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Columna publicada el 24-12-2000
En una serie de siete artículos, el editor de Libertad Digital analiza el Pacto por las libertades y contra el terrorismo firmado por el PP y el PSOE, respaldado ya por muchas fuerzas políticas o sociales y extraordinariamente bien acogido por la opinión pública, pero también esquinada y rabiosamente combatido por una parte de la izquierda y todo el nacionalismo. Del futuro del Pacto depende buena parte del futuro de España.
(1) La sorpresa que vino de la izquierda
Lo primero que conviene señalar en la existencia del Pacto es que ha venido por sorpresa. Casi nadie creía –yo tampoco- que el nuevo Secretario General del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, hiciera algo más que ganar tiempo ante su partido y ante la opinión pública cuando le propuso al Gobierno suscribir públicamente y por escrito un pacto contra el terrorismo que impidiera la utilización partidista de uno de los principales problemas españoles y que garantizase la eficacia de la respuesta institucional y social a los crímenes de ETA y a la estrategia separatista del Pacto de Estella, suscrita por PNV, EA e IU e indirectamente respaldada por CiU y BNG.
Sin embargo, deben reconocerse tres cosas y constatar dos más: Zapatero ha sido fiel no sólo a la idea del pacto sino a los contenidos nacionales y democráticos que debía asumir. Aunque Rubalcaba y Zarzalejos asuman la no pequeña gloria de la redacción y firma, son Aznar (con Mayor Oreja tras él, naturalmente) y Zapatero (con gente a su lado aunque no sepamos aún en calidad de qué) los que han dado cuerpo y sentido al acuerdo. Aznar ha demostrado a quien no lo quisiera creer que la lucha antiterrorista era y es para él algo mucho más importante que los réditos partidistas que pudiera obtener. El PSOE ha conseguido transmitir a la opinión pública que además de ser una fuerza política esencialmente centrífuga, con Maragall al frente de la dispersión “federalista asimétrica”, es decir, de la disolución nacional, y Felipe González dándole cobertura y respaldando la complicidad con los nacionalistas para ese mismo fin, también puede ser o volver a ser con Zapatero, como en los primeros ochenta con González, una fuerza centrípeta, que refuerce y no debilite o volatilice la cohesión nacional.
Las dos consecuencias de estos tres puntos son que Zapatero se ha convertido -o se convertirá, si el Pacto no naufraga- en un líder nacional, con posibilidades de suceder a Aznar en 2004, y que por esta misma variable Aznar va a tener que descubrir antes de lo que pensaba las cartas de la sucesión. Creo haber sido el primero en decir, precisamente en Libertad Digital, que “Aznar busca su Sagasta”. Lo ha encontrado quizá, pero una legislatura antes de lo que pensaba o de lo que quería. Ahora tiene a su alcance la posibilidad de no testar, con lo que Zapatero se convertirá en favorito para las próximas elecciones, o de designar delfín y sucesor, como máximo a un año, aunque la escenificación sea en el verano del 2002, tras el semestre de Presidencia Europea que le corresponde a España y con la que Aznar clausurará su periplo como primera figura de la derecha europea. Al menos el primero. Puede haber un segundo presidiendo la Comisión o regresando a un segundo plano de la actividad nacional. Plano que se convertirá en primero si la sucesión no es todo lo leal, sincera, ordenada y rápida que precisa el PP.
Por tanto, lo primero que hay que señalar en el Pacto es que ha mostrado que en la izquierda –para sorpresa de los más pesimistas- hay todavía reflejos de tipo nacional y democrático. Aunque lo más evidente sea que en el PSOE –y por supuesto en el PCE- hay una línea muy poderosa que niega la idea de España y está dispuesta a someterse a cualquier nacionalismo, incluso o sobre todo el terrorista, también ha quedado claro que no sólo Francisco Vázquez, Rodríguez Ibarra o el socialismo vasco de la segunda generación (Redondo Terreros, Rojo, Javier Cruz) encarnan una idea de España identificada con la libertad sino que, en el fondo eso es lo que siente, aunque no lo articule con la nitidez debida, buena parte de los dirigentes y la mayoría de los votantes socialistas. Que esta sorpresa que vino de la izquierda de la mano de un tal Rodríguez Zapatero se deba al oportunismo o la muevan los principios es, políticamente hablando, lo de menos. A la larga será lo decisivo, pero, de momento, ha roto la parálisis democrática nacional y ha dinamizado la alternancia democrática, nuevamente atorada por la incomparecencia de una de las dos fuerzas nacionales. La izquierda ha resucitado cuando menos lo esperaba la Derecha. Resta por saber si está milagrosamente viva, es muerto viviente, o sea, un zombi, o bien, si estamos simplemente ante un fantasma.

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