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Columna publicada el 26-12-2000
En una serie de siete artículos, el editor de Libertad Digital analiza el Pacto por las libertades y contra el terrorismo firmado por el PP y el PSOE, respaldado ya por muchas fuerzas políticas o sociales y extraordinariamente bien acogido por la opinión pública, pero también esquinada y rabiosamente combatido por una parte de la izquierda y todo el nacionalismo. Del futuro del Pacto depende buena parte del futuro de España.
2. La sustancia del Pacto es la idea nacional
El primer efecto del Pacto por las libertades y contra el terrorismo ha sido la recuperación a medias del PSOE como fuerza política realmente española y el surgimiento de Zapatero como proyecto presidencial. Ello se debe a que el Pacto no es primordialmente, aunque así se presente y también lo sea, un proyecto democrático, sino, sobre todo, un esfuerzo de definición política nacional, cuya fuerza y eco posterior provienen precisamente de que, siendo un pronunciamiento bipartidista, obedece realmente a un fin común y no sólo a una estrategia conjunta.
Pero defender las libertades, como hemos dicho infinitas veces, es inseparable en realidad de la defensa de la idea de España, porque no hay otro marco -ni real ni ideal, ni material ni espiritual, ni político ni moral, ni institucional ni social- que permita a los hoy ciudadanos españoles organizar con garantías de continuidad una convivencia civilizada si no es el de España. Si España se fragmenta y desaparece como entidad política, económica y social, desaparecerá de toda ella y, por supuesto, de cada una de sus partes, hasta el mínimo vestigio de libertad, amén de la prosperidad económica que en los últimos decenios la ha llevado desde la relativa pobreza y el aislamiento absoluto derivados de la Guerra Civil y la primera época franquista hasta un confortable lugar entre los países de la Unión Europea.
Por eso, la política conjunta del PSOE y el PP en el Pacto no se define sólo contra el terrorismo etarra y la complicidad del PNV con los terroristas, sino sobre todo y sustancialmente contra el proyecto separatista, racista y totalitario del Pacto de Estella, que tiene su motor en ETA pero su carrocería imaginaria en el nacionalismo vasco, con la complicidad de los veteroestalinistas de Izquierda Unida. No sólo se rechaza el terrorismo, sino la supuesta alternativa de paz que supondría la desmembración de España y la creación de un Estado racista y totalitario en lo que ahora son las comunidades autónomas del País vasco y Navarra más una parte de Francia.
Los dos principales partidos españoles se comprometen ante la sociedad a no aceptar que para que los etarras suspendan su carnicería -temporalmente, claro, porque luego proseguiría la matanza desde el Poder- pueda liquidarse la estructura nacional y estatal del Estado Español. Se niega la estúpida alternativa entre España y la libertad que mantiene cierta izquierda anclada en el franquismo y todo el nacionalismo de viejo o viejísimo cuño. No hay España sin libertad, pero tampoco libertad a costa de la liquidación de España. Esto es el pacto o así se ha entendido. Y es lo verdaderamente sustancial.

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