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40º ANIVERSARIO DE LA GUERRA DE LOS SEIS DÍAS

... Y el mundo no hizo nada

Es difícil encontrar un plan árabe de paz (incluida la actual propuesta saudí) que no exija el retorno al statu quo vigente el 4 de junio de 1967. ¿Por qué se ha sacralizado esa fecha? Porque un día después estalló la Guerra de los Seis Días, en la que Israel logró una de las más sensacionales victorias del siglo XX. Los árabes llevan cuatro décadas tratando de deshacer las consecuencias de tal conflicto.

El verdadero aniversario de la guerra debería ser otro; debería fecharse tres semanas antes. El 16 de mayo de 1967 el por entonces presidente de Egipto, Gamal Abdel Naser, exigía la evacuación de las fuerzas de interposición de la ONU estacionadas en el Sinaí, que habían mantenido la paz entre Israel y Egipto por espacio de 10 años. La ONU se plegó a sus deseos y Naser impuso un bloqueo naval al puerto de Eilat, la única salida al mar con que contaba Israel en el sur. Se trataba de un claro acto de guerra.
 
Cómo llegó Egipto a esta temeraria provocación es un relato complejo (lean la magistral crónica de Michael Oren), en el que tienen cabida los fallos de comunicación y, lo que es peor, la desinformación. La Unión Soviética informó urgente y falsariamente a sus Estados-satélite de la zona, Siria y Egipto, de que Israel estaba movilizando una gran cantidad de tropas hacia la frontera siria con el objeto de lanzar un ataque. Israel trató desesperadamente de desmentir tales acusaciones y por tres veces invitó al embajador soviético a visitar la zona. El embajador se negó a hacer tal cosa. Las advertencias soviéticas provocaron una cascada de maniobras en el mundo árabe que, a su vez, llevaron a Naser, campeón del panarabismo, a enfrentarse con Israel. El Sinaí estaba remilitarizado y el sur de Israel, sometido a un bloqueo naval.
 
¿Por qué sigue siendo tan importante todo esto? Porque las tres semanas comprendidas entre el 16 de mayo y el 5 de junio de 1967 explican la reluctancia de Israel durante estos últimos 40 años a entregar lo que obtuvo en la Guerra de los Seis Días: los Altos del Golán, Gaza y la Margen Occidental, a cambio de una paz garantizada sobre el papel. Israel disponía de garantías similares desde la conclusión de la Guerra de Suez (1956), tras la cual evacuó el Sinaí a cambio del asentamiento de la referida fuerza de interposición de la ONU y de que las potencias occidentales garantizaran el libre tránsito por los Estrechos de Tirán.
 
Naser acabó con todo eso de un manotazo. Durante esas tres semanas interminables el presidente norteamericano, Lyndon B. Johnson, trató de reunir una armada multinacional para romper el citado bloqueo naval, pero fracasó estrepitosamente.
 
Es difícil exagerar cómo fueron esas tres semanas para Israel. Egipto, ya aliado con Siria, hizo un pacto militar de emergencia con Jordania. Irak, Argelia, Arabia Saudí, Sudán, Túnez, Libia y Marruecos empezaron a enviar tropas a la zona, ante el desencadenamiento inminente de las hostilidades. Mientras las tropas y blindados árabes se agolpaban en todas y cada una de las fronteras israelíes, en las capitales árabes los informativos anunciaban, extasiados, el inminente estallido de la guerra definitiva para el exterminio de Israel. "Destruiremos Israel y a sus habitantes –clamaba el cabecilla de la OLP Ahmed Shuqayri–. En cuanto a los supervivientes, si es que queda alguno, ya están preparados los barcos en que serán deportados".
 
Para Israel, la espera fue insoportable y debilitadora. El Ejército, conformado por civiles, hubo de ser movilizado. Mientras sus efectivos esperaban en los diversos frentes a que el mundo rescatara a Israel del peligro inminente, la sociedad quedó paralizada y la economía del país comenzó a desangrarse. El jefe del Estado Mayor del Ejército, Isaac Rabin, que más tarde habría de ser ensalzado como héroe de guerra y, después, como mártir de la paz, sufrió una crisis nerviosa: quedó incapacitado hasta el punto de la incoherencia a causa de la insostenible tensión de la espera.
 
El resto es bien sabido. Rabin se recuperó a tiempo para conducir a Israel hasta la victoria. Sin embargo, solemos olvidar lo peligrosa que era la circunstancia de aquel Israel. La guerra se decidió la mañana del 5 de junio, luego de un exitoso ataque israelí contra las fuerzas aéreas egipcias. Fue una apuesta de incalculable magnitud. Israel envió al grueso de sus fuerzas aéreas, compuesta por 200 aparatos, a tal misión. Los atacantes quedarían completamente expuestos al fuego antiaéreo y a los misiles del enemigo. Si hubieran sido detectados y destruidos, el número de aviones que quedaban atrás para defender el país de los 900 aviones de las fuerzas árabes combinadas ascendía a... 12.
 
También olvidamos que Israel no pretendía, para nada, ocupar la Margen Occidental. Israel suplicó al rey Husein de Jordania que se mantuviese al margen del conflicto. Enfrentado a cara de perro con un Egipto que le aventajaba en efectivos, Israel no tenía ningún deseo de abrir un nuevo frente a apenas unos metros del Jerusalén judío y a unos pocos kilómetros de Tel Aviv. Pero Naser transmitió personalmente a Husein que Egipto había destruido los aeródromos y las fuerzas aéreas de Israel, y que la victoria total estaba al alcance de la mano. Husein no pudo resistirse a la tentación de unirse a la lucha y se embarcó en ella. Y perdió.
 
Pronto lloverán las retrospectivas a propósito del 40º aniversario de la guerra, y de cómo la paz se encuentra a la vuelta de la esquina: bastaría con que Israel volviese a las fronteras anteriores al 4 de junio de 1967. Pero los israelíes se muestran cautelosos. Recuerdan con terror aquel 4 de junio. Recuerdan ese mes de mayo insoportable en el que, sin que su país se encontrara ocupando territorio alguno, el mundo árabe en pleno se preparó para exterminarlo. Y, claro, recuerdan que el mundo no hizo nada al respecto.
 
 
© The Washington Post Writers Group

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