chicago Tea Party" tal y como en 1773 hubo un Boston Tea Party cuando un irritado grupo de ciudadanos de esa ciudad de Nueva Inglaterra, disfrazados de indios, asaltó tres barcos de la Compañía de las Indias Orientales cargados de cajas de té que estaban fondeados en el puerto a la espera de que los importadores satisficieran el impuesto correspondiente, un impuesto rechazado por las colonias porque lo había aprobado el Parlamento británico sin su consentimiento: en un acto de rebeldía que levantó ampollas en la metrópoli, arrojaron la carga al mar.

Inmediatamente empezaron a surgir sitios en internet con la denominación "ChicagoTea Party", y la idea lanzada algo alocadamente por Rick Santelli pero representativa de un estado de ánimo cada vez más extendido acabó cristalizando en forma de tea party protests espontáneas que podían congregar a más o menos personas pero nunca pasaban inadvertidas. La culminación de todo esto se produjo el 12 de septiembre, cuando tuvo lugar la Taxpayer March on Washington (Marcha de los Contribuyentes sobre Washington), la mayor manifestación celebrada hasta la fecha contra el actual gobierno: unos dicen que acudieron 200.000 personas; otros, 800.000, y hay quien eleva la cifra hasta el millón. El objetivo no era ya protestar contra una u otra ley en concreto, tal y como había sucedido hasta entonces, sino hacer llegar a los políticos, del bando que fueren, su oposición "al gasto fuera de control del gobierno, la subida de impuestos, las leyes de rescate y el aumento en tamaño y poder del gobierno federal".

Sin embargo, no basta con organizar manifestaciones para que un movimiento social logre sus objetivos. Necesita también de políticos comprometidos con sus ideales que estén dispuestos a trabajar por el éxito de estos, y hasta ahora el movimiento Tea Party carece de esos apoyos. Es cierto que más de un político republicano, como Newt Gingrich o el gobernador de Texas, Rick Perry, han acudido a alguna tea party protest, y que otros varios estuvieron presentes en la Marcha sobre Washington, pero también es cierto que Michael Steele, chairman del Partido Republicano, fue vetado por los participantes, quienes, si tienen muchos reproches que hacer a los demócratas ahora en el poder, también tienen otros tantos para los republicanos, que lo ocuparon los ocho años precedentes.

Lo malo, cuando uno ya no se fía de ningún político porque todos le parecen iguales, es que, aun así, necesita de ellos. Entonces, ¿en quién confiar?

La pregunta es difícil de contestar, pero lo cierto es que son muchos los miembros del movimiento que consideran que ha llegado el momento de que alguien lo encabece, para asegurarse de que su mensaje cale en Washington. Por supuesto, usted y yo estamos pensando en la misma persona: Sarah Palin. De hecho, en las tea party protests no es para nada raro escuchar a la multitud corear: "¡Sa-rah, Sa-rah, Sa-rah!".

Es cierto que ella es la candidata favorita, pero también lo es que realmente no ha hecho nada todavía para asumir ese rol, ni siquiera acudir a una protesta. Pero esto no es extraño, si observamos la manera como está actuando, concediendo su apoyo a través de notas de Facebook antes que comprometiéndose personalmente con un movimiento que, lejos de ser homogéneo, alberga conservadores, independientes y hasta demócratas en sus filas. Sin embargo, su simpatía por el mismo no puede ser cuestionada, toda vez que le dedicó dos párrafos del discurso que pronunció en Hong Kong el pasado 23 de septiembre, apenas once días después de la Marcha sobre Washington:
[Los townhall meetings] y el movimiento Tea Party son parte de una creciente toma de conciencia de los estadounidenses normales y corrientes, que han decidido que, si quieren un verdadero cambio, deben tomar la iniciativa y no esperar a que se lo traigan. (...)

El movimiento Tea Party se denominó así muy apropiadamente en homenaje a la gente que protagonizó la revolución norteamericana, a los patriotas que se sacudieron el yugo de un gobierno lejano y declararon su libertad de la indiferente –y elitista– clase gobernante, que limitaba su progreso y no les mostraba respeto alguno. Hoy en día los estadounidenses corrientes ven Washington de similar manera.
Éstas son palabras que Palin ha utilizado más de una vez para referirse a sí misma, con lo que eso supone de espaldarazo al movimiento Tea Party, el cual, a decir verdad, nunca ha pretendido nada que la propia Palin no lleve reclamando desde mucho antes de su salto a la política nacional: gobierno limitado, reducción de impuestos y responsabilidad a la hora de gobernar. Justamente el mismo programa que Doug Hoffman, la gran sorpresa del otoño político estadounidense, propuso a sus electores de Nueva York: a punto estuvo de dar la campanada. 

Ciertamente, el movimiento Tea Party puede cambiar el panorama político estadounidense si terremotos como el protagonizado por Doug Hoffman se producen en más lugares del país, asustando a los del politics as usual y dando una oportunidad a candidatos que compartan ideales con sus electores. En Nueva York, una republicana que parecía más bien demócrata se vio obligada a abandonar ante el fracaso de su candidatura. He ahí un motivo para la esperanza. Y es que, parafraseando a Reagan, no son los de las tea parties quienes han abandonado al Partido Republicano, sino el Partido Republicano quien ha abandonado a los de las tea parties. Confiemos en que todo esto sirva para que los gerifaltes del GOP aprendan la lección.


© Semanario Atlántico

BOB MOOSECON (moosecon@semanarioatlantico.com), autor del blog Conservador en Alaska.

Lo más popular