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Vuelven las propuestas y los argumentos progres

Liderados por la portavoz de la Cámara, Nancy Pelosi, los demócratas saludaron la constitución del 110º Congreso presentando en 100 horas una ambiciosa batería de propuestas legislativas. Entre ellas se contaban la subida del salario mínimo hasta los 7,25 dólares/hora, la expansión de la investigación con células madre con fondos públicos, la reducción de los tipos de interés a los préstamos concedidos a los universitarios para que se paguen los estudios y el establecimiento de controles de precios a los medicamentos incluidos en el Medicare.

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No se trata sólo de que vayan a cobrar mayor protagonismo las propuestas progresistas, también lo harán sus argumentos. O sea, que vamos a oír hablar más de buenas intenciones y menos de buenos resultados. El discurso político se adentrará aún más en la justicia, la compasión y las necesidades desatendidas, y se apartará aún más de los hechos y de la experiencia histórica.
 
La cuestión del salario mínimo ilustra a la perfección lo que se nos viene encima. Los partidarios de la propuesta izquierdista por excelencia destacan las dificultades que han de afrontar aquellos que tratan de mantener una familia con un trabajo por el que sólo perciben el salario mínimo, abundan en la erosión que han sufrido los sueldos como consecuencia de la inflación y establecen comparaciones entre lo que ganan un ejecutivo y un trabajador de la escala inferior de la actividad económica. Y fijan el debate en los dominios de la decencia y la empatía: ¿acaso no quiere usted ayudar al trabajador pobre?, ¿acaso no merecen también ellos un aumento de sueldo?
 
"En los últimos nueve años los congresistas han votado siete veces a favor de un incremento de sus sueldos", dice el senador Edward M. Kennedy. "Si la subida salarial es tan importante para los miembros del Congreso, entonces se trata de algo esencial para los trabajadores peor pagados de este país".
 
'Salario mínimo para los políticos', puede leerse en esta pegatina.Por su parte, los detractores de tal medida esgrimen los datos y el comportamiento de la economía. Así, resaltan que la mayoría de los perceptores del salario mínimo no son pobres ni cabezas de familia, sino solteros adolescentes o veinteañeros, a menudo estudiantes que trabajan a tiempo parcial y viven con mamá y papá; y advierten de que la subida del salario mínimo ayuda a algunas personas pero perjudica a otras: habrá menos trabajadores no cualificados con empleo si se eleva el coste de contratarlos. Asimismo, invocan la experiencia histórica, que demuestra que las subidas del salario mínimo destruyen empleo.
 
"La implantación de la primera ley federal de salario mínimo, en 1933 –ha escrito el economista Thomas Sowell–, elevó la media salarial en la industria textil del Sur en un 70%, pero medio millón de negros perdieron sus empleos en toda la nación".
 
Lo que vale para el debate sobre el salario mínimo vale para muchas otras cuestiones: la discriminación positiva, la educación sexual, la política energética, la legislación en materia familiar o penal. La gente de izquierdas es más proclive a resaltar las buenas intenciones, mientras que la de derechas pone el acento en los resultados cosechados.
 
¿Deberían reducirse los impuestos? Los progresistas dicen que no porque les produce repulsión ese aparente acto de egoísmo que consiste en enriquecer a aquel a quien le va bien, cuando lo cierto es que es el pobre quien necesita más disponer de más dinero. Los conservadores dicen que sí, sabedores de que los alivios fiscales provocan crecimiento económico, del que todo el mundo se beneficia.
 
'La izquierda tiene razón. La derecha está equivocada', dice este burro demócrata.¿Es recomendable la educación bilingüe? Sí, dice la izquierda, preocupada por la autoestima de los niños que no tienen el inglés como lengua materna. No, insiste la derecha: los niños alcanzan más rápidamente el dominio del inglés cuando no se les recluye en guetos lingüísticos.
 
Una y otra vez, sucede lo mismo: a los progresistas les galvaniza el idealismo; los conservadores, por el contrario, apuestan por la realidad. He aquí la  razón por la que la izquierda está tan pagada de sí misma, de su benevolencia; y de que los progresistas salten enseguida sobre sus rivales acusándolos no sólo de estar equivocados, sino de ser malvados.
 
Una vez le preguntaron a la veteranísima periodista de la United Press (UPI) Helen Thomas por la tendenciosidad política de los medios de comunicación, a lo cual ella respondió: "¿Tendenciosidad progresista? No sé lo que es eso. ¿Se refiere a que nos preocupamos de los pobres, los enfermos, los incapacitados? ¿Quiere decir que nos preocupamos de si a la gente se le dispara todos los días en las calles de América? Si eso es progresista, pues así sea. Creo se trata de lo que está bien. Y sí, nos preocupamos por eso".
 
Si los progresistas son las buenas personas concienciadas, ¿entonces los no progresistas son una panda de malvados insensibles? Volvamos de nuevo a la Thomas. "Han echado abajo medidas sanitarias, medioambientales y de seguridad", le reprochó al presidente Bush durante una rueda de prensa celebrada en 2001. "Esto ha sido ampliamente interpretado como un pago por su parte a las multinacionales que hicieron donaciones a su campaña electoral. ¿Es que son más importantes que la salud y la seguridad del pueblo americano?". Quienes están convencidos de la pureza de sus motivaciones son más dados a ver segundas intenciones en las de sus contrincantes.
 
Desde luego, estamos generalizando. Los republicanos no siempre son inmunes a la justificación brindada por el halo que se desprende de las nobles causas, y los demócratas no siempre son ciegos a los resultados. Basta con fijarse, dirán algunos, en la guerra republicana de Irak. Y, por supuesto, hay cínicos en ambos bandos, más interesados en el poder y la autopromoción que en cualquier otra cosa. Pero, como norma general, diremos que las intenciones son la divisa de la izquierda, mientras que los resultados importan sobre todo a la derecha. Por eso Bill Clinton hablaba de que sentía nuestro dolor; Reagan, por el contrario, repetía eso de que los hechos son muy testarudos...
 
 
JEFF JACOBY, columnista del Boston Globe.

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