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IRAK

Una ejecución precipitada, infame y chapucera

No hay una sola persona en la Tierra, y somos 6.000 millones, que haya matado más que Sadam Husein. Sadam no sólo mató, también torturó y mutiló, muchas veces por placer y con sus propias manos. Se ganó a pulso ser considerado el más abominable monstruo del planeta. Nadie ha hecho más por merecer la pena de muerte que él. Así pues, que el Gobierno iraquí haya convertido su proceso en una chapuza y al monstruo en víctima no es sólo una tragedia, sino un crimen: contra ese nuevo Irak por el que están muriendo los americanos y contra la propia Justicia.

Ya a finales de 2005 escribí sobre la incompetencia del tribunal que juzgaba a Sadam, y de la gran oportunidad que se estaba perdiendo. En lugar de exponer, elucidar y probar irrefutablemente los crímenes perpetrados por el acusado, como se hizo en Núremberg o en el caso Eichmann, el Gobierno iraquí perdió el control de los acontecimientos e, involuntariamente, convirtió el proceso en una plataforma para que Sadam se reivindicase. Así, se ha conseguido rehabilitar la imagen de un hombre al que el mundo había visto por última vez, hecho un guiñapo, escondido en un agujero infecto. Bien limpito y afeitado, Sadam representó el papel de corajudo presidente de Irak y eclipsó, en el ámbito mediático, el testimonio de sus víctimas.
 
Eso ya fue bastante malo. Luego vino la ejecución, una calamidad perpetrada con precipitación, chapucera e infame, que puso de manifiesto la naturaleza irremediablemente sectaria del Gabinete Maliki.
 
Detengámonos un momento en la fecha de autos. La ejecución se llevó a cabo en el transcurso de una festividad religiosa. En circunstancias normales no nos detendríamos en ello, pero es que se trata de una violación de la legalidad iraquí. Se ejecutó a Sadam el primer día del Eid al Adha (Fiesta del Sacrificio) sunnita. El chiita empezaba el día siguiente, lo cual deja bien a las claras quién se encargó de acometerla.
 
Pero es que, además, se trató de una ejecución extrajudicial. La Constitución iraquí exige que las sentencias de muerte vayan firmadas por el presidente y por dos vicepresidentes, en representación, cada uno de ellos, de los tres grupos mayoritarios del país (sunnitas, chiitas y kurdos). Dicha provisión está pensada para prevenir las matanzas sectarias. Pues bien, el presidente no firmó. Algo pergeñó Maliki.
 
Ciertamente, el ahorcamiento de Sadam fue justo y, en principio, no sectario. Pero puede que el próximo no lo sea. Se ha sentado un precedente que mina la referida provisión sobre la pena capital y abre el camino a futuras matanzas y ahorcamientos ilegales.
 
Nuri al Maliki.Además, la prisa de Maliki por ejecutar a Sadam ha cortocircuitado el proceso judicial que se ocupaba de los crímenes perpetrados por éste sobre los kurdos. A Sadam se le ha colgado por asesinar a 148 hombres y niños en la localidad chiita de Dujail. Se trataba de un punto de partida perfectamente válido para una investigación sobre la totalidad de sus crímenes. El proceso que se iba a seguir por su campaña genocida contra los kurdos se trataba sólo del principio.
 
Ya no podremos contemplar el cuadro completo de los crímenes de Sadam. Se ha puesto punto final a la cuestión en el mero punto de partida. El único cargo por el que se le ha ejecutado es la mencionada matanza de chiitas de 1982. Significativamente, se trató de su respuesta a un intento de asesinato de que fue objeto por parte del partido Dawa, el de Maliki.
 
Maliki ha conseguido, por fin, vengarse; sacar adelante, un cuarto de siglo después, la misión del Dawa. Pero Sadam ya no podrá ser juzgado por el genocidio kurdo, el exterminio de los árabes de las marismas, sus múltiples crímenes de guerra y todo lo demás.
 
Finalmente, reparemos en la variopinta tropa –designada por el Gobierno– que llevó a cabo la ejecución. Convirtieron en un ritual de venganza sectaria lo que era un acto de justicia nacional. El mundo entero ha podido ver el vídeo casero de los gritos y las befas, que ha hecho de Sadam la figura más digna de la sala; otro logro más en lo relacionado con la rehabilitación de la imagen del tipo más siniestro de su tiempo.
 
Lo peor fue el contenido de los gritos: "¡Muqtada, Muqtada!", el nombre del tristemente célebre asesino fundamentalista chií. Evidentemente, en la sala había alguno de sus estúpidos mamporreros. El mundo no vio a Sadam colgado en nombre de un Irak democrático, de nuevo cuño, sino ejecutado en nombre de Muqtada al Sader, cuyos escuadrones de la muerte han aprendido tanto de aquél.
 
Este lamentable asunto no sólo pone de manifiesto la incompetencia, intolerancia y sectarismo del Gobierno Maliki, también la unidad y predominio chiitas.
 
No debemos mandar más fuerzas en defensa de semejante Gobierno. La coalición que lo sustenta –el Dawa de Maliki, el Consejo Supremo de la Revolución Islámica en Irak (Sciri) de Hakim y el Ejército Mahdí de Sader– parece pretender a toda costa el aplastamiento de los sunnitas. Habría que hacer saber a Maliki que, si persiste en esa guerra sectaria, deberá hacerlo sin nosotros.
 
 
© The Washington Post Writers Group.

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